En nuestro modelo tentativo de empresa abierta hemos incorporado desde hace tiempo la reflexión sobre el territorio común en que habitan proyectos con y sin ánimo de lucro. No es que estos dos conceptos se excluyan radicalmente, pero sí que concitan participación diferente. Puede ser que la sobrevaloración del éxito personal basado en lo profesional haya generado un considerable problema de percepción social respecto a la empresa. Una empresa que dice claramente que está “para ganar dinero” pudiera estar perdiendo la batalla frente a la “empresa con propósito”. Pero ¿es el mismo perro con distinto collar? Buff, asunto delicado.
He cruzado varios correos con Felipe G. Gil, de Zemos 98, a cuenta de la forma en que el colectivo al que pertenece se plantea su futuro. Fran Cortés, coordinador de la TransAndalus, me decía también que su asociación ha llegado a un punto donde el proyecto requiere dedicación ¿profesional? Los indianos han planteado el derecho a la segregación como una forma de encarar el crecimiento. Pero, cuando la empresa a acometer comienza a dar dolores de cabeza organizativos y de ambición profesional, personal y colectiva, ¿qué hacer? Convertir el proyecto en una empresa y adoptar sus prácticas es una de las salidas. ¿Triste salida?
Desde luego que hay proyectos que alimentan su fuerza a base de no sobrevalorar sus ansias de ganar dinero. Goldratt siempre ha dicho que las cosas están claras: una empresa está para ganar pasta. Eso luego se ha traducido y endulzado en aportar valor al accionista y cosas similares. Pero nuestra sociedad del primer mundo vive en territorios confusos donde las contradicciones galopan a lomos de la felicidad. Menos mal que yo profeso la religión de la paradoja y que cultivo mi tolerancia a la incertidumbre. De todas formas es difícil salir del círculo dinero, dinero, dinero.
La cultura, con mayúscula o con minúscula, nada en el terreno de la economía, sujeta a una esclavitud feliz. El arte conecta con su entorno de referencia y trata de aportar su grano de arena. Hay que seguir leyendo a quienes levantan voces críticas. Es importante mantener la tensión de que no es oro todo lo que reluce.
¿Por qué existe la TransAndalus? Porque surge del cariño y del “porque sí” de un grupo de personas que comparten una afición. No parecería que en el origen sea la motivación económica lo que mueve participación, ¿no? Hay otros valores y son los que predominan y hacen el proyecto interesante. Pero como todo está interconectado ese proyecto genera también valor económico diverso, difícil de cuantificar, pero lo hace. Sin embargo, en la medida que crece necesita horas profesionales y ¿retribuidas? ¿Aceptamos el órdago y entramos en la dinámica de las transacciones económicas? Difícil evitarlo, me temo. Entonces, ¿cómo manejar esta delicada convivencia de motivaciones de rango superior y esas otras de que aquí todos vivimos de unos ingresos económicos?
En este sentido creo que la empresa abierta puede ser una alternativa “diferente” que evite incorporar un proyecto ilusionante a esquemas burocráticos y anticuados. Diluir los límites con el entorno y generar divergencia para abrir espacios a nuevos proyectos personales es fundamental. Porque el proyecto puede reproducirse en forma de esporas para crear una red de proyectos conectados donde los nodos se desarrollan tanto de forma autónoma como en la medida en que forman parte de esa red.
Le dije a Fran Cortés que desde Obea, nuestro grupo de investigación de Mondragon Unibertsitatea, trataríamos de documentar su caso. Y espero que no sea un caso “cerrado” ni de “éxito” sino un caso que muestra un proyecto necesitado de evolución, complejo e ilusionante a la vez. Entramos en territorio complicado, donde surgen múltiples alternativas. Hay estrechos senderos y pistas, muchas de ellas aparentemente difíciles y en subida, pero allá arriba siempre aparece algún paisaje que recompensa, aunque todos sabemos que el camino continúa. A disfrutarlo.
Ya estoy en casa, en esta otra casa de algún lugar del Sur de Islandia. Allá, más al sur, donde el calor aprieta, he compartido 18 jornadas de pedaleo con caminos, lugares y gentes de la Andalucía rural. Muy diferente de la forma en que uso aquí la bici de montaña. En Andalucía, esa bici se hizo medio para conectar pequeños pueblos repartidos por una geografía diversa. Miro hacia atrás y para hacer balance y que mi memoria no olvide, me quedo con estos diez recuerdos.
