Ayer estuve un rato con alumnas/os de una mención de MBA relacionada con la gestión de entidades deportivas que se suele venir impartiendo en los últimos cursos en Mondragon Unibertsitatea. Tenía que ver mi intervención con la gestión de las personas (si es que la palabra”gestión” tiene sentido en este caso) en las organizaciones. O sea, que estuvimos compartiendo conversación sobre ese binomio persona/organización que parece haberse complicado sobremanera en los últimos tiempos.
Ya he escrito aquí mis argumentos sobre por qué la empresa ha dejado de ser eje vertebrador de nuestras vidas (y, si acaso, puede serlo más nuestra profesión). Me agarro a los argumentos del artesanoRichard Sennett para ello. De todas formas, algo que voy constatando con diversos grupos de alumnas/os es que cuando le pides a la gente que seleccione una preposición para conectar a la persona y a la organización, tomando la primera como referencia, nadie acaba eligiendo la preposición “de”.
El ejercicio que planteo (ya lo comenté en otro post hace tiempo) busca reflexionar sobre la relación que se establece entre persona y organización y viceversa. Para ello pido que se elijan tres preposiciones en cada caso (persona-organización y luego organización-persona). Esto nos da pie a discutir la complejidad de este tipo de relación en la sociedad actual.
El caso es que la preposición “de” implica pertenencia, conexión íntima, cierto sentido identitario. Y, claro, la gente no elige esa preposición para unir persona y organización. Las personas no son “de” las empresas. A no ser que se adentren en territorios que las alejan de los objetivos “materiales” y las acerquen a lugares donde hay sentido del propósito (a ello tengo dedicada una etiqueta de este blog, por cierto). ¿Quizá ahí puede haber terreno para esta preposición?
Claro que si consigues que las personas que trabajan contigo digan que son “de” tu empresa a lo mejor estás descubriendo el santo grial del compromiso. ¿O quizá es un objetivo imposible de alcanzar en el panorama actual, con unos estilos de vida que priman el individualismo, aunque este sea en red? En fin, que en lo que a mí respecta sólo constato que las personas no eligen la preposición “de”. Sin más, comparto esto que me está sucediendo, día sí y día también.
Mi abuelo solía tener dos o tres vacas y otros animales típicos de la economía doméstica de hace 50 años en esta zona del sur de Islandia. Mi abuelo trabajaba en la Babcock Wilcox, una de esas empresas gigantes de la margen izquierda que ya nunca serán lo que fueron, humilladas por el progreso. De lunes a viernes, mi abuelo seguía una rutina sencilla. Tal que así:
Arriba a las 5 de la mañana. Supongo que ingerir calorías para lo que se avecina.
Bajar a la cuadra a arreglar a los animales, ordeñar las vacas (en mi casa siempre dijimos “catar” y no ordeñar, por cierto) y alguna que otra tarea de las que nunca faltaban.
Hacia las 7 ir a trabajar. Andando, claro. Pero en su caso no más de 4 kms; todo un privilegio.
Volver de trabajar hacia las 6 ó las 7 de la tarde.
Arreglar los animales, ordeñar de nuevo las vacas, quizá hacer algo en la huerta si es que había luz.
Cenar y a la cama. Mañana será otro día.
Los sábados y los domingos la vida se relajaba. Sólo había que ordeñar las vacas por la mañana y por la noche, trabajar en la huerta, hacer hierba para los animales y atender a los asuntos que estuvieran pendientes por no poder llevarlos a cabo de lunes a viernes. Quizá el domingo por la tarde pudiera ser el hueco de tranquilidad.
Hoy en 2010 aquello parece oculto en una niebla que desfigura el recuerdo. Mis manos se deslizan por un teclado y mueven un ratón. Algo inexistente en la vida de mi abuelo. Su calidad de vida a los ojos del mundo contemporáneo, dejaría bastante que desear. El solía decir: “lo más lejos que he estado es en Pamplona y porque me llevaron preso”. Un mundo limitado por 20 kilómetros de radio alrededor de unas vacas y un terreno donde cultivar patatas, boronas de maíz, nabos, remolacha y las típicas hortalizas de casa.
