Tuesday, Oct. 17, 2017

El yo-niño, objetivo de la economía de la experiencia

Puro Vicio    (Sardenya '09)De mi época de estudiante de psicología recuerdo haber estudiado con cierta profundidad el análisis transaccional. No me digáis por qué pero creo que metimos muchas horas tratando de comprender los tres estados del yo. Y es que el psicoanálisis y sus derivaciones ocuparon buena parte de aquella carrera. ¿Será ahora así? Un día de estos tengo que enterarme.

Después de tantos años, cuando uno mira lo que funciona y lo que no en esto de las empresas, parece poder explicarlo recurriendo a teorías como esta del análisis transaccional. Es lo que me pasa cada vez que leo algo sobre la economía de la experiencia -este mantra tan de nuestro tiempo-, que me voy a la teoría de Eric Berne. El yo-niño parece hoy exultante y se convierte en el objetivo de todo este circo mediático para “crear experiencia”. El individualismo que impregna nuestra época es maná venido del cielo para la empresa contemporánea.

El yo-adulto y el yo-padre no pueden con la criatura que pide y pide… y que obtiene y obtiene. Porque ante la oferta desmesurada sólo queda reconocer que la recompensa es inmediata. Difícil que no lo sea. Delante de las narices surge a cada paso la posibilidad de satisfacer los deseos. Es una inmediatez que gana terreno día a día. El tiempo se achica, no cabe duda. Lo quiero y lo quiero ya.

¿Cómo se diseña una buena experiencia? Tomemos los sentidos, cuantos más mejor. Y si hay que inventar nuevos, se inventan. Tomemos los sentimientos, cuantos más mejor. Y si hay que recurrir a los más primitivos, se recurre. Y con esa mezcla se acude a los creativos -propios o subcontratados- para que nos emocionen con el elixir de la eterna juventud.

Adulescencia, infantilización o vete tú a saber qué cosa es esto de “sentir la experiencia”. Porque se trata de que tú me proveas la experiencia y de que, hasta cierto punto, sea única. Pero eso sí, enlatada en un producto por el que pagar, con la cosmética que haga falta, pero generando una transacción económica. Sin embargo, quizá se trata de un simple mecanismo de defensa, como argumentan Lipovetsky y Serroy en La Cultura-mundo (pág. 160):

Los adultos juegan a ser niños precisamente para olvidar la pesadez de ser responsables de sí mismos o para huir de esa responsabilidad unos instantes. La regresión infantil funciona pues como válvula de seguridad de la creciente carga del libre autogobierno. La huida hacia delante de lo superficial y el espectáculo-ocio no es, paradójicamente, umás que la cara compensatoria de un mundo difícil de engullir, dominado por la desorientación colectiva y subjetiva, la multitud de posibilidades, el fastidio de caminar solo. Representa un descanso para la fatiga de ser adulto.

¿Tan duro es esto de ser adulto y manejar emociones e información para decidir lo que conviene en cada momento? ¿El yo-padre de la autoridad y el yo-adulto de la razón están de capa caída? ¿Tan bien lo hacen los economistas de la experiencia que atraen al yo-niño que llevamos dentro, que han aplastado a las otras dos partes de la tríada?

En fin, hagan juego, señores, hagan juego.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(5) comentarios

  1. Prudencio
    13/12/2010 at 15:10

    Te agradezco que con tu artículo me ayudes a mirar esta realidad de consumir "experiencias" desde una óptica del Adulto. No había pensado en ello. De momento me parecía que era casi un nuevo descubrimiento esto de que nos compren la experiencia de hogar, más que, en mi especialidad, la vivienda nueva, que al fin y al cabo son ladrillos, ventanas y puertas. Ahora, con la reflexión que me produce su perspectiva, voy a estar atento a ver si puedo, podemos, dar un paso más para que tratemos la propuesta de Experiencia pudiéndola poner en mayúsculas, al involucrar también al Adulto sobre todo, pero porqué no, también al Padre, de modo que lo que invitemos a hacer sea un modo de facilitar lo que la persona en su dimensión más completa, sea capaz de hacer por su vida y la de los suyos teniendo como uno de sus centros su Hogar.
    Gracias por hacerme pensar en ello y por ayudarme a no conformarme sólo con la apariencia de las palabras, aunque sean tan hermosas como Experiencia.
    Saludos de Prudencio

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