El agua de Las Alpujarras. Fuentes en cada pueblo, en los caminos, un puente sobre el Lanjarón, quizá el más alto. El contraste del calor tórrido y el agua como tesoro más querido, exultante por el año de nieves que la gente recuerda con cariño.
Los olivos al amanecer. El olor y la luz entremezclados para introducir una tonalidad ocre en el verde apagado que inunda las colinas. Sombras alargadas a primera hora del día, una monotonía cautivadora.
Pedalear entre piedra, neveros y lagunas a más de 3.000 metros de altitud. Subir hasta las puertas del cielo, miles de pedaladas lentas que tratan de ascender hasta un lugar desprovisto de decoración. Sólo el viento, el monte pelado y la mirada que sube aún más. Un esfuerzo lleno de placer.
Los llanos de Hernán Perea. Un lugar diferente a la salida de la sierra de Cazorla, todo cambia. Apareces en un lugar que resulta ajeno a todo lo anterior, una planicie donde el ganado bravo se alimenta y donde los pensamientos juegan a decidir sus propios caminos.
Pastores, perros y ovejas. Oficio de otro tiempo incrustado en el presente donde el rebaño se mueve lento por sus propias cañadas y siguiendo sus leyes no escritas de itinerancia. Perros que son casi humanos o, al menos, que intermedian entre el pastor y sus ovejas.
Calzada romana que fue. Rodar por un camino abierto tanto tiempo atrás. Molina del Rey y Aliseda se unen por un arroyo al que algún ingeniero de caminos de hace más de 2.000 años decidió colocar una calzada anexa. Nosotros podemos seguir pisando esos caminos.
Ganado bravo. Tranquilo, pero también diferente y admirable. Pastan tranquilas las reses, en familia, y tú eres la parte extraña del paisaje. Tu bici rueda y no sabes si para ellas eres amenaza o simple indiferencia. De vez en cuando las ves trotar, agitadas, y caes en la cuenta de que no son la raza que conoces.
Una ensalada, un arroz con verduras y unas maritoñis. Naranja con bacalao y un profundo aceite de oliva conforman una ensalada que queda anclada en el paladar. Pero también la sencillez de una mujer que te coloca un humilde plato de arroz con verduras y pregunta luego si quieres repetir. Maritoñis para comenzar con energía suficiente la jornada. Son obra de humanos, una gastronomía particular, básica y directa.
Pueblos que emigraron. La Andalucía rural debió pasarlo mal, como tantos otros lugares donde el campo y el monte, la agricultura y la ganadería, eran la base del sustento. El estallido industrial de otras regiones arrancó historias y vivencias. Se movieron de geografía y así fue que Aldeaquemada se fue para Llodio. Mucha historia oculta, muchos sentimientos cruzados.
Amarillo abrasador. Andalucía en verano queda fundida por sus cuarenta grados de constante presión. El sol lo inunda todo y transforma en amarillo cuanto puede. Los caminos se hacen más lentos y el mediodía marca la línea de un avance ya imposible. Así que la ley del calor coloca un desierto entre la mañana y el anochecer.
Quedan muchos tramos de TransAndalus por recorrer. Y sería justo transitarlos en otras estaciones del año. Primavera por ejemplo, primavera y su diferente colección de colores. Otro año rodaremos por otros caminos.
Lo que un día comenzó hoy termina. Bien sencillo: 18 días pedaleando por la Andalucía interior siguiendo la ruta TransAndalus. Estupendo el proyecto que Fran Cortés y un grupo de amistades han puesto en marcha. No es fácil hilar más de 2.000 km por senderos y pistas, documentarlos y ponerlos a disposición de quienes como yo sólo tenemos que “consumirlos”. Claro que cada tramo es de quien lo pedalea porque de él extrae experiencias y, de alguna forma, lo humaniza.