Hoy la calidad de vida es el santo grial. Es una preocupación. La construimos -enorme paradoja- a base de permanente insatisfacción. Jugamos a elevarla a los altares para dispararle cañonazos que la destruyen día sí y día también. Tenemos que estar al tanto de lo que sucede, manejar información. Las oportunidades vienen envueltas en noticias y descubrimientos. Ganamos tiempo al tiempo para estrujarlo y cargar las cartucheras del stress permanente. No es que tengamos paz; tenemos ausencia de stress. Porque el stress es omnipresente. Y bastante éxito es que se manifiesta de forma modesta.
La calidad de vida cabalga a lomos de la insatisfacción. Innovamos en patología. ¿Cuántas patologías existen hoy que eran desconocidas hace 50 años? Estamos ganando en la lucha por la novedad. Afinamos tanto la búsqueda que cuanto más profundizamos en algo más descubrimos nuestra ignorancia. Saber mucho es igual a caer en la cuenta de todo lo que no sabemos. Un agobio inherente a la búsqueda. Tenemos que innovar y crear medicinas para las enfermedades que no existen. Porque nuestros comerciales son buenos: saben crear necesidades. Lo han mamado en sus clases de religión.
¿Qué tal llevas tu ritmo de vida? Hay que pelear, ¿verdad? Claro, hay que ser competitivo. Dejamos atrás la ineficiencia de perder el tiempo. En el segundo s+1 ¡zas! hay que conseguir llegar al mercado. Rápido es mejor. Velocidad como reto. Ritmo, ritmo, ritmo; no pienses, ¡haz! Si te equivocas, no importa. De nuevo arriba, el mercado agradece tu actitud.
No tiene sentido que tengas sólo dos vacas. ¿Estás tonto?
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La foto en Flickr es de www.D2k6.es, pero creo que son otras vacas; no las de mi abuelo.
Ayer me pasé por la biblioteca de Bidebarrieta para asistir al debate sobre “Urdaibai, museos y política cultural” (curioso que no aparezca la palabra Guggenheim) organizado por la asociación Cultura Abierta. No me quedé hasta el final, pero el rato que estuve allí me dio para darle unas cuantas vueltas a la forma en que estas cosas se plantean hoy en día. Moderado por Fernando Golvano, participaban Xabier Laka, Joseba Arregi y María Mur (que sustituyó a Miren Jaio por un problema de aviones).
En realidad no creo que importara si el proyecto es Guggenheim o no. De fondo está el asunto de qué es éxito y qué no. Porque quienes gobiernan (de nuevo volví a escuchar ayer que el Gobierno Vasco no tiene poder para nada) usan esa vara de medir. Claro que “éxito” es un concepto complicado. La forma más simple es el impacto económico. Así de simple: esta es la vara de medir actual del 99% de los equipamientos sociales que se ponen sobre la mesa.
Primero hace falta analizar la “viabilidad económica”. Luego ya se verá. Pero antes de nada, ¿va a crear riqueza? Porque alguien ha descubierto que la cultura acude presta a salvar a la economía aquí por esta zona del sur de Islandia. Una sociedad avanzada gira en torno a los servicios, a la calidad de vida que ofrece a su ciudadanía. Necesita construirles parques temáticos donde la gente sienta que es feliz. Artificio para la vida real. Realidad inserta en la vida artificial.
Guggenheim dos (G2, para abreviar, como se decía en el debate) es, al margen de su mayor o menor definición actual, un modelo de cultura para la economía. Construido sobre pilares macroeconómicos, con perspectiva global, pero que necesita un lugar físico específico donde echar los cimientos. La ciudadanía es el cliente, pero tampoco hace falta que participe en el diseño del producto. Suficientemente narcotizada, es mejor que juegue a consumir cultura. Los impuestos sirven de pescadilla que se muerde la cola: me das dinero, lo uso y te lo devuelvo en forma de inversión cultural para que el sistema se mantenga y tu nivel de vida aguante.
El debate, hasta donde yo me quedé, me defraudó. Tres larguísimas exposiciones y un turno posterior de preguntas que empezó, de nuevo, por quienes estaban en la presidencia. Para que quede claro que la ciudadanía del patio de butacas no es tan relevante. Así que G2 tras G1 no es sino un modelo de intervención desde la altura. Que mira al éxito y actúa de acuerdo con lo que es lógico: dime cómo me vas a medir y te diré cómo me voy a comportar. Es así de simple.
