La invención del aire narra ciertos episodios de la vida de Joseph Priestley, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Steven Johnson nos presenta a un personaje mediante el que mostrar cómo progresó la humanidad en cierto momento histórico. Tiene que ver con la ciencia, pero también con la política y la religión. En realidad, tiene que ver con la vida.
El libro se lee fácil. Algo menos de 250 páginas para conocer detalles y una constante referencia al vínculo entre ellos. Y también a cierta casualidad/causalidad. Bueno, casualidad que conduce al progreso y se retroalimenta de él. Causalidad circular y dinámicas complejas:
Los avances verdaderamente importantes se producen cuando las esferas se alinean: cuando la energía fluye y los patrones de asentamientos y los paradigmas científicos y las vidas humanas individuales entran en una suerte de sincronía enriquecedora que ayuda a las nuevas ideas a emerger ya circular por toda la sociedad.
Todo conectado con todo. Y los detalles insignificantes pueden dejar de serlo. Nunca como ahora hemos dispuesto de tanto potencial conectivo (y no lo reduzcamos por favor a las redes sociales en Internet). ¿De qué va a servir? ¿Progreso o destrucción? Los misántropos pueden hacer su agosto, no cabe duda. Porque el mundo se revela como un lugar lleno de potenciales peligros.
Sin embargo, hay otra forma de entender la conectividad. Es la que tiene que ver con el progreso, con las posibilidades que están ahí para ser explotadas en el mejor de sus sentidos. Cierto que de una forma que no sabemos en qué desembocará. Pero más cierto aún que en muchos casos supondrá progreso, personal y colectivo.
Son dos caras de la misma moneda, pesimismo y optimismo. La realidad acaba construida por cada cual. Ves lo que quieres ver. La televisión emite para su audiencia. Y vende el tremendismo. A lo mejor resulta que la ingenuidad es buen antídoto contra los cenizos. Porque haberlos los hay. Y operan cual multitudes -hombres casi siempre- estúpidas, como reconoce el mismo Steven Johnson:
¿Cuál es la química interna de las revueltas? [...] Es significativo el hecho de que en ellas se producen intensas transferencias de energía: la furia de cien hombres destrozando un edificio y desatando las fuerzas demoledoras y erosivas de la combustión. En este sentido, las revueltas tienen algo de primitivo, no sólo porque en ellas los hombres -pues suelen protagonizarlas hombres-retroceden a un estado incivilizado de violencia desorganizada, sino también por la obsesión por el fuego, que es la forma más primaria de demostración de fuerza.
Nos leemos.
Comparto aquí unas palabras tomadas de una entrevista (realizada hace más de 5 años) a la que enlaza la entrada de la wikipedia en castellano sobre Marc Augé (los subrayados son míos). Conceptos sencillos para, desde mi punto de vista, verdades como puños:
—¿Sobre la importancia de la imagen para cada individuo?
—Hay una sobrevalorización constante de la imagen. Los que están en la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte, desde un cierto punto de vista, porque millones de personas los reconocen. De ahí el sentimiento de que hay que pasar a través de la imagen para existir. La mejor manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito de los reality shows.
—¿Surgen nuevas formas de relación en la sociedad actual?
—Estos nuevos modos de relación están ahí y van a multiplicarse y perfeccionarse aún más. No sólo hay que vivir con ellos, sino que hay que quererlos. La paradoja es que, en efecto, estos nuevos medios de comunicación multiplican tanto las posibilidades de relación con el exterior que pueden producir una especie de vértigo y, quizá, de soledad.
—¿Hay que adoptar y querer las nuevas tecnologías?
—Las nuevas tecnologías de comunicación, en cuanto medios, son algo extraordinario, que multiplica las posibilidades. Ahora bien, por su éxito y por los modos que toman en la sociedad de consumo, puede ocurrir que los medios se conviertan en un fin en sí, bajo diferentes aspectos. Pienso que no hay que perder de vista que los medios de comunicación son medios y que las imágenes son imágenes. Pero como vivimos en un mundo donde la realidad está repleta de imágenes, podemos dudar acerca de cuál es el nivel de realidad exacta.
—Usted señala un riesgo inherente al sobredesarrollo de las tecnologías, que es confundir los fines con los medios. ¿Cómo sería posible controlar esa relación?