La tarde sin Internet me permitió en Zuheros callejear con tiempo, hacer fotos y buscar rincones con encanto. Además, el pueblo convive con la fama de su cueva de los murciélagos, en la que pueden observarse pinturas de cabras y también figuras humanas de la época del Neolítico. Dejamos la cueva para algún día en que volvamos. El pueblo, desde luego, tiene su encanto, a pesar de la jauria humana que recorría sus callejuelas en forma de excursión vociferante. Qué cruz.
Hemos salido por la Vía Verde de la Subbética. Volando hasta Lucena debido a la suave bajada, mientras nos cruzábamos con un torrente de andarines a la búsqueda de congraciarse con sus médicos. Más mujeres que hombres y mucha gente mayor. Las vías verdes se convierten en ese segundo lugar de encuentro a primera hora de la mañana, tras la plaza de toda la vida. Este pacífico ejército saluda, se para, retoma conversaciones, no lleva prisa alguna aunque los hay que llevan buen paso. Un fenómeno social.
La vía verde tiene cierta espectacularidad. Viaductos (incluyendo el de Dientes de la Vieja), un buen número de pasos encajados en la roca y un túnel jalonan el recorrido desde Zuheros hasta Lucena. Se hace entretenido el camino, en gran parte también por la fauna humana que pasea.
En Lucena, tostada con aceite para despedirse del manjar por antonomasia de la mañana andaluza. Pueblo grande, rodeado de carreteras amplias y autovías en las que la bici se siente en inferioridad de condiciones. De hecho, desde Lucena he tomado la antigua carretera nacional por una ruta paralela a la autovía. Nada de encanto, más bien una forma rápida de ir desde Lucena hasta Antequera. El viento, además, favorecía el pedaleo por lo que para las 11:30 nos habíamos fundido los 80 km.
De nuevo en Antequera, pero me parece un pueblo diferente. Mucha gente y animación. Hace cerca de tres semanas me pareció más tranquilo. Agosto parece dotarle de actividad extra. De vuelta en la Hospedería Colón saludo a la mujer que atiende en recepción, que enseguida cae en la cuenta de quién soy. Amable, me ha dado la misma habitación en la que estuve aquel 16 de julio.
Bueno, ya habrá tiempo de hacer balance de la TransAndalus. Desde luego que es un proyecto estupendo, surgido de la colaboración de gente que anda en bici y que han conseguido diseñar una ruta enorme. Hace falta venir varias veces para devorar todos los kilómetros. De momento, me conformo con lo que he recorrido. No ha habido problema de salud, apenas la incidencia del par de pinchazos, gente amable por todas partes, ¿qué más pedir? Quizá haya que probar otras épocas del año. Debe resultar una experiencia muy diferente dar pedales en primavera. El calor es una variable que condiciona mucho esta ruta en verano.
En total han sido 1.090 kilómetros, 80 horas sobre la bici y 20.000 metros de desnivel acumulado. Suena un poco fuerte, ¿no? ¡Qué cosas hacemos los humanos! Sarna con gusto no pica.
Distancia: 82,4 km. Sobre la bici: 3h 50m. Desnivel acumulado: 450 m.
Tarde saboreando Andújar. Sus calles reotrcidas llenas de esquinas para conversar agradecen la caída del sol. Iglesias como San Marcos, San Bartolomé o Santa María reciben el realce de un buen número de casas palaciegas en sus alrededores, todas ellas, por cierto, copadas por servicios de la Administración. Agradable dejar pasar el tiempo en sitios como Andújar.
Rumbo al sur por la carretera que se dirige a Jaén para tomar un desvío enseguida que nos hunde en pueblos pegados a sus olivares. Lástima que a los quince minutos de haber comenzado a pedalear un nuevo pinchazo, de nuevo en la rueda trasera, obligue a una parada obligatoria. Esta vez me olvido de parches y cambio la cámara.
Arjona, Porcuna, Valenzuela. Pueblos de similar aspecto, hitos en mitad del océano de olivos por el que navegamos. Los dos primeros en Jaén y el tercero ya en Córdoba. Y después Baena, más grande, más referente. Pero entre Andújar y Jaén solo se ven olivos, ordenados en hileras infinitas.
También curiosa la inmensa población de conejos que vive al borde la carretera. Huidizos, se esconden en sus madrigueras cuando paso, rápidos y alerta. Creo que los 70 km desde Andújar a Baena son todos ellos para las madrigueras.