Pero parece que nadie escapa de una cárcel con paredes de cristal transparente y de la que, según parece, tenemos las llaves. Felicidad paradójica, que diría Lipovetsky.
No aparece en las estadísticas oficiales y todavía no existen análisis cuantitativos que lo dimensionen, pero el mercado del alma mueve cifras enormes y su crecimiento es espectacular. La evolución hacia el sector servicios no hace sino confirmar que el primer mundo se aufoflagela para generar consumo espiritual. Con ayuda de las desgracias naturales, las almas acuden en busca de remedios. Sea la industria de la emergencia -esa que acude profesionalizada tras el desastre humanitario- o la del coaching -esa que acude profesionalizada tras el desasosiego personal real o inducido-, el mercado del alma es el presente y el futuro.
El cuarto sector dirige sus naves a toda velocidad hacia un mundo mejor. Hecho trizas el enemigo de la paz tanto social como espiritual, la eficiencia del capitalismo dirige su mirada al rescate de las personas. Las industrias de la seguridad llegan con sus acorazados para proteger nuestra nula resistencia al dolor. Operan deprisa bajo un estado de shock, no dejan huellas de su paso y reciben el beneplácito de quien necesita aliento. Una mezcla de horror y error dispara la necesidad de su intervención, allá y acá. Las tropas no invaden territorios que resisten sino que acuden imantadas por los inmensos negocios de la miseria humana.
Es lo que hay; es el signo de nuestro tiempo. Nosotras, personas del primer mundo, necesitamos ayuda espiritual. No importa que ahora venga mezclada con compra compulsiva o con sentido de la experiencia. Queremos dejar atrás ese vacío autoinflingido y caminar con la mirada alta y con optimismo. El mundo que desmoronamos es el alimento que necesita la empresa moderna.
Las empresas tradicionales quedan fuera de la escena. La chavalería no encuentra allí nada que merezca la pena. ¿Qué ofreces? Seguridad, carrera profesional, proyección, retos. Bla bla bla bla. Eso es papel mojado en 2010. Estoy preguntándote por diversión, por libertad, por relajación. No he visto que me hayas hablado de pasarlo bien. La empresa tradicional no sabe manejar la palabra placer. Bucea en sus propuestas de gestión, en sus manuales de procedimientos, en su prevención de riesgos, en su atención al cliente… pero la maldita palabra no aparece por ningún lado.
El cuarto sector cabalga poderoso por los mercados del alma. Tiene que vestirse de responsabilidad social. Lanza su artillería con balas en forma de coaching y reciclaje, de funny things y cuidada estética de consumo, de grandes valores e ingeniería financiera, de “tú eres lo que me importa” porque eres quien paga mis facturas. El cuarto sector se enmierda mientras crece; y crece porque las personas hemos construido una sociedad de riesgo en la que el prozac y el consumo son compañeros de terapia. Doctor, yo le digo qué me pasa. Usted sólo deme el papel para comprar lo que necesito.
El cuarto sector ha invadido el territorio for-benefit. Sea lo que sea, ha pensado en marketing por las buenas causas, en las grandes manifestaciones humanas de bondad a través del consumo, en las relaciones de comunidad soportadas a lomos de redes sociales privadas en Internet. La plaza pública reluce con sus anuncios de neón mientras los bancos donde asentar nuestras nalgas muestran orgullosos el patrocinio que reciben. Es por nuestro bien, es el presente y también el futuro. Es el sistema porque no hay otro. Las empresas tienen que entender que el mercado que más crece es el del alma. Un mercado complejo pero donde los márgenes son altos, un mercado compuesto de miles de océanos azules. Un mercado distinto, pero un gran mercado. Nos lo hemos ganado a pulso: demos la bienvenida al mayor de los mercados creados por la humanidad. Realízate comprando gasolina.
No había leído nada de Gilles Lipovetsky hasta ahora, un francés que escribe sobre este mundo contemporáneo que habitamos. Aún no he terminado La felicidad paradójica, pero su lectura me está interesando. En buena medida porque me evoca una cuestión que observo en muchas empresas con las que trabajo. Se trata de la contradicción entre la importancia que se asigna al trabajo por quien lo diseña y su progresiva pérdida de valor global, incluyendo a quien lo lleva a cabo.