—Sólo intensificando la relación con los medios y con las imágenes se podrá controlarla. Como ejemplo: si se les enseña a los niños a hacer películas, estarán menos alienados con la imagen, porque comprenderán que es algo que se fabrica. Hay que formarlos no como consumidores, sino como creadores. El nuevo humanismo es eso: formar a la gente para que controle los instrumentos. Formarlos para crear.
—¿Cómo debemos tomar, entonces, la comunicación instantánea?
—Sólo como un medio. El carácter instantáneo de la comunicación es uno de los factores que ayudan a la difusión de esa idea según la cual la historia terminó y que no hay nada más por imaginar que lo que existe. Ese sentimiento contribuye al desencanto laico que hay en el mundo. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas, lo que es sorprendente, porque, al fin y al cabo, todavía tenemos todo por descubrir.
Marc Augé es un antropólogo francés conocido en buena parte por su propuesta sobre los no-lugares, la sobremodernidad y la construcción de identidad a partir de la relación de los otros (la alteridad). De un tiempo a esta parte ando leyendo cosas suyas. Hace pensar, cosa sana.
Hoy nos hemos acostumbrado ya a convivir con las alertas. Las hay para todos los gustos y colores:
- las que nos cuentan los hombres y mujeres del tiempo, las de tipo metereológico
- los indicadores luminosos para saber que la batería se está agotando (que pasan a indicadores sonoros cuando el problema es grave)
- los mensajes preventivos sobre grandes pandemias y las medidas urgentes para evitarlas
El caso es que las alertas son eso que enciende el comportamiento racional… o irracional. Pero están aquí y en cantidades industriales. Los servicios meteorológicos viven de hacernos llegar sus alertas: ¡atención!, ¡atención! Y a partir de ahí, en general, crece un gran mercado: el mercado de la seguridad, de la prevención, de la contingencia. No eres buena ciudadana si no las haces caso, te dirán.
La sobreprotección es la respuesta enfermiza a la alerta constante. No hagas eso que te quemas se convierte en un Ya verás cómo a partir de ahora no te dejo ni que te acerques. Por si acaso. Para evitar que tomes contacto con el mal, con el problema. Lo hacemos desaparecer y todo arreglado.
El problema, según me entero, se agrava por lo que el premio Nobel Daniel Kahnemann llamó la heurística de la disponibilidad: cuanto más capaces seamos de evocar mentalmente la imagen de un acontecimiento peligroso, más probable será que tengamos miedo de ella (Jeffrey Kluger, en Simplicidad, pág. 186). Lógico, porque como seres humanos somos capaces de imaginar. Así que una buena manera de meternos el miedo en el cuerpo es que seamos capaces de percibirlo. Cuanto más real, mejor.
Pero insisto en que no hay mal que por bien no venga. El pánico al terrorismo construye una inmensa industria de la seguridad. Que por supuesto pasa al sector privado, porque todo el mundo sabe que lo privado funciona mejor: peores sueldos, peores condiciones para la gente que trabaja, más capacidad de despido. Vamos, mucho mejor que esa cuadrilla de vagos funcionarios que lo mismo ni me torturan bien a los detenidos.
Otra de las grandes industrias que se alimenta de la alerta son los medios de comunicación. Necesitan tremendismo, al más puro estilo de La familia de Pascual Duarte. Caña al mono. Portadas dramáticas, que eso se lee más fácil que el simple titular informativo. Todo un nuevo estilo periodístico: El Caso se apropia de la prensa generalista. El Telediario se convierte en una retahíla interminable de acontecimientos a cual más triste y sanguinario. Muertos, epidemias, inundaciones, atentados, matanzas. Dramas que consumen prime time.
Os dejo con otra cita del colega Kluger en el mismo libro que citaba antes (por cierto, ya terminado… y tampoco era para tanto):
En un mundo saturado de medios de comunicación, ni siquiera tenemos que idear nuevos peligros, puesto que los periódicos, la televisión y los cambios en las alertas terroristas, de naranja a rojo, ya lo hacen por nosotros.
O sea, no te preocupes. No tengas miedo por ti misma. Ya te lo inducirá la Administración acompañada del sistema mediático, tanto el tradicional como el de los social media que dicen hoy. Feliz sábado en La sociedad del riesgo.
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La imagen en Flickr es de KidLoko.