Hoy el sol brillaba más azul que nunca. Quizá porque en él jugaban las nubes. Ha habido momentos en que el sol se ha ocultado tras ellas haciendo el camino más llevadero. No he sentido hoy la sensación de bochorno de otros días. No obstante, luego al mirar los datos de la etapa me he encontrado con que también hemos alcanzado los 43 grados. Será la costumbre.
Aquí a Zuheros se accede por un buen repecho que cruza la Vía Verde de la Subbética. Mañana saldremos por ahí hacia Cabra y Lucena. Zuheros está pegado a la montaña. Casas blancas, ventanas enrejadas, calles estrechas. Y con unos cuantos balcones privilegiados para contemplar los olivos allá abajo.
Queda una etapa. Como he tenido tiempo en Zuheros, he estado buceando en mi memoria para encontrar esos momentos, sensaciones, lugares o personas que quedan en el recuerdo. Otro día lo escribo. Hoy es la penúltima etapa de mi recorrido por la Andalucía rural.
Distancia: 79,5 km. Sobre la bici: 4h 48m. Desnivel acumulado: 1.325 m.
He pernoctado en la pensión Los Jardineros, en La Carolina. Ejemm, bueno, yo… sí, resulta que soy un poco tisquismiquis para algunas cosas. Pensión de pueblo, gastada por sus cuatro costados, supongo que con muchas historias vitales a sus espaldas. El caso es que he dormido con mi saco ultraligero. Total, ya que lo había traído, mejor le dábamos uso, ¿no? A las 6:45, como de costumbre, nos ponemos en marcha. Primer tramo hasta Baños de Encina.
Claro que no entiendo muy bien por qué lo de “encina”. Yo más diría “olivar”, que gana por goleada, pero alguna razón habrá que venga de otros tiempos. La salida de La Carolina te introduce de lleno en la constante del día: cortijos, olivo, encina y ganado bravo. El primer susedido del día tiene que ver con esto último que comento. En un cortijo encuentro un hermoso cartel de “Prohibido el paso. Ganado bravo”. Intimida, ¿no? Hablo con un hombre que me dice que no hay problema, que si no me meto con el ganado, no pasa nada. Vaaaaale, peroooo, ¿seguro? Mi niñez tuvo que ver con las vacas que teníamos en casa, pero me temo que aquéllas y éstas son bichos de diferente carácter.
Lo cierto es que he tenido un encuentro con un toro que ha jugado conmigo y con el camino durante unos cinco minutos interminables. Yo tenía la sensación de que se sentía “acosado” porque el cercado le limitaba el paso. Y de vez en cuando el animal echaba a trotar y yo con mosqueo general. Al final nos hemos despedido aguantando cada cual la mirada de reojo. Tras este affaire ganadero que dos perrazos me salieran al encuentro ha sido una nadería.
Y resulta que camino de Baños de la Encina me he perdido. Menos mal que me tengo por persona con buen sentido de la orientación y enseguida he recuperado el trazado. Eso sí, saltando dos cancelas con más pena que gloria. Cuesta lo suyo subir la bici a más de metro y medio. Que soy un flojeras, vamos.
Porque en este territorio todo está alambrado y bien alambrado. De hecho camino de Andújar también me he equivocado de pista en una ocasión y aunque veía la pista “buena” a 10 metros, no había forma de pasar a ella por la altura del alambrado. Media vuelta, 5 kilómetros extra y asunto arreglado.
Baños de la Encina tiene un castillo espectacular, como podéis ver en la foto. He callejeado con la bici por sus cuestas. Sitio agradable parecía. También he repostado en un bar donde una docena de hombres se dedicaban aparentemente a no hacer nada. ¿Costumbre de sábado por la mañana? Bar, hombres sentados, sombra.
Tras un tramo de carretera que te deja en el Pantano de Rumblar, la ruta a Andújar te sumerge en un laberinto de pistas y cortijos. El sol, como cada jornada a estas horas, arremetía ya inmisericorde. Una fuente ha ayudado a aligerar la marcha. “Una” fuente, porque las demás estaban secas. Esto no son Las Alpujarras. Aquí el agua escasea. Al menos en verano.
