Saturday, Apr. 19, 2014

Un puesto clave: la cajera

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12/06/2006


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Un puesto clave: la cajera


Hace ya cierto tiempo que dije que iba a escribir sobre puestos clave de una organización: hablé de la persona de recepción (habitualmente mujer) y luego de la secretaria y hoy le toca el turno a otro puesto por el que decides si vuelves o no a determinado supermercado. Claro, hablo de la cajera, también en femenino. Mujeres en puestos clave poco o nada reconocidos. Tres eran tres las hijas de Elena: recepcionista, secretaria y cajera.

Alguien le habrá dicho a la cajera que su objetivo es que esté contigo el mínimo tiempo posible. Curiosa contradicción la de este “momento de la verdad”, que diría Jan Carlzon (Mr. Customer Service en persona): cuanto más breve mejor. En fin, lo leeremos en positivo y diremos eso de que lo bueno si breve dos veces bueno. La cajera es esa persona que trabaja con el objetivo de que su empresa te cobre lo que has metido en el carro o en la cesta. Sí, ella esta allí para que luego puedas comprobar que la pasta que te han cobrado es la que debían cobrarte. Y no finjas que no repasas la cuenta.

Tengo comprobado que reciben diferentes instrucciones. Unas han recibido la orden del general de turno para que te metan las cosas en bolsas, otras para que te sonrían, otras para que luzcan mechas rubias, otras para que te digan hola y saludos similares con sonrisa plastificada, otras para que te miren a la cara, otras… Eso sí, todo por uno de los salarios más chungos del panorama empresarial de la distribución mundial. El momento de la verdad y su influencia en la fidelización de los clientes es para los libros. Chaval, aquí en la cola lo importante es hacerte desfilar rapidito, a ver si te enteras.

La cajera tiene, para más recochineo, mala fama. Que si se pasa la lima por las uñas, que si usa pintalabios rojo bombero, que si cotillea todo lo que puede y más, que si holgazanea en cuanto las cámaras del circuito cerrado de televisión se estropean… Huuuyyy, hay que ver lo mala que es esta gente. Claro que toda esta mala fama me temo que arrastra el lastre de su relación con empleo femenino. Si por lo menos estuvieran buenas, pero con esas mechas… Si es que van hechas un cromo. El jefe de personal, que al pobre se le va la olla. Si es que no hay derecho, que lo echen, hombre.

Hubo una cajera que cayó en la cuenta de que su objetivo era fagocitarse. Inteligencia natural que tenía, fue capaz de descubrir el objetivo real de los programas de mejora continua. La calidad total a la que se dirigían era mejorar el tiempo medio de paso por caja de cada cliente o, en la jerga, un servicio excelente. Había que conseguir que el cliente perdiera el menor tiempo posible en esta estúpida relación con la cajera. De donde dedujo que el objetivo de su empresa era quitar cajas. De conde dedujo que el objetivo de su empresa era quitar cajeras. De donde dedujo que mejor guardaba una cierta distancia con los objetivos de mejora continua de su empresa, no vaya a ser que un exceso de celo la condujera al suicidio laboral.

A mí, personalmente hablando, me caen bien las cajeras. Hay veces que no entiendo la manía de las mechas rubias, pero en general me parece un trabajo muy duro, de claro impacto en fidelización de cliente y absolutamente mal pagado (en lo que yo conozco, al menos). Tengo que reconocer que la eficiencia en el cobro y en la forma en que te ayudan a meter las cosas en bolsas es lo primero, pero no cuesta nada anticipar el futuro carácter jubileta (que ya nos llegará) y cruzar dos palabras amables con la chica de la caja. Es gratis y hace fluir mejor la sangre, además de prevenir enfermedades coronarias. Digo lo de sonreír y hablar con relajación.

De entre las alternativas de cajeras, prefiero las de supermercado antes que las de hipermercado. Me parece que la fila de 50 cajas complica la relación. Además tu fila, por aplicación universal de alguna oscura ley de Murphy, siempre va a ir más lenta y vas a llegar más cabreado a la caja. Como hay más donde comparar, vas a salir mal parado. De cien, cien. Y así no llegas en buenas condiciones a dar palique a la cajera, porque la has colocado en el pelotón de los culpables. Lo menos cadena perpetua, tan ofuscado llegas. Y si has sufrido a algún jubileta antes que tú, al pelotón de fusilamiento.

En fin, como desvariar es gratis, termino por hacer una predicción para el maravilloso mundo de la cajera. Desaparecerá. Pasaremos con el puto carro por un superescáner y allá nos leerán hasta la etiqueta del gayumbo marca ACME que compramos la última vez. Y sírvase usted caballero. Visa de por medio, entre la libertad y tú sólo queda que introduzcas la tarjeta en la ranura (dejarán este contacto como versión light del momento de la verdad) y tus datos pasen a ser analizados por funky business world. Mientras sales por el pasillo, tus estadísticas están cantando a los cuatro cibervientos lo cutre que eres comprando la mortadela barata. Ya te vale. Antes lo sabía la cajera, ahora lo saben mejor que ella el arsenal de bases de datos que te diseccionan rodajita a rodajita. Adiós al momento de la verdad, bienvenido al Big Brother’s Enterteinment Show. Vas en pelotas.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.