Tiene que ver sobre todo con el trabajo orientado a prestar servicios. A medida que se nos llena la boca explicando la importancia del servicio al cliente y los “momentos de la verdad” (que tan bien explicó Jan Carlzon), sucede que los despojamos de valor mediante salarios basura. ¿Cuánto se paga a una persona que atiende directamente a un cliente en un call center?, ¿cuánto se paga por atender a una persona mayor?, ¿cuánto por servir en la barra de un bar?, ¿cuánto por atender a un cliente en una tienda franquiciada de ropa? Miserias. Atención al cliente = Contrato basura.
El trabajo, como prestación de un servicio, se convierte en mero objeto para quien tiene la (mala) suerte de acabar en uno de ellos. La actividad profesional queda atrapada en una relación deficitaria: no proporciona suficiente orgullo a quien la desempeña. Las evidencias son claras al respecto. Son trabajos en buena parte suprimibles por máquinas: sírvete tú misma/o de una máquina para comprar una bebida o responde con números a una retahíla interminable de posibilidades ante un call center. El valor del trabajo que se asigna a la persona es mínimo. Y a ello hay que contraponer la supuesta importancia asignada a la “generación de experiencia” mediante el trato directo persona-persona. ¿Hipocresía? Llámalo como quieras.
El desplazamiento de nuestra sociedad hacia los servicios está trayendo consigo mucho trabajo basura. Ya no es cuestión de la fuerza física que hizo falta para la época de esplendor industrial de los años 50 y 60 del siglo pasado. Ahora se necesitan hordas dispuestas a prestar servicios por cuatro duros. Son personas que están frente a ti, que te atienden, que viven en la paradoja de escuchar cómo se sacraliza el trato al cliente y al mismo tiempo desarrollan trabajos de usar y tirar.
La razón de fondo de todo esto parece radicar en la competitividad. Los “costes de la mano de obra”, que diría la supuesta parte pensante del sistema. Esos costes de mano de obra son insoportables. Por eso se tiran por los suelos. Este nuevo trabajo objeto requeriría, además, una extraña cualificación: saber de personas, de empatía, de relación, de habilidades interpersonales, de sonrisas. Es un trabajo pleno en tanto que se presta de persona a persona. Pero es un trabajo objeto, que no sirve sino para meter un dinerillo en el bolsillo y hasta la próxima.
Creo que este es uno de esos agujeros en los que hurgar. La extensión del modelo de franquicia, por ejemplo, se basa en gran parte en salarios basura. Es una tendencia global. Las empresas transnacionales que ofrecen servicios consolidan el modelo: son concebidas como máquinas diseñadas según el know-how disponible que no necesitan la contribución de la persona. La presencia humana es un mal necesario que requiere salario basura y la posibilidad de intercambio rápido sin que el sistema se resienta. Son trabajos a prueba de personas.
Sí, es un mensaje duro que dispara a la línea de flotación del conocimiento, la implicación personal y todas esas tonterías de las que solemos hablar. La realidad es la que es.
Vida de consumo, acceder y no tener en propiedad, pasar y no quedarse, fluir, hacer y no pensar, caminar sin mirar atrás, el presente y el futuro en vez del pasado, mirar al horizonte y no al suelo, probar y no comprar, leasing y no comprar, renting y no comprar, dinero futuro en el presente.
Ser lo que no eres a través del acceso. Dejar que las cosas pasen y relativizar puntos de vista. Flexibilidad, la caña de bambú. Adiós a los grandes ideales, adiós a los grandes sueños. Consumir ilusiones, consumir deseos, cultivar la fruición de querer más y más.
Tenía este video en la récamara desde hace tiempo. Uno más de ese gran proyecto que es Balzac.tv. Gina Tost charla con Antonella Broglia sobre algo que llama trysumerismo: acceso compulsivo, en dos palabras.
