Monday, Sep. 22, 2014

La humildad (ausente) en los negocios

Como siempre, no hay por qué estar de acuerdo con lo escribo. Ni mucho menos. Lo digo por delante, porque a lo mejor discrepas. Me parece que algo que muchas empresas deberían cambiar son sus ambiciones. Veo demasiadas a mi alrededor. Empresas en busca de la excelencia y ser líderes. No parece haber otra forma: darse codazos porque sólo hay un primer puesto en el pedestal. Creo que hay otras opciones, más humanas y lógicas. Vivimos repletos de imperfección y eso es una gran virtud.

La economía de la escasez conduce a una febril competición. Como se asume que no hay espacio para mucha gente, se trata de ir echando a los demás hasta que quedan pocas unidades en el pelotón. Entonces el reparto es más suculento. Va a tocar a más. Simple motivación para ir a saco. Nada que ver con las lógicas de la abundancia.

En este modelo lo que prima es el marketing y la comunicación. Sea como sea, pero necesito que te creas que somos los putos amos. Que no nos equivocamos nunca, que nuestra misión-visión-valores rayan la perfección, que tenemos a la mejor gente y los mejores medios. Y para que te lo creas voy a invertir en lo que haga falta. Si antes era publicidad tradicional, pues allá vamos; si ahora son los social media, más de lo mismo. Te vas a enterar de lo que vale un peine. Nada de uso comedido. Somos los putos amos.

Así que entonamos cánticos épicos con cada amanecer. Nos fijamos en lo que Guardiola usa con su tropa o en cualquier manual de autoayuda. Todo vale para la competición. ¡Hostias! Hay que dejarse los huevos en el intento. Tenemos que ser los mejores. Excelencia en lenguaje refinado, pero los putos amos para arengar a la tropa. Es el modelo de la escasez. No hay otra. Tengo que pelear para ser el mejor. Es la sociedad del siglo XXI, la de la eficiencia en la que todo vale, incluyendo la psicología de garrafón y la de los publicitarios creativos.

Todo eso representa un modelo. Macho dominante necesita sentir placer de victoria. Así que muchas empresas viven presas del pánico ante el fracaso. Que alguien te critique o que alguien descubra que tu producto no cumple con las promesas provoca una sobrerreacción: traidor, mala persona, cabrón. Con lo simple que es aceptar nuestros constantes fracasos.

En cambio cuando tienes un negocio proyecto pequeño entre las manos vives día sí y día también instalado en el barrio de la humildad. No veáis la cantidad de cosas que hacemos mal. Igual que algunas otras haremos bien. Eso sí, tratamos de compartir con nuestra filosofía abierta lo que producimos. Quizá le sirva a alguien más. Porque no navegamos en mercados escasos, sino en ecosistemas donde el lema es “hoy por ti, mañana por mí”. Necesitamos que otra gente haga las cosas bien. Cuantas más mejor. Ganamos (si es que sirve el verbo) todas.

El lenguaje de guerra empresarial conduce a las empresas al pasado, al siglo que ya terminó. Hoy hay un espacio para la ingenuidad, para la humildad, para pequeñas aventuras, para empresas abiertas.

Lo reconozco: tenía escrito este artículo desde hace tiempo. Sólo he tenido que actualizar un par de cosas. No sé por qué me ha apetecido publicarlo hoy. Será que me hacía falta. Vete tú a saber por qué. Quizá algo que he hecho mal y la conciencia se ha puesto pesada. En cualquier caso, de verdad que creo en la humildad como uno de los grandes valores artesanos. Que tengas buena semana.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.