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Monday, Dec. 22, 2014

Centros tecnológicos: fábricas de insatisfacción encubierta

insatisfaccion

Lo que comento en este artículo tiene que ver con algo que llevo observando últimamente. No sé si es una tendencia, pero creo que merece la pena prestarle cierta atención. En varias ocasiones hemos hablado de asuntos parecidos en el Foro Hobest; no es ninguna novedad. Y, por cierto, me encantaría no tener razón y que mi percepción se refutara con hechos y argumentos. Allá vamos.

La sociedad del conocimiento ha creado su propia artillería para la guerra de la competitividad mundial. Innovación y progreso caminan a lomos de centros tecnológicos. Nuestras hordas de personal cualificado, universidad mediante, alcanzan el santo grial de la colocación: comenzarás como becario en un centro tecnológico. Pero, ¿cómo funcionan los centros tecnológicos?

El eje que articula el trabajo suele ser el proyecto. Una unidad de trabajo desmenuzada vía diagramas de Gantt en tareas, horas e hitos que culminan en unos entregables. En general, todo ello sobre la base del trabajo en equipo, eso que Sennet definía como un “grupo de personas reunida para realizar una tarea concreta e inmediata más que para vivir juntos como en un pueblo”. Proyecto que, dicho sea de paso, acepta sin problemas la existencia de “jefes”. Es de esos pocos territorios donde se insiste en la importancia de los “jefes”, casi más que en la de los indios, son los famosos “jefes de proyecto”.

Por otra parte, este tipo de organizaciones pone gran énfasis en la gestión del conocimiento. Puchi cagalera el que no tenga un procedimiento al respecto. Claro que aceptando “conocimiento” en su versión más ferozmente estrecha. Esto se traduce en el mantra de que “hay que documentar”. Así que, manos a la obra, el ejército cualificado con sus diplomas de licenciatura y doctorado, ataca posiciones enemigas y documenta hasta donde puede. Tenemos así manuales de diverso tipo, tanto enfocados hacia el proceso de trabajo como hacia su resultado final.

El conocimiento explícito de los procesos de trabajo refleja una estandarización galopante. Si pudiéramos comparar con detalle los sistemas de gestión de estos centros estoy convencido de que obtendríamos una nueva versión de Tiempos Modernos de Charles Chaplin. Claro que no con movimientos manuales repetitivos, sino con movimientos ¿intelectuales? repetitivos.

Además, los centros tecnológicos cabalgan en buena parte a lomos de la Administración. Y ponte en el peor de los supuestos: trabajo burocrático en cantidades industriales, producción en masa de páginas y páginas para demostrar que allí se trabaja en lo que se dijo que se iba a trabajar.

Y todo el chiringuito soportado en un ejércitos de becarios. Gente respondona que navega en la ambivalencia del rencor. Crítica voraz en lugares donde no se les escuche y sometimiento a un sistema en el que se saben la parte débil. Y ahí cada cual construye su choza de felicidad porque vivir en modo disonante contigo mismo todo el tiempo te vuelve majara. Así que allá dentro los tambores de guerra han encontrado sus propios límites de autocontención. Suenan, pero no con la intensidad suficiente… de momento.

En general parecería que los centros tecnológicos semejan una bella evolución de las cárceles de Foucault. Conocimiento encerrado en cláusulas de confidencialidad, división científica del trabajo organizada en torno a la gestión de los proyectos y una cadena jerárquica donde cada cual acepta su rol escondido como “trabajador del conocimiento” y no como simple profesional. Los obreros del siglo XXI visten de blanco y habitan modernos edificios de cristal.

La innovación avanza mediante una concentración progresiva de instituciones mastodónticas. Los centros tecnológicos tienen que ser grandes. Ande o no ande, caballo grande. Innovación, conocimiento y tecnología que producen daños colaterales: son las modernas fábricas de insatisfacción. Pero no hagamos ruido, que nos van a oír. Y no está el horno para bollos. Como me decía Teketen el otro día, las nuevas hordas de trabajadores cualificados recurren a una frase resignada y lapidaria: “esto es lo que hay”. Y es que las ciencias avanzan que es una barbaridad. Quizá ha llegado el momento de intentar detenerlas y buscar alternativas menos tecnológicas y más humanas, ¿no?

La foto es de Guesus en Flickr.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.