Después unos pocos kilómetros de pista piedras me han hecho perder la paciencia y jurar en hebreo. Mira que me tengo por ciudadano tranquilo. Pues se me han fundido los cables y me he dedicado a maldecir conmigo mismo ese pedacito. Estúpido diálogo interior en voz alta. Claro que los 39 grados que me acompañaban tenían algo que ver, como también que antes me hubiera equivocado de pista y cogiera “la buena”. Pues no, no era la que había que tomar. La pista buena, como luego me han explicado un par de tipos en un todoterreno, es privada. Hay que coger la pista de piedras, la comunal. Como Dios manda.
Menos mal que los últimos 10 kilómetros se hacen rápido: carreterita y pista llana. Así que he entrado en Andújar a eso de las 12:45. Callejeo con la bici, vistazo a las opciones de alojamiento y fin de etapa. Fin de ruta TransAndalus. La he recorrido desde Antequera a Láujar de Andarax y luego de Baza a Andújar. Dejamos para mejor ocasión la zona del Cabo de Gata y Andújar-Antequera por la zona occidental de Andalucía.
Como fin de fiesta voy a irme hasta Antequera en bici. Había pensado hacerlo en autobús, pero como tengo tiempo lo haré pedaleando por carreteritas locales. Creo que haré noche en Doña Mencía o Lucena. Y quedará entonces una última etapa para volver a Antequera, casi tres semanas después de haber comenzado allí mi primera experiencia de TA.
Como los sábados anteriores, hoy también he dejado crónica hablada en MQP. Saldrá en antena el domingo a eso de las 11:05 más o menos. En ella comento los cinco recuerdos con que me quedo. Ah… y actualizado el album de la TransAndalus en Flickr.
Distancia: 73,8 km. Sobre la bici: 5h 05m. Desnivel acumulado: 738 m.
Al lado pasa la autovía, gran avance para esa humanidad que se desplaza por los mismos caminos y al mismo tiempo. Hoy es 31 de julio, una fecha señalada que separa el tiempo de ocio y laboro para mucha gente. Estamos en La Carolina.
Ayer fue día de relajación en Aldeaquemada. Sólo un paseo de cinco kilómetros hasta el paraje de La Cimbarra donde en época de lluvias la piedra hace posible una espectacular cascada escondida entre las encinas. El río Guarrizar, sin embargo, permanece remansado en estas fechas, dormido junto a los numerosos yacimientos de arte rupestre de la zona.
El relieve de Sierra Morena parece más amable para la bici que el de Sierra Nevada o Cazorla. Hoy el primer tramo nos conducía por una carreterita tranquila casi oculta entre los pinos y que terminaba por toparse con la autovía y sus faraónicas obras. Uno con su bici se siente casi nada ante el tamaño y velocidad de lo que se mueve por esas vías del ¿progreso?
El segundo tramo nos introduce de lleno en tierras de guerras pretéritas. Moros y cristianos, dale que te pego hace unos cuantos siglos. Hoy norte y sur, siglos después, tampoco parecen en calma. Aquellas batallas quedan fijadas al terreno en forma de ruinas de un castillo aquí y otra fortaleza allá. Incluso tal fue la cantidad de contiendas que la gente de la zona dispuso de material para fabricar sus herramientas reutilizando lo que quedó por allí abandonado. No hay mal que por bien no venga.
Particularmente curiosa es la silueta del castillo de Castro Ferral. La pista por la que se sube deja entrever las ruinas varias veces entre los pinos. Al final de la subida un cortafuegos le da paso en forma de amplia avenida. Ruinas en ruinas, un pasado que se resiste a desaparecer.
Otro tramo que nos sumerge aún más en el pasado es la calzada romana que recorremos tras dejar atrás Miranda del Rey. Un camino para pedalear con la imaginación colocada 2.000 años atrás. Increíble que pervivan estas vías y… que no estén mejor señalizadas y mantenidas. El tramo de calzada romana termina en un puente que queda como testigo mudo de la ruta que hoy sigue conduciéndonos por caminos milenarios.
