Friday, Jul. 19, 2019

Eres lo que trabajas

Eres lo que trabajas

310/365: Trabajo en DomingoNadie se sorprenderá si recurro a las reflexiones de mi admirado Richard Sennett para comprender el rol del trabajo en nuestra sociedad. Estoy disfrutando con la lectura de su libro “El respeto“, que viene cargado de diversos análisis sobre esta cuestión. En uno de sus capítulos Sennett critica la idolatría que hacemos del trabajo como moderna referencia de nuestras vidas. Pero no tanto porque el hecho en sí sino por el giro de pérdida de control que en general definen a muchos de los trabajos a los que podemos aspirar.

Bien debido al crecimiento de las empresas o bien por la complejidad de una ultra-división del trabajo, las personas pierden control sobre lo que hacen. O, al menos, cierto control. Esta es la razón por la que creo que huí al campo de la consultoría artesana. Lo llamara como lo llamara entonces, en el fondo supongo que estaba buscando ser una persona “independiente, orgullosa de su trabajo” en palabras de Sennett. Otra cosa es que lo esté consiguiendo, claro.

Cuando titulo este post “Eres lo que trabajas” quiero poner sobre la mesa, por tanto, el hecho de que hemos magnificado el trabajo. Que busquemos realizarnos a través de él tiene muchas connotaciones. La primera de ellas, para mí, es que nos lanza a la fuerza a una lucha donde no contamos con las armas adecuadas. Porque en general la asimetría de poder es salvaje. El trabajo está en manos de una pequeñísima parte de la población mientras que la inmensa mayoría accede a unas condiciones que se le ofrecen y sobre las que poco puede exigir. Es lo que trataba de explicar en el post de ayer sobre la precariedad.

Si nuestra autoestima tiene que ver en gran parte con el trabajo que llevamos a cabo, la actual situación de crisis económica pone las cosas muy feas. Pero, ¿de verdad el trabajo nos define tanto? Un dato irrefutable es ese que alude al tiempo que le dedicamos. En números absolutos representa, no cabe duda, una buena parte de nuestra vida y echarla por la borda parece un lujo. Por otra parte, la fusión entre vida personal y laboral es cada vez más un hecho cuando hablamos del trabajo del conocimiento. “Pensar” no admite tabiques del estilo: “ahora trabajo; ahora no trabajo”. Las ideas llegan cuando llegan sin a veces saber de horarios.

Pekka Himanen contrapuso la ética hacker con la ética protestante del trabajo que nos describía Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Pero no hurgó en el fondo de la herida; es más, añadió la pasión para dar más realce a la actividad laboral. Gozar y disfrutar era lo que contraponía al modelo del sacrificio y el sufrimiento. Una carrera diferente, pero una carrera a fin de cuentas. Como señala Sennett hablando del enfoque de Weber:

[…] la ética del trabajo indujo a la gente a demostrar su valor, a mostrar que era independiente, decidida y tenía un fin determinado, pero a demostrarlo negándose placeres; sin embargo, ninguna prueba lo parecerá suficiente. El hombre dirigido de Weber luchaba constantemente por proporcionar nuevas pruebas de su valor.

Algo así como una carrera de la rata. Pero no sé si esto se puede ya parar. Hay que trabajar, hacerlo bien y con esfuerzo. ¿Alguien puede negar esta máxima? El trabajo como centro de nuestras vidas. Eso que haces para satisfacer tus necesidades, sean materiales o espirituales. Sea participando en programas de coaching o en busca de un dinero que te haga crecer en reconocimiento público. Sin embargo y de nuevo recurriendo a otra cita de Sennett:

Pero, como nos recuerda el historiador Johann Huizinga, el valor moral absoluto que se otorga al trabajo, la supremacía del trabajo respecto al ocio, el temor a perder el tiempo, a no ser productivo, esto es un valor que solo en el siglo XIX se apodera de toda la sociedad, tanto de los ricos como de los pobres. El adulto que gozaba del respeto del liberalismo trabajaba.