Vamos a tener ley de transparencia acceso a la información pública. Albricias. Justo lo que necesitaba para darme cuenta de que no, no es como parece. La transparencia requiere una ley que indique qué transparentar y como hacerlo. En realidad, si habláramos en términos cuantitativos quizá fuera mejor hablar de la ley de opacidad, ¿no? Porque gestionar la transparencia es ocultar lo que no interesa. Ha sido, es y seguirá siendo así. Tampoco nos vamos a sorprender a estas alturas de partido.
Pero vamos a pensar bien y a considerar que la transparencia gana terreno. ¿En términos absolutos o relativos? Hay más cantidad de información disponible, pero cada vez es más evidente que manejar de forma adecuada esa información es poder y “poder” es palabro delicado. Sobre todo cuando sirve para ganar dinero en un círculo vicioso que se retroalimenta a sí mismo.
En realidad, todos reconocemos que la transparencia no es buena per se, siempre. Es algo que percibimos e interpretamos según el color del cristal con que miramos. Supongamos que estoy muy enfermo: ¿me dices la verdad para que lo sepa? Depende. Depende quién seas y cómo prevemos que puede afectarte saber la verdad. Quizá con ella en la mano mueras antes por la sola angustia de saber que estás muy enfermo. Quizá nunca me hubieras perdonado que no te lo dijéramos.
Así que se trata, efectivamente, del derecho a saber lo que sabes de mí. Luego veremos qué hacemos con eso. Y ahí se encierra toda la complejidad del asunto. Comenzando -gran paradoja- porque galopamos a través de las redes sociales basadas en Internet en una producción inmensa de información sobre nosotros mismos… de la que apenas una pequeña parte de la población parece consciente. Lo de siempre, la primera labor es hacernos conscientes de lo que hacemos.
Yo, por supuesto, aplico todos mis prejuicios: no me fío un pelo. Cuando muchos de los políticos que nos gobiernan hacen lo que hacen con la información que poseen, entonces, cuando menos, hay que ser precavido. Juan Varela cita (imprescindible leer su artículo, como siempre) tres asuntillos delicados de lo que comenta El País respecto a la futura ley de acceso a la información y que se proponen como excepciones: la propiedad intelectual, los intereses públicos económicos o comerciales o el secreto requerido en procesos de toma de decisión.
Échate a temblar por este coladero. Tres asuntos demasiado serios, ¿verdad? Claro que este tipo de ley parece mirar a la Administración y lo que ella sabe de mí. Pero, seamos realistas, ¿no sería más lógico legislar para que las empresas privadas cumplan a rajatabla eso que se supone va a regular la futura ley de acceso a la información pública? Si la Administración se ha ahuecado dando paso a una subcontratación bestial de actividades -incluyendo las intensivas en información personal-, ¿no sería lógico que la ley mirara a esas empresas que tanto saben de nosotros?
Sí, claro, me refiero Facebook y compañía. Ya que se privatiza todo, que alguien se ocupe de legislar estos asuntos. Lo digo porque lo mismo vemos una pregresiva privatización facebookización de la Administración. Tiempo al tiempo.
También escriben sobre esta nueva ley en Administraciones en Red. Seguro que le dedicarán espacio a este asunto en el futuro (como ya le han dedicado antes, por supuesto). Estaremos atentos a las pantallas
Más sobre transparencia en este blog:
Jeremy Rifkin escribió hace ya unos años uno de esos libros clásicos: La era del acceso (varias veces lo hemos citado por aquí). El argumento es bastante simple: hemos construido una sociedad en la que más que “poseer” se trata de “acceder”. Dos ejemplos muy evidentes hoy en día serían:
- El consumo en streaming de video y audio: ¿para qué descargar y guardar cuando puedes ver y escuchar lo que quieras y cuando quieras siempre que dispongas de conectividad digna a Internet?
- El acceso al dinero (que no tienes) a través de créditos, leasing o renting, lo que hace que puedas llegar a vivir en una casa que en gran parte es de tu banco. Lo mismo podemos decir del coche o incluso de los equipos informáticos.
Y parece que lleva razón el hombre, ¿no? Sí, pero no. De ahí lo de la paradoja. Porque la “propiedad” sigue siendo un identificador de estatus. Poseer en propiedad define el éxito en la sociedad moderna. Las grandes fortunas se miden no por aquello a lo que acceden sino por aquello que poseen. Por supuesto, bienes materiales. Obvia decirlo. Y hoy en día con sus buenas dosis cosméticas de filantrocapitalismo.
