Tuesday, May. 22, 2012

Las lágrimas se lanzaron mejilla abajo

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01/01/2012


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Las lágrimas se lanzaron mejilla abajo

ÁngelaLa cartaCarol

Tears and RainY la conversación se apagó sin responder a la pregunta. Sobraba. Iría o no a las pruebas de la beca. Sin tener claras las razones por las que decidiría una cosa o la otra. El momento no era de los que permitían alegrías y al menos, si conseguía un ingreso fijo al mes, aquel alquiler sería más soportable. Así que allí seguía, sentada en la cocina, con la mirada fija en los dibujos recursivos de aquel enigmático papel pintado. Pasó un cierto tiempo.

Lo que la sacó de su ensimismamiento  sonó como una bomba. El estruendo fue espectacular. Las piernas, antes que su cabeza, se dirigieron a la ventana. Al final de la calle se observaba una algarabía monumental. Policía, gente corriendo, unos contenedores cruzados ardiendo y lo que parecía una furgoneta o un pequeño camión atravesado en el carril bus. Los policías iban disfrazados de fuerza del mal. Joder, otro día más de trifulcas y de revuelo. Las cosas estaban mal y allá en la calle algún día la situación se iría de las manos.

Su mirada se cruzó durante unos extraños segundos con la de un policía. Él levanto la vista y coincidieron en una incomprensible intimidad. El espacio se cerró sobre sí mismo y las miradas quedaron encarceladas durante un momento de insoportable tensión. Más allá de lo razonable. Unas miradas que sintonizaron, que se congelaron, que se extrañaron de que el universo hubiera sido preso de semejante reducción. No vio odio. Quizá miedo. Eso le pareció a Ángela. Al otro lado, el policía solo vio curiosidad. Su entrenamiento era el que era. Los actos humanos, tan previsibles como siempre. Puta cría, métete para dentro, que luego pasa lo que pasa.

El policía corrió calle abajo, luego de reencontrar su papel en el mundo. El cerebro le dio supuestamente la orden, el sentido gregario se apoderó de nuevo de su conducta y reconoció compañeros a su lado. Corrió. Como lo hacían los demás. Disparando aquellos modernos trabucos con los que la ley se abría paso para afianzar el diálogo social. Allí abajo se distinguía una masa vociferante que era lo más parecido al enemigo que él nunca vería. El enemigo se envalentonaba; así que razón de más para hacer uso de la fuerza.

A Ángela, en cambio, se le fueron las fuerzas en aquel preciso instante. Dejó resbalar su espalda contra la pared. Su ángulo de visión se fue empequeñeciendo hasta que, sentada en el suelo, solo encontró ante sí la parte baja de la ventana. A escasos centrímetros de su cara. Rabia o tristeza. Las lágrimas se lanzaron mejilla abajo.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

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