Este lunes pasado tuvimos reunión en Innobasque del grupo de trabajo de ciberespacio. No sé muy bien por qué, ya que bastantes saraos llevo entre manos, pero en un momento de euforia me apunté para trabajar en torno a la cibergobernanza. Bueno, como no sabemos muy bien qué cosa pueda ser, tiene el interés de lo desconocido. En principio se trata de ver qué aporta el prefijo “ciber” a la gobernanza. Si aporta algo, claro.
Y por comenzar por la gobernanza, según la wikipedia en español:
Gobernanza es el concepto de reciente difusión para designar a la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado, que proporciona a éste buena parte de su legitimidad en lo que a veces se define como una “nueva forma de gobernar” en la globalización del mundo posterior a la caída del muro de Berlín (1989).
Si a este concepto, como decíamos, le anteponemos lo de “ciber”, ¿qué resulta? Sea lo que sea, nos adentra en un territorio por explorar. Porque habría que tener en cuenta, en principio, una triple perspectiva:
Cómo se gobierna la misma Internet, con el complejo equilibrio de fuerzas del momento actual. Neutralidad de la red y cosas por el estilo, por ejemplo.
Cómo resulta lo de gobernar -en el ámbito que sea- cuando Internet es la sustancia que impregna casi toda la actividad (no se puede no contar con Internet para casi nada hoy en en día), sobre todo desde la perspectiva de la participación de la ciudadanía.
Qué características son inherentes a Internet y su arquitectura y cómo afectan en la propia gobernanza. Algo a lo que, por ejemplo, Lawrence Lessig suele dedicar muchas reflexiones.
Comenzando por la tercera perspectiva, cada vez parece más importante consensuar ciertos aspectos que tienen que ver con los estándares, con el código que conforma las carreteras por las que vamos a circular en Internet. Más allá de legislación, ese código cada día es más determinante. Lessig lo dejaba claro en Código 2.0 medianta una cita que recogía de “When Code Isn’t Law” (pdf disponible), un artículo de Timothy Wu en la Virginia Law Review:
El motivo para que el código llegue a tener importancia para la ley es su capacidad para definir la conducta a una escala masiva. Tal capacidad puede implicar restricciones en la conducta, en cuyo caso el código regula, pero también puede implicar el ajuste de dicha conducta a formas legalmente convenientes.
También hay que tener en cuenta, siguiendo a Lessig que los reguladores de conducta en el ámbito público pueden proceder no sólo de la ley sino de la arquitectura, del mercado o de las normas (pág. 207-210). Así que el panorama es complejo. Por eso, lo primero que hemos acordado en el grupo es desbrozar el término y aclarar los ámbitos de trabajo para ver cómo se le puede hincar el diente a este asunto. Lo iremos escribiendo en esta página de la wiki.
Si alguien echa un cable, estupendo. Que sepas que en el grupo hay más gente implicada. Entre otros, contamos con esa voz humana y comedida que siempre aporta Iñaki Ortiz. Nos leemos.
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La foto es del que escribe esto y se la topó en un agradable paseo allá por la isla de Terceira, perdida en las Azores, pero con base militar americana, por si acaso.
Sí, ya sé que me repito y me deslizo por una espiral que me devuelve al punto de inicio, aún más reforzado si cabe. Gilles Lipovetsky, en La felicidad paradójica:
Cuanto más obtiene el hiperconsumidor un poder que no conocía hasta entonces, más extiende el mercado su influencia tentacular, más autoadministrado está el comprador y más extrodeterminación hay vinculada al orden comercial.
Es la misma idea que ayer manejaba hablando de Internet. Somos lo que quieren que seamos, jugando con el mercado de las emociones y la felicidad. Ante nosotros un inmenso océano azul: Señoras y señores, les presento al más grande y poderoso mercado jamás concebido. Sí, hablamos del mercado del alma.
La comercialización de nuestras vidas necesita conversaciones desmedidas. No hay éxito si no se consigue desmesura. Vas a convertirte en la mejor máquina de extimidad jamás conocida. Necesitamos tu materia prima. Dinos, cuéntanos quién eres. Nuestras máquinas de la felicidad necesitan quintales de emociones para transformarlas en códigos de barras.
Sólo queda conseguir que la película sea de risa. Los finales tristes no venden.
Un sábado como aquel en otoño no se podía desperdiciar. El día azul. Intenso, brillante, pleno de energía. Como otras tantas veces había quedado con la gente de la cuadrilla. Anboto arriba, se veía poderoso.