Así pues se entremezcla una curiosa combinación de vida de consumo en la más estricta definición de Bauman, junto con la posibilidad de disponer de bienes materiales sea mediante compra o por simple acceso. Los dos factores necesitaban llegar sumar fuerzas para que todo siguiera hacia delante en la locura colectiva del más y más. Las fechas de caducidad no sólo han ganado el terreno de la alimentación sino que ahora se han fundido con cualquier objeto sujeto a la barbarie de la moda.
Los grandes lotes de productos manufacturados son hoy signo de falta de competitividad. La excelencia y la ventaja competitividad radican en flexibilizar producción. Lotes más pequeños de productos/servicios adaptados a microsegmentos de mercado. Claro que cuando se personaliza a veces se llega al problema del coste de la última milla. Todo muy bien hasta que al final hace falta un proceso tan específico que o tienes mano de obra barata o estás fundido. Y ahí llega la perversión del sistema. Personalizar producto a costa de personas mal pagadas en países donde la competitividad mundial mira hacia otro lado para no enterarse de las condiciones de trabajo.
Poseer bienes materiales tiene el problema de “ocupar espacio”. Y las empresas, ya se sabe, necesitan rotación de sus stocks para justificar el coste del espacio que ocupan. O, mejor aún, un just in time extremo donde todo fluye en un ideal sin producto almacenado. Te doy lo que necesitas en la cantidad que necesitas y cuando me digas. Luego ya nos encargaremos de que te sientas “desactualizado” al ver que el vecino accede a producto más “fresco” que el tuyo. Status, imagen, poder, prestigio. O quizá que seas lo que consumes.
Y todo esto provoca el gran problema del desperdicio. Pero no te engañes. El negocio del reciclaje necesita desperdicios. Si no los generamos se acaba el business. Así que, al final, acceso y propiedad acaban siendo las dos caras de la misma moneda.
Disculpad el pesimismo que no es propio de este periodo vacacional en que andamos… consumiendo
Las cosas siguen en su sitio: El Papa cobrará entradas a las misas que oficie en el Reino Unido. Hacía ya tiempo que la privatización estaba mostrando los beneficios que conlleva para la gestión en general. Así que en buena lógica faltaba cobrar por dar hostias. Pues ya está aquí. Lógico; nadie dijo que los curas fueran tontos.
Las instituciones lo tienen claro y juegan sus bazas. La iglesia cobra por ver a las grandes estrellas del circo religioso, aunque La Razón se defiende y habla en su lugar del “kit del peregrino”. Me quedo más tranquilo. El estado francés vende posesiones para hacer caja. Los americanos subcontratan la tortura para generar riqueza. El mundo gira y gira, en la dirección correcta y a velocidad de crucero.
Mientras, en un acto de incalculable generosidad magnates del mundo donan la mitad de sus fortunas. Filantrocapitalismo galopante. En un gesto sin igual el planeta va a recibir tropecientos mil millones de dólares ganados con el sudor de la frente y comisiones ilegales. Dinero, dinero, dinero. Qué gran motor para el mundo moderno. ¿Que las cuentas no salen? Pues privatiza tu vida, vende tus órganos y hazte bioterrorista, hazte un tatuaje con tu marca de cigarrillos favoritos ahora que son light y no matan. Todo al alcance de tu mano. Si la iglesia y el estado lo hacen, ¿tú por qué no?
El espectáculo requiere marcha. Sean Belén Esteban, David Beckham o Eduard Punset. El circo mediático pone sus reglas y allí en la pista central todo es fastuoso y atractivo. Incluso lo banal y cutre se transforma en reality show para democratizar el éxito. Si no vales, peor para ti. Tú te lo pierdes.
Mientras tanto aquí Monseñor Rouco Varela consigue que 40 empresas socialmente responsables pongan pasta para la visita del Papa en 2011 a España. Ahí están los propietarios de Tuenti y también esos ejemplos de eficiencia y saber hacer del moderno mundo de los negocios: El Corte Inglés, Iberia, Endesa o el gran Banco Santander. Y con cobertura de redes sociales en Internet, que mola más. Fijaos en lo contento que se ve a Monseñor en foto. Da gusto.
Rápido, circule, no se detenga. Rápido. No se quede a mirar. Rápido, circule, circule.
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La imagen corresponde al juguete Dulce Hogar Caja Registradora, “ideal para que el niño aprenda a manejarse con dinero”. Está tomada de Juguetes.org.