Y de nuevo golpe con el mundo del siglo XXI porque la carretera se da de bruces con la autovía, que había estado escondida a nuestros ojos y nuestros oídos durante más de veinte kilómetros. Primero Navas de Tolosa y luego La Carolina. Etapa tranquila de pistas en buenas condiciones para rodar y que para las once de la mañana algo pasadas ya estaba completada.
Bici a boxes porque creo que la cámara a la que puse un parche hace un par de días pierde aire. Poco, pero pierde. Además, quince días de caminos polvorientos hacen crujir a la bici por varios sitios. Así que le damos, también a ella, un masaje reparador en la tienda de bicis del pueblo, donde un tipo bien amable se va a encargar de que no le falte de nada. Ya queda poco: sólo tres días para regresar al punto de partida: Antequera. Nos leemos. Ah… también he grabado la pequeña crónica para MQP.
Distancia: 59,0 km. Sobre la bici: 3h 52m. Desnivel acumulado: 900 m.
Conviene parar y dejar pasar el tiempo. Allá al otro lado de la loma el camino no va a alejarse. Quieto, sólo espera a la siguiente silueta que lo transite. No hay mucho más que esperar. Ruedan los pensamientos pero recorren los mismos caminos.
¿Viajas solo? No, no viajo solo. Casi imposible en un mundo atravesado por tantos hilos de conversación. ¿Cómo obviarlos? Forman parte del equipaje: algunos son agradable recuerdo, otros sirven de inspiración, unos pocos a veces molestan. Pero también éstos últimos hacen falta.
El esfuerzo aparta pensamientos, despeja el horizonte. Reduce la inmensidad a un único punto de mira, elimina alternativas. No hay caminos secundarios. El esfuerzo conduce a un lugar extraño, donde se disfruta de una estúpida agonía. Un día detrás de otro. Pero conviene hacer un alto y dejar pasar el tiempo.
La memoria es caprichosa y decidirá qué retiene de todo este viaje. Quizá una fuente, una curva sombreada, una cuesta interminable, un animal esquivo. Quizá un rostro o la plaza de un pueblo. Quizá la soledad imposible o una conversación banal. Yo no decido por mi memoria. Ella elegirá sus momentos. El tiempo me lo hará saber. Por eso conviene reposar; para que haga bien su trabajo. A fin de cuentas, pienso convivir con ella mucho tiempo aún.
¿Aldeaquemada era el lugar? La memoria es caprichosa e impone condiciones. Reorganiza las imágenes, ésas que no figuran en Flickr. Reorganiza las crónicas, ésas que no nunca salieron a la luz en este blog. Está procesando. Paciencia, soy sólo el contenedor de mi memoria.
El lugar era Aldeaquemada. Pero no me lo dijo hasta que llegué. Un lugar para la memoria.
Datos de proceso para la memoria hasta el día de hoy
Fruta para desayunar por cortesía de los dueños de la casa rural, todo un detalle. Partimos para Aldeahermosa donde hay que buscar la Pensión Peinado por encargo de Fran. ¿Existe? Sí, existe. Y según me comentan en el pueblo está activa, regentada por una chica. Por si acaso, le hago una foto, que enviaré en un correo al coordinador de la Transandalus. Eso sí, en el teléfono no dan señales de vida. Hasta aquí mi investigación.
Tostada para reponer fuerzas y encarar la ruta entre suaves colinas de olivos y encinas. Ruta tranquila a través de pistas amplias y en buen estado que algún día, me temo, serán pasto del asfalto. En una de ellas están en obras. Parece que van a dejarla como pista de cuatro carriles. No es pista, sino pistón.
Tranquilidad, tranquilidad, paz, rodar fluido y ¡zas! pinchazo bestia en la rueda trasera. Murphy se porta para que sea precisamente la trasera, donde hay que quitar el pasante al completo debido al anclaje de la parrilla. Pues sí, el moco (liquido antipinchazos del interior de la cámara) no ha sido capaz de impedir un pinchazo enorme. Es tan claro que prefiero colocarle un parche y seguir utilizando esa misma cámara.
