Desde luego que el trasvase de profesionales de la SER a la COPE da mucho juego, más allá del que tiene que ver con el fútbol. Es un interesante observatorio para analizar hoy en día el sentido de la persona profesional, del equipo, de la marca, de un producto concreto, de lo que pesa o no pesa una “empresa”. Cierto que todo ello mediatizado, valga la redundancia, por el poder mediático de un producto tradicional y de éxito como era el Carrusel Deportivo de la SER.
Antes de comentar nada en general, diré que a mí particularmente el formato del Carrusel me parece bastante casposo. Pero no cabe duda de que ha sido todo un fenómeno, punto y seguido lógico de ese deporte que es cosa de hombres. No hacen falta los anuncios de Soberano, porque la filosofía es la misma. Pasa el tiempo, pero hay cosas que sólo mudan la forma, no el fondo. Y el rollo Carrusel, con esas joyitas de macho macho man… pues, en fin. Y conste que de vez en cuando oigo el programita de furbo, cómo no. ¡Pecadorrrr!
Pero lo interesante del asunto es tener en cuenta qué pinta una empresa (emisora de radio en este caso) frente a un producto ya elaborado que incluye un ramillete de profesionales ya creciditos. Claro, la COPE ha atraído por sus valores, su misión y su visión a esta gente. Ha sido una cuestión de atracción fatal. Mejor con los obispos que con cualquier otro. Así que los del Carrusel allá que se van, imantados por la luz divina a su nueva casa.
Fíjate que me da que no. Que lo que pasa es que hay un producto, un equipo, un formato. Y claro que para rodarlo en antena necesita una plataforma. Llámese empresa. Pero no empresa en sentido tradicional. No. Aquí se trata de “empresa” como sitio donde una vez colocado el producto puede que resulten beneficios. Vamos, la empresa-instrumento, la empresa que hoy es una y mañana otra. Y sus valores o lo que sea… mejor los dejamos a un lado y hablamos de dinero, que es a lo que vamos.
O puede que no, que en el fondo sea una cuestión todavía más idiota, de gente que de repente se mosquea entre sí y: ¿Cómo?, ¿que no hay cojones? Pues te vas a enterar. Pues cojo y me voy con mi producto y mi gente a otra parte.
El equipo de profesionales juega por sí mismo, con sus filias, fobias y liderazgos. El producto viaja de un lado a otro en busca de quien quiera dar soporte. ¿No podría ser el antiguo Carrusel de la SER una empresa en sí misma? Eso sí, en su ecosistema necesita de otros agentes más arriba en la cadena de valor. Alguien tiene que tener tecnología y soporte para que la empresa-carrusel salga a antena. Pero no te olvides, que esa empresa (la SER, la COPE, EITB) sólo será un instrumento. Algo que uso porque no puedo tenerlo todo. Me hace falta, pero no creas que voy a defender tu ideario. Bueno, digo yo. Porque lo mismo el Poli Rincón o los hombretones del Carrusel se sienten más a gusto con los obispos. Que Dios los cría y ellos se juntan.
El Carrusel Deportivo de la SER se queda con ¿una marca vacía? Bueno, si no vacía, si medio vacía. O, casi vacía al completo, ¿no? Porque el producto “carrusel” no mantiene una forma tangible sino que resulta de conversaciones y gritos y testículos. Cosas de esas que juntas y revueltas conforman un producto difícil de repetir. La copia en este caso me temo que costaría lo suyo. Así que la marca, con perdón, lo mismo se va a la mierda.
¿O sea que ahora todos los furboleros del Carrusel se van a la COPE? Gran invento derivado de choques personales, según parece. Hay que joderse. Me temo que esto no figuraba en el plan estratégico. Ni en el de la COPE ni en el de la SER. Cosas que pasan, cenizas de un volcán islandés que modifican el escenario radiofónico. Pero no demasiado previsible, ¿no?
Tengo a medio escribir un artículo sobre la organización paradójica, tras el informe que hemos realizado sobre la economía abierta. Es lo que se me ocurre tras tanto asunto inesperado e incomprensible. Un día de estos lo publico. Pero es que no hago sino encontrar casos contradictorios que surcan las turbulentas aguas de los negocios. Mejor reír mientras la SER denuncia a la COPE y los obispos corren tras el balón con la sotana. Ver para creer. Amén.
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La imagen es la famosa foto de Ramón Masats titulada “Seminaristas jugando al fútbol” y data del año 1959. Fue Premio Nacional de Fotografía en 2004, aunque quizá en la memoria reciente quede más cerca de La Mala Educación de Pedro Almodóvar, ¿no?
Alrededor de la casa de mi madre en Urioste hay un follón de manda mandre. Allí cerca comienza la Super Sur. Se trata de una obra faraónica que taladra los montes cercanos para, vía túneles, evitar tráfico en la actual circunvalación de Bilbao. Será de peaje, según parece. Por allí se incrementará la capacidad del sistema de absorber tráfico. Grandes noticias. O no tanto.