Ando leyendo Simplejidad, de Jeffrey Kluger, un periodista de la revista Time. Este buen hombre repasa circunstancias que concurren en ciertas actividades para que las percibamos como simples y/o complejas. Cuando utilizo el “y/o” ya entenderéis que estoy haciendo alusión a que quizá no sean términos antagónicos, sino que puedan darse al mismo tiempo en forma paradójica.
Sólo llevo setenta páginas del libro, pero me permito compartir algunas citas que me parecen del todo sugerentes. Más adelante ya desarrollaremos argumentos. De momento, sólo quería compartirlas con quienes leéis este blog. Los subrayados son míos.
Referido a cómo un elemento extraño regula el flujo (pág. 53):
Los diseñadores de los interiores de los edificios han descubierto que un poste inútil colocado en el camino hacia una salida de incendios puede en realidad ayudar a que la gente consiga escapar. Si se da a los que se agolpan en dirección a una puerta un obstáculo que sortear conseguiremos que su llegada sea ligeramente escalonada, permitiendo que salgan por ella formando un flujo razonablemente controlado, en lugar de chocar de inmediato con ella y provocar una colisión.
En cuanto a que hay que tener en cuanto que son humanos quienes desarrollan las conductas, hablando de modelos de simulación en ordenador (pág. 54):
Corrigieron aspectos como la accesibilidad y la proximidad de las salidas, haciendo que más trabajadores virtuales eligieran las salidas más cercanas y convenientes. Pero una vez hecho eso, el programa asumía que las personas se comportarían sensatamente. Esto, naturalmente, era un disparate.
Hablando de la evacuación de las Torres Gemelas durante el atentado del 11-S (págs 58-59):
Lo que no llegaron a calcular los defensores de la seguridad en la década de los sesenta fue que en 2001 más de dos terceras partes de la población estadounidense tendría sobrepeso o sería obesa, lo que significaba no sólo que ocuparían más espacio en unas escaleras ya estrechas sino que incluso sin que estuvieran abarrotadas de gente tendrían que esforzarse más para poder hacer todo el camino hasta abajo.
Hablando de la generación de más capacidad en un sistema (pág. 69):
Si abrimos otro túnel o construimos otro puente en una ciudad abarrotada al principio el resultado es exactamente el esperado: repartir un número determinado de coches por más arterias y agilizar las cosas para todo el mundo. Pero el hecho de poder conducir más deprisa anima a que más personas cojan sus coches por la ciudad, saturando nuevamente el tráfico hasta que todo vuelve a ser como antes.
¿Y todo esto para qué? Pues para encontrar alternativas al managament actual. To be continued…
Imagino al niño (más que a la niña) llorando de rabia. A ver quién es el desalmado que pasa por el trance de no comprarle al niño la camiseta de su equipo del alma. Ídolos que portan marcas comerciales para que niños y niñas vayan asumiendo de qué va todo esto. La Real ya tiene nueva equipación. Y un jugador objeto dice lo que tiene que decir (“es muy bonito y va a gustar mucho a los aficionados”) y hace lo que tiene que hacer: colocarse ante las cámaras como objeto de consumo. Punto pelota, a comprar, que este año la Real es de primera. Nadie hace crítica. A pasar por caja con el orgullo de volver a ser de Primera. Con las instituciones públicas detrás soltando pasta, faltaría más.
La caducidad parece que llega con cada temporada. Niño y niña con equipación de años anteriores serán parias en la moderna sociedad del consumo que el fútbol se encarga de afianzar. No, cada temporada suelta la pasta y haz felices a tus hijos. Cómo no vas a hacer eso por ellos. ¿Acaso quieres que sean desdichados y el hazmerreír de sus amistades? ¿Cómo puedes tener tan mal corazón?
Petronor saca pecho y se acerca al corazón de los hinchas del Athletic de Bilbao. La equipación de la nueva temporada incluye opciones: primera, segunda y tercera opción. Compra identidad y pasión. Sé hincha de verdad a mayor gloria de la caja registradora. Fútbol que, sin más, muestra el camino: compras y eres tú mismo. En este caso, por cierto, una compra donde los niños señalan con el dedo y los adultos son presa emocional fácil. No hay opción: bienvenidos a la adulescencia, participa de la fiesta y cómprate tú también una equipación oficial de tu equipo del alma.