En fin, mucha demasiada gente sin trabajo; mucha gente sin autoestima. Tiempos difíciles.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(10) comentarios

  1. itxaso Diaz
    15/05/2012 at 06:49

    Etimología

    Las palabras castellanas trabajo y trabajar, del castellano antiguo trebejare (esfuerzo, esforzarse), no derivan de la usual latina labor (que da las castellanas labor y laborar), sino de una tortura de la antigua Roma cuyo nombre era tripalĭum (tres palos) y del verbo tripaliāre (torturar o torturarse).

  2. Marga
    15/05/2012 at 11:55

    Eres lo que trabajas. Es conveniente saber qué eres para seguir siéndolo aunque no trabajes.
    La entrada que se puede leer aquí es pertinente en tanto muestra que hay principios que se mantienen, a pesar de, a pesar de...

    http://devezencuandorenacer.blogspot.com.es/2012/05/reflexiones-tras-mi-despido.html

    Mis saludos.

    • Julen
      18/05/2012 at 05:08

      Lástima, Mraga, que debamos pagar "empresas peaje". El precio es excesivo, me temo. Mejor considerarlo aprendizaje pero a veces nos dejan cicatrices que cuesta olvidar. Para mal. Ánimo y gracias por pasarte por aquí. Muy interesante lo que escribirte acerca de tu despido. Ánimo.

  3. Tamara García
    16/05/2012 at 12:59

    “Eres lo que trabajas”, rotundo. Se acabaron los beneficios de la antigüedad, de estar en una empresa toda la vida, del confort económico y social. Si no trabajas… ¿no eres nadie? Esquemas rotos y cambios difíciles de digerir.

    • Julen
      18/05/2012 at 05:04

      Tamara, deberíamos romper esa triste ecuación, ¿no? La dignidad no viene solo del trabajo.

  4. Iñaki
    16/05/2012 at 18:50

    Tantas horas de trabajo, tanto esfuerzo, tanta dedicación que efectivamente acabas dominado por el yo trabajador. Menos mal que queda (y buscamos) espacio para otros yos complementarios: el yo padre, el yo hijo, el yo marido, el yo amigo, el yo hermano, el yo primo, el yo nieto, el yo sobrino, el yo cocinero, el yo amo de casa, el yo atista, el yo chapucillas, el yo anfitrión, el yo deportista dominguero, el yo estudiante, el yo músico, el yo lector de libros que no sean de management, el yo melómano, el yo viajero, el yo facebookero, el yo poeta, el yo whatsappero, el yo friki, el yo vago, el yo solidario, el yo parrandero... donde el título de tu tarjeta o tu LinkedIn no importa.
    Los elementos mejor posicionados en la escala de valores ideal que tenemos en mente -en ocasiones incluso escrita- se convierten en realidad en secundarios si observamos la cruda realidad de dedicación de tiempo al trabajo. Todo lo absorbe si no eres capaz de ponerle freno. Yo estoy en continuo aprendizaje buscando el equilibrio imposible. Quiero hacer tantas cosas y tengo tan poco tiempo. El problema, como me dijo hace poco una persona que acababa de conocer, es que probablemente mi punto de partida sea el equivocado. En vez de tratar de organizarme cada vez mejor para poder cumplir con todo lo que quiero hacer, tal vez, debería cuestionarme por qué quiero hacer tantas cosas. Buen punto, desconocido ;-)
    Me voy a comprar el libro de Sennett. Milesker Julen.

    • Julen
      18/05/2012 at 05:02

      Pues va a ser que alguien nos ha engañado con la cantinela de que dejar pasar el tiempo era incompatible con disfrutar de ver cómo pasa. Y tanto rellenarlo de una cosa y otra acaba por perder encanto. Ya tengo otra cosa para hacer: aprender a disfrutar del tiempo. Lo añado a la lista de tareas. ¡Maldita sea! ;-)

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