Un desayuno hermoso y todo el ceremonial de salir al monte. Calcetines, botas, gorro, ese jersey que aguanta bien el frío. Ángel tenía una mañana de sábado ante sí para disfrutarla. La máquina de inyección quedaba atrás. Lunes a viernes, compañera de fatigas. Y ahora, en tiempos de crisis, más fatigas aún.
Se juntaba con otra gente del pueblo. Subían despacio primero y luego a más ritmo. En la base del Anboto, en el cruce de caminos, siempre había tiempo para una paradita técnica. Hacia Tellamendi y luego bajando por el hayedo en busca del Betsaide. Un buen camino ahora que otoño explotaba de color.
Ya arriba, hablando hablando. La cabeza se va de excursión. Los pensamientos fluyen. A veces se escapan porque la conversación es caprichosa. No sabía muy bien por qué, pero aquella mañana de sábado otoñal, allá arriba se le ocurrió la mejor de las ideas para que de una vez por todas, aquella máquina funcionara como Dios manda. ¿Qué paso aquella mañana? Cualquiera lo explica. Simplemente se le ocurrió.
Luego, lunes y martes fueron días de pruebas. Pero funcionó, vaya si funcionó. Ah, por cierto, aquel sábado se encontró con un tipo en bici. Le veía de vez en cuando y siempre el mismo saludo: ¡Aupa!
Esta es la historia y esta es la pregunta: ¿Ángel estaba trabajando aquel sábado por la mañana entre el Betsaide y el Anboto? Deja tu respuesta, por favor. Luego ya debatiremos después de disponer de algunos resultados. Mil gracias.
Por cierto, disculpad el formato de la encuesta. No consigo que se vea bien.
La actividad económica ha ido ocupando cada vez más espacio en la sociedad y, por extensión, en nuestras vidas pesonales. Curiosa contradicción frente al hecho de que las horas (teóricas) de la jornada laboral se han reducido y representan admirables conquistas sociales. Incluso parece mayor la contradicción si atendemos a la importancia que el ocio cobra en la vida del primer mundo. Es una paradoja curiosa. Y creo que Internet, de alguna forma, está contribuyendo a que la “sensación” de trabajo se expanda más y más en nuestras vidas. Cada vez más, somos lo que trabajamos. Para bien, para mal.
Pero, en la práctica, ¿qué ocurre? Como quiera que decimos que el trabajo lo llevamos a cabo con conocimiento y éste no sabe de fronteras temporales, la disponibilidad de nuestro cerebro es 7/7 y 24/24 (no descartes que vengan ideas cuando duermes). Como una silenciosa mancha de aceite, un trabajo enriquecedor y en el que desplegamos conocimiento, nos atrapa full time. Eso sí, no hay que fichar. Es cuestión de ver lo que aportas; no importa el momento. Pero aporta. No te obligamos a que nos digas que trabajas para nosotros. Eso sí, hazlo.
Así que, ¿no es lógico que se levanten defensas contra esta invasión silenciosa? Las modernas guerras no requieren grandes acciones estrepitosas. No hace falta armamento pesado. Es algo más sutil, una empresa emocional que quiere que su gente se apasione y desee realizarse en el trabajo, colocando en él su alma, corazón y vida. No ya su intelecto, sino sus emociones. Por eso es importante la inteligencia emocional; para que la apliques allá donde debes: en el trabajo.
Me permito esta breve reflexión porque si las empresas necesitan a las personas, puede que sea más cierto que las personas necesitan otro tipo de empresas. Bueno, pudiera ser que no necesiten empresas sino otro tipo de entidad aún por inventar, que a lo mejor no es empresa. Andamos hurgando en nuevas posibilidades, que haberlas, seguro que las hay. Si nos colocamos el sombrero azul del amigo de Bono y nos ponemos a pensar sobre el propio trabajo, muchas veces caemos en la cuenta de que así, como es ahora, “no puede ser”. Hay que buscar alternativas.
¿Qué tal te va? ¿El trabajo ha invadido tu vida? ¿Te defines por el trabajo que realizas? ¿Te hace sentirte bien? Para gustos los colores. Disfruta.