Se detiene un todoterreno de la Junta y me preguntan si me hace falta ayuda. Gracias, ya está ventilado. Hinchamos con un cartucho y seguimos ruta por estas pistas solitarias. Cancelas, fuentes, animales. Cancelas, fuentes, animales. Es la monotonía diferente que afrontas por aquí. Lo de las cancelas incluye una versión especial que podéis ver en la foto: Aduana/Douane. No llevaba nada para declarar y seguí hacia delante.
Y llegamos a una señora cancela de la que estaba ya prevenido. Protección de la propiedad privada, que quede claro. Y si quieres pasar, ahí tienes un hueco. Pasa como puedas. Así que hay que desnudar a la bici de todo peso añadido. La acabamos subiendo por el hueco que queda a algo más de medio metro y pasamos por fin al otro lado. Recomponemos equipaje. Ya sólo quedan algo menos de cinco kilómetros hasta Aldeaquemada.
Plaza elegante, iglesia coqueta, muchas terrazas: se ve vida en el pueblo. Estamos a las puertas de Sierra Morena. De momento relieves suaves. Ya veremos los próximos días. He decidido hacer aquí dos noches. Por primera vez en la ruta he notado un dolor en la pierna izquierda, no intenso pero sí constante. Vamos a darle descanso reparador, ya que según mis cálculos iniciales, llevo un día de adelanto sibre lo previsto. Tranquilidad.
Ah… por cierto, que Guadalinfo Red Social me sigue en twitter jajaja. Eso sí, hoy estoy con infraestructura de lujo en la casa rural La Cimbarra. Pero haremos visita a Guadalinfo, aunque aquí en Aldeaquemada sólo esté abierto hoy de 4 a 5:30 de la tarde… y mañana cierre. No importa, yo encantado con esa infraestructura que voy encontrando en casi todos los pueblos.
Distancia: 47,1 km. Sobre la bici: 3h 13m. Desnivel acumulado: 790m.
Bajada directa al pantano del Tranco. Caminito y pista bordeando este tremendo pedazo de agua. Hoy es un jabalí y unas ardillas: el contacto visual y esquivo de los animales. La mañana ha refrescado: son 17 grados que hacía tiempo que no sabía de ellos.
El contacto con la civilización no llega hasta alcanzar el poblado del Tranco, donde hay varios establecimientos de hostelería. A partir de aquí una carreterita serpentea hasta dejarnos a los pies del subidón del día hasta las Cumbres de Beas. Esperan algo más de 500 metros de desnivel en casi diez kilómetros, primero por pista asfaltada, luego por pista descarnada y finalmente pisando una muy agradable pinocha.
Pie a tierra en un par de ocasiones por los desniveles y también porque el firme de la pista ha sufrido los efectos de la deforestación tras un incendio. Piedra suelta y pequeños socavones debido a los regueros de las lluvias fuertes. Pero todo el esfuerzo lo disfrutamos arriba, en una zona más abierta, con grandes pinos.
La bajada hacia Beas de Segura nos devuelve al monocultivo del olivo. A medida que la carretera desciende, el olor es más penetrante. Hasta que allá abajo en Beas, huele a oliva que alimenta. Olor profundo. En el pueblo nos tomamos algo un bar que se llama ¡El olivo! Cómo no. Son las 11:30 y el calor ya aprieta. Hablo con Fran para contrastar alguna cosilla de alojamientos en pueblos próximos. El plan: voy a probar en Chiclana de Segura, aunque sé que hay subidita curiosa.
La salida de Beas te mete de nuevo entre olivos por pistas que se parecen unas a otras como gotas de agua. ¿No he pasado antes por aquí? Y Chiclana se ve allá arriba, ¡muy arriba! Camporredondo dicta sentencia: voy a subir por carretera. 42 grados a las 12:30 son razón suficiente para tratar de acortar. Eso sí, en Camporredondo me dicen que creen que en Chiclana no hay alojamiento. Probaremos.
Y tras 400 metros de desnivel a pleno sol con apoyo moral de más de un conductor de vehículo motorizado, llego a Chiclana. Pues… no ha sido para tanto. Y hablando por teléfono con el propietario de unas casas rurales me dice que no, que no es posible, que él no está en el pueblo y que mejor si sigo hasta el pueblo siguiente: siete kilómetros más. Pues seguiremos hasta Venta de Los Santos, pasando antes por la ermita de la Virgen de Nazareth.