¿Qué me parecen las camisetas de la Real Astore? Ketari lo preguntaba el otro día en su twitter. Que es una forma triste de claudicar al sinsentido de consumir por consumir. Por supuesto que servirá para que alguna que otra niña allá en Asia gane un dinerito para su familia. Qué bien, contribuimos a la justicia y se nos hincha el corazón de orgullo. Sea con balones mundialistas bendecidos por la FIFA o con camisetas “retro” que le sientan de maravilla a los modernos ídolos de masas. Esas personas que son espejo para nuestras niñas y niños. Jodidos vamos.
Y en este mundo histriónico hay que sobreactuar. ¿No os habéis fijado cómo besan los escudos de sus camisetas los jugadores profesionales en momentos de pasión desbordada? Sienten los colores. Sienten una identidad que se funde con objetos fetiche de a 70 euros la pieza y que caducan con cada temporada. El escudo cerca del corazón, al lado de la marca comercial. Diputación Foral de Gipuzkoa, Astore y Pakistán (o cualquier país donde el coste de mano de obra sea diez veces menos que aquí) unidos por el sentimiento txuri urdin.
¿Cómo no vas a comprarle esa preciosa camiseta a tu hija? ¿Vas a ser tan mala persona que quieres que prenda en tu hijo el odio hacia sus progenitores? Umbro, Adidas, Astore, Nike o Puma te lo agradecerán.
El tiempo se estrecha: las generaciones, afectadas por saltos socio-tecnológicos de envergadura cada pocos años, se contraen. El ciclo de vida humana se alarga pero dentro de él habitan muy diferentes perspectivas. Hoy es habitual que una empresa tenga al frente a una generación desbordada por ciertos acontecimientos relacionados, por ejemplo, con Internet. Así, es lógico que los directivos se resistan a las redes sociales. Son herramientas que las carga el diablo; o sea, otra generación.
Las colisiones intergeneracionales son cada vez más frecuentes. Dentro y fuera de la empresa, por supuesto. Claro que, dentro, la colisión presenta el problema añadido del diferente grado de poder que poseen las partes en contienda. Las jóvenes incorporaciones muerden el polvo en nueve de cada diez ocasiones: llegan a un hábitat hostil, que maneja otras reglas y donde los comienzos son duros… porque el enemigo es poderoso.
Es muy habitual encontrar a mi generación en el poder. Yo tengo 45 años. Me encuentro con gente de mi edad que vive allí arriba, en la cúspide, a veces sintiendo soledad, a veces disfrutando a tope. ¿Cuántas de esas personas se sienten cómodas en Internet y entiende el fenómeno social que representa? Me atrevería a decir que… una de cada ¿cien? Vale, exagero, dejémoslo en dos de cada cien. Este es lo que hay, punto. Entonces, a partir de esta realidad, ¿qué hacemos?
Creo que muchas personas jóvenes rumian resentimiento hacia las empresas para las que trabajan. Se perciben a sí mismas maltratadas por el sistema empresarial. Son buenos ejemplos las condiciones sonrojantes en sus contratos, unas reglas de funcionamiento interno propias de épocas pasadas referentes al control, las prácticas burocráticas o la percepción de injusticias de trato con las personas a partir de las jerarquías existentes. O sea, un escenario lejos de la lógica de un mundo abierto -para lobueno y para lo malo- que se confiesa a través de Internet y sus redes sociales.
De todas formas, no pasa nada que no sea lógico que pase. Siempre ha habido pelea entre generaciones y la va a seguir habiendo. El matiz es que hoy hay muchas diferentes peleas porque hay muchas más “generaciones” dentro de una “generación”. Esto complica la escena. Y arriba, la dirección se ve superada por los acontecimientos. No hay forma de entender a estos jóvenes que pasan de todo y luego se enganchan con una ONG que se dedica a ayudar a inmigrantes. ¿No podían poner ese entusiasmo aquí dentro? Pues no. Sí, ya sé que no lo entiendes.
En parte la competitividad empresarial también pasa por saber manejar estas colisiones integeneracionales. ¿Quiénes son personas que pueden hacer de puente? ¿Cómo se sienten representadas esas generaciones en el mapa de poder de la organización? ¿Qué aire fresco puede aportar cada generación y cómo se saca lo mejor de cada una de ellas? La diversidad generacional dentro de la empresa complica la escena pero también plantea oportunidades.
