Saturday, Jul. 20, 2019

Precariedad laboral, una imposición perversa

Precariedad laboral, una imposición perversa

#acampadasolEstoy preparando una conferencia sobre “profesionalidad abierta” que tendré que impartir en el marco de la XIII edición de los Cursos de Verano “Arte eta Kultura” de la UPV/EHU donde Bilbao Metropoli-30 organizará un curso denominado “La profesionalidad como nuevo paradigma de desarrollo“. Esto tendrá lugar los días 20 y 21 de junio de 2012 en el Paraninfo de la UPV/EHU. Según me han comentado desde la organización:

El objetivo principal del curso es plantear herramientas capaces de contrarrestar la tendencia de la pérdida del talento creativo humano para devolver a la metrópoli su capacidad competitiva y dotarse de una amplia base de profesionales, capaces de innovar, tener ideas, poner en marcha proyectos, ilusionarse y trabajar con pasión.

Desde Bilbao Metrópoli 30 llevan ya cierto tiempo trabajando sobre la “profesionalidad” como uno de los cinco ejes vertebradores del desarrollo estratégico del Bilbao Metropolitano. Claro que la “profesionalidad” es fuente de múltiples interpretaciones y todas ellas parecen condicionadas por la evolución de la economía en los últimos tiempos. La crisis parece que todo lo puede.

En mi caso, por ejemplo, tengo claro que cuando en 2003 salí de la gran empresa para buscarme la vida por mi cuenta, saltaba a una condición laboral más incierta. Al menos eso debía ser lo que pensaba mi madre o cualquier otra persona que hubiera conocido lo que las grandes empresas nos ofrecieron en el pasado: seguridad. Pero hace ya mucho tiempo que la seguridad fue sacrificada en el altar de la competitividad. Hoy prevalecen conceptos como la flexibilidad y la adaptación. Pero bien pueden ser eufemismos que esconden la palabra sobre la que se fundamenta todo: la precariedad.

Mentiría si no dijera que allá en 2003 yo fui un privilegiado. Aunque es cierto que desaparecía la “nómina” como referencia segura a día 25 de cada mes, mi acuerdo con Mondragon Unibertsitatea y el hecho de que ya tuviera cierta red de contactos, hicieron que aquel salto lo fuera con red y paracaídas. No me tengo por persona arriesgada y valiente. No, no es el caso. Soy más bien cobarde y previsor.

Pero hoy la precariedad es la base del sistema. Nadie garantiza nada a medio o largo plazo. Desamparo para el que pocas personas pueden estar preparadas. Y, lo que es peor, resentimiento contra el sistema como respuesta lógica. Las empresas y el sistema en su conjunto ofrecen esto: precariedad. Así que el resentimiento contra los empleadores va en aumento. Las personas de a pie no nos fiamos de la oferta.

Donde se lee: “empresa líder en el sector ofrece…” y “condiciones económicas según valía del candidato”, en realidad se interpreta: “me cogen porque les hago falta ahora; cuando las cosas vayan mal seré un recurso del que prescindir”. Y la rueda sigue girando para afianzar más esta perversa relación entre personas empleadas y empleadores. Porque la crisis deja esta lectura: “el principal activo de la empresa” difícilmente podrá ser la persona. Puestas las cartas boca arriba, las personas somos prescindibles.

¿Y si eliminamos de la ecuación la variable “empleo” y la sustituimos por “profesión”? Claro, esto es muy delicado. El empleo va a asociado a una parte que ofrece trabajos, que ofrece empleos que deben ser ocupados por personas a las que se contratará. Y el contrato establecerá las condiciones, donde una parte generalmente establece las condiciones y la otra cumple con la función “firma ahí donde te he puesto la cruz”. ¡Y como para no firmar, tal como andan las cosas!

La profesionalidad pudiera ser la tabla de salvación para digerir el sistema de otra manera. Dada la condición de precariedad que parece que no podemos obviar, quizá haya que buscar otras referencias: la seguridad de nuestros pares, de otras personas profesionales con las que organizarnos. Si los empleadores solo pueden ofrecer precariedad quizá las personas, desde su profesión, deban buscar solidaridad entre iguales y construir modelos más resistentes -hoy diríamos resilientes- ante la dolorosa condición del marco laboral en que nos movemos.

Termino con la reflexión que da pie al título: no es lo miso una precaridad como opción, asumida por ciertas personas como algo “que va con ellas” que una precariedad que no deja alternativas. Esta última perspectiva hace mucho daño y lo hace a mucha gente. A demasiada. Pero el empleo para toda la vida tiene muy mala prensa en la sociedad moderna competitiva de que nos hemos dotado. Muy mala prensa, hay que joderse.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(3) comentarios

  1. Isabel
    14/05/2012 at 15:43

    Ese post tuyo de 2006 vuelve a mi de forma recurrente. Debe ser que aún sigo en proceso... :)

  2. Jaio
    14/05/2012 at 18:11

    "El objetivo principal del curso es plantear herramientas capaces de contrarrestar la tendencia de la pérdida del talento creativo humano para devolver a la metrópoli su capacidad competitiva y dotarse de una amplia base de profesionales, capaces de innovar, tener ideas, poner en marcha proyectos, ilusionarse y trabajar con pasión."

    ¡¡¡Hay tannnntas cosas que cambiar en el sistema para que pueda alcanzarse este objetivo!!! Tannnnnntas, que suena a hueco la propia formulación... Porque, lo queramos o no, se sigue pensando que una empresa es "grande" cuando tiene muchos empleados... y se dejan muy de lado otras características, como la capacidad de incidir en su entorno y en su competencia... por ejemplo... Esto da para muchos tés...

  3. mercadee
    17/05/2012 at 23:04

    Parece ser que la única medida que se puede considerar bien acogida es la que fija una prórroga hasta 2012 de la ayuda de 400 euros para personas en paro que no tienen ninguna otra fuente de ingresos. Las demás medidas pueden tener como resultado un aumento de la temporalidad, de la precariedad, de un trabajo de mala calidad y, por tanto, perjudican gravemente a los ciudadanos españoles y, en consecuencia, parece que no son las mejores medidas para la recuperación económica que necesita este país.

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