A la entrada del pueblo está la casa rural en la que me voy a hospedar: El Zorzal. Son algo más de las 14:00. Ducha, lavar la ropa y comer. La tarde sería para Guadalinfo y la crónica. Pero no. “Cerrado por vacaciones hasta el 3 de agosto”. Así que sale esta crónica con demora. Pero no hay prisa. Hablo con Aitor a cuenta de un proyecto europeo que él y David se están currando. Eso sí que lleva prisa, al igual que una propuesta sobre Open Innovation que nos han lanzado desde Galicia. Sí, hay otro mundo que lleva prisa.
La tarde cae en la casa rural escuchando ensayar a la banda en un local de al lado. Pasodobles y más pasodobles. Es lo que toca por aquí, ¿no?
Distancia: 71,2 km. Sobre la bici: 5h 13m. Desnivel acumulado: 1.205m.
A las siete de la mañana un jabalí se cruza rápido en la pista. Cinco minutos después de comenzar la etapa de hoy. Iba a ser la tónica general: animales, muchos más que humanos. Y soledad, la que invade los casi 45 kilómetros desde Nava de San Pedro hasta el nacimiento del río Segura, el siguiente punto civilizado.
La primera parte del pedaleo recorre parajes que evocan a Félix Rodríguez de la Fuente. Incluso tiene su pino con una inscripción que lo atestigua. He perdido la cuenta de los ciervos y gamos con los que me he cruzado. Pero esto no era nada si lo comparamos con las vacas bravas de los campos de Hernán Perea allá arriba. Iba avisado por los de la casa de turismo rural: habían subido vacas bravas a pastar. “Pero tú tranquilo, que si no se ven amenazadas, ellas no hacen nada”. Ya, claro, pero, joder qué cuernos. Mira que las vacas son tranquilas, pero basta que sepas que son bravas…
Me las encontré en buena cantidad y pasando a escasos metros de ellas, compartiendo la pista, como que no iba yo del todo tranquilo. Por si acaso no hice fotos. Sólo una de un ejemplar que estaba allá en lo alto de la pista mirando de frente y muy quieto. No, no es una valla publicitaria, es un bicho de verdad.
Las zonas de pasto suponen un cambio brusco de paisaje. Llanuras donde vacas y ovejas comparten comida, limitadas por zonas rocosas en el horizonte. Color amarillo propio del mes de julio, pero suficiente para que los animales lo consideren un manjar. Tras muchos kilómetros por allí arriba se sale de la llanura poco a poco para bajar a la civilización: el nacimiento del río Segura. De allí a Pontones no queda nada.
Dudo si pernoctar ahí o tirar hasta Hornos de Segura. No hay cobertura de teléfono y tampoco Guadalinfo. Tampoco me agrada demasiado el hotel en que he parado a echar un vistazo. Pues seguimos ruta. Son las 12:30 y viendo el perfil de la etapa espero en un par de horas llegar a Hornos de Segura, pueblo con más encanto, según parece. Así que tira millas.
Me dopo con unas uvas pasas y hacen su efecto. Aunque me quedaban algo más de 30 km para llegar a Hornos, ha sido coser y cantar. Una subidita a 38 grados ya es cosa habitual. Tras acompañar al río Segura en sus primeros kilómetros se sube a la carretera de la cumbre, que separa la vertiente atlántica de la mediterránea en los ríos de la zona. La bajada final a Hornos es estupenda: 14 km de curveo para observar cómo a medida que bajamos sube la temperatura. Pues sí, 41 grados en el pueblo, como casi siempre a estas horas.
Me he alojado en el Hostal El Mirador. Sencillo como tantos otros, pero ya se ha apuntado a su favor. La señora me ha puesto un arroz caldoso con verduras que de tan sencillo estaba glorioso. Mi hambre ha contribuido lo suyo porque a las 3 de la tarde tras cerca de seis horas dando pedales no veáis lo que soy capaz de comer. Ha caído una siestecilla breve porque a las cinco y media abrían el Guadalinfo. Y aquí estamos, poniendo al día el diario de la Transandalus. Nos leemos.
Distancia: 86,4 km. Sobre la bici: 5h 48m. Desnivel acumulado: 1.205 m.