¿Algún antropólogo en la sala?, ¿alguna antropóloga de guardia, por favor? Se agradece la ayuda. Que alguien explique cómo hacer convivir en cooperación a estas generaciones:
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La imagen en Flickr es de sevenphonecalls.
P.D. Por cierto, tenía este artículo casi escrito al 100% desde hace un tiempo y ha sido la lectura de Las corporatocracias antropotécnicas, nuevo poder mundial en Tendencias 21 lo que ha hecho que lo publique.
Juan Freire nos muestra su punto de vista acerca de cómo “hacer” Medialab Prado. Eso le lleva a un amplio repaso de ideas acerca del procomún, los modelos bazar vs. catedral y de ecosistema vs. mercado. Interesante, como siempre. En el fondo, para comprenderlo no me queda sino lanzarme en busca del concepto de diferenciación inclusiva que maneja Ulrich Beck y que nos introduce de lleno en la paradoja como paradigma de nuestra época. Trato de explicarme.
Juan Freire retoma a Antonio Lafuente para concebir un discurso desde el prototipado. En el mundo de los átomos “prototipar” ha resultado desde antiguo una obsesión por cuanto era el paso necesario de la mente/corazón al hecho real y tangible. Cualquiera que haya trabajado en un entorno industrial sabrá de lo que hablo. El prototipado rápido, la simulación y las primeras series antes de llegar a la producción en grandes lotes han sido objeto de atención porque ahí parecía hallarse el santo grial de la eficiencia. Todo ello, por supuesto, concebido desde la economía de la escasez.
Sin embargo, creo que el “prototipo” se diluye en una economía digital. Nace cada vez más pegado a la idea y como producto inherente. Es inmanencia; no puede ser de otra forma. Me temo que no es comparable la generación de producto físico a partir de lo digital (ese plano en 3D) con el trabajo del conocimiento -pensamiento, emoción y acción- donde lo digital está llegando de serie.
Para complicar más el asunto, no es ya que el “mercado” en forma de “bazar” sea un elemento consustancial a la naturaleza humana y debamos reivindicarlo, como señalaba David de Ugarte. No, para mí, el asunto delicado es que ese “mercado” tenía sentido como lugar de transacción de productos tangibles. Pero no podemos considerarlo de la misma forma cuando el objeto de transacción económica pasa por la compra-venta de felicidad inducida. El capitalismo emocional redefine las reglas del juego sin que los jugadores hayan sido claramente informados de ello. Esto es lo que cambia la escena.
No tengo mayor problema en aceptar las bondades del “mercado”. Pero no de este con el que convivimos en 2010. El “mercado” necesita unas condiciones que a día de hoy no se dan. La asimetría de las partes que intervienen en el intercambio impide una relación de mutuo beneficio. La dinámica perversa es que uno gana a costa del otro. Cuidado con jugar ahí. El procomún puede acabar siendo pieza de museo, ese lugar donde una tienda hace negocio con obras de arte a su alrededor.
El mercado del alma es el que crece con mayor celeridad. Los libros de autoayuda pueblan las librerías. La economía se mueve a base de goles, hoy más que nunca. Pero no en sí misma por esos goles, sino por la alusión inclemente a las marcas comerciales que saben que sus ventas cabalgan a lomos del espíritu de victoria y unos valores que el branding no hace sino pulir. Retomo una cita de Gilles Lipovetsky que manejaba en mi artículo La paradoja del hiperconsumo: el mercado del alma:
Cuanto más obtiene el hiperconsumidor un poder que no conocía hasta entonces, más extiende el mercado su influencia tentacular, más autoadministrado está el comprador y más extrodeterminación hay vinculada al orden comercial.
Pensar y hacer caminaron por senderos algo distantes en el pasado. A pesar de que Humberto Maturana insistía en recordarnos que el lenguaje es acción y que la forma en que hablamos es el factor quizá más importante para definir la forma en que seremos vistos por los demás y por nosotros mismos; a pesar de ello, acción y pensamiento vivían en territorios diferentes. Pero hoy eso es cuestionable.
El bazar no intercambia bienes materiales sino porciones de felicidad con tal grado de cosmética alrededor que los jugadores han quedado insertos en un cuento interminable. Storytelling de verdad donde los presidentes americanos inducen felicidad en sus súbditos explicándose a través de series de televisión. Realitys que salen de la pantalla para fundirse con nuestra vida real.
El prototipado se diluye. Larga vida al activismo en defensa de la intolerancia.
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La imagen en Flickr es de