El otro día ya comentaba que leyendo Simplejidad, de Jeffrey Kluger, encontré un capítulo dedicado a los problemas de tráfico. Se maneja esa idea tan simple de la que tanto escribió Goldratt: los óptimos locales no conducen necesariamente a un óptimo global. Lo habitual es que el cuello de botella se desplace a otro lugar. Pan para hoy y hambre para mañana.
Si abrimos otro túnel o construimos otro puente en una ciudad abarrotada al principio el resultado es exactamente el esperado: repartir un número determinado de coches por más arterias y agilizar las cosas para todo el mundo. Pero el hecho de poder conducir más deprisa anima a que más personas cojan sus coches por la ciudad, saturando nuevamente el tráfico hasta que todo vuelve a ser como antes.
Relaciono esto con el coeficiente de Gini, del que también hablaba cuando citaba alternativas de medir cuando nos movemos con modelos de empresa abierta. Este coeficiente plantea una forma de medir cómo se distribuye la riqueza.
Uniendo todo ello, la conclusión me parece evidente: si no conseguimos que la eficiencia se distribuya más o menos por igual dentro de una organización, de poco servirán esfuerzos locales. Este enfoque nos llevaría a:
- redistribuir la masa salarial para evitar las enormes diferencias de retribución que se dan hoy en día
- aplanar la organización para distribuir responsabilidades de manera más homogénea
- evitar diferencias en los derechos de las personas que trabajan
- no buscar la optimización de ciertos recursos, dejando siempre un espacio a la imperfección y tolerando (si no impulsando) ineficiencias
- relajar los controles que tienden a una medición específica de partes muy concretas del sistema (aunque puede ser útil disponer de alertas para desviaciones excesivas)
Todo esto apunta a un modelo que pivota sobre dos ejes:
- Aceptar que somos humanos y erramos, lo que aconseja modelos organizativos que no tiendan a la excelencia. Esto porque, hasta cierto punto, se provocaría la deshumanización del sistema.
- Impulsar actividades que tiendan a una redistribución más equitativa de recursos y resultados, donde lo que importa es la eficiencia global (hasta donde sea posible) del sistema.
O sea, que a lo mejor conviene recular y reinterpretar lo que ocurre cuando una y otra vez encontramos una distribución de personas cuyas capacidades se reparten según la campana de Gauss. Tender a la excelencia está bien, pero allí a lo mejor te quedas haciendo solitarios. ¿Por qué? Porque puede que no tengas muchos compañeros de viaje. Aunque, claro, hay muchas formas de viajar
Tras varios meses de trabajo, con la coordinación de EOI y cinco instituciones implicadas, ya están disponibles todos los informes de análisis de los sectores de nueva economía elegidos. Cada uno presenta 20 casos, hace una introducción para definir el sector y presenta al final una serie de conclusiones. Tíscar nos lo presentaba así en su blog hace unos días:
¿Qué tienen en común la Economía Verde, la Economía Digital, la Economía Social, la Economía Abierta y las Industrias de la Creatividad? Que todas ellas se engloban dentro del concepto de Nueva Economía, como nuevos sectores productivos que basan su modelo de negocio en elementos como son la cultura abierta, la horizontalidad, la tecnología y la gestión medioambiental.

Pues bien, desde aquí también animamos a matizar, criticar o comentar sobre estos informes. No son sino trabajo en curso que muestra, en una fecha determinada, un conjunto de realidades empresariales. Seguramente que no están todas las que son. Por supuesto, pero es un primer paso para ir proponiendo alternativas. Están ahí para desbrozarlas y ver hasta qué punto dan pistas útiles mirando al futuro.
Todavía hay que pulir detalles antes de la publicación definitiva y tenemos también que compartir con el resto de equipos de trabajo una valoración global de las investigaciones realizadas. Por eso es todavía trabajo en progreso.
Cada informe es un documento que lleva su tiempo digerir, pero pueden leerse por partes. Puedes leer un caso que en particular te pueda interesar, unas conclusiones sobre uno de los sectores o cómo se define alguno en particular. En ese sentido, aunque son documentos extensos, bien pueden leerse en forma modular. Ahí están, esperamos que te sirvan.
Supongo que es lógico tratar de usar indicadores cuando hablas de empresas. Medir, medir, medir. Difícil escapar de una cultura que necesita números para comparar, para decir quién tiene éxito y quién no lo tiene. En mi caso, reconozco que reniego bastante de la mayor parte de los sistemas actuales. Siempre encuentro dos pegas:
- Dime cómo me mides y te diré cómo me comporto. Los indicadores, como te los creas mucho, marcan la conducta. El alumno aprueba el examen y no aprende, la empresa gana premios EFQM aunque no se gestione tan bien como los indicadores dicen.
- Las medidas son manipulables. Hay que simplificar mucho para obtener medidas fiables. En cambio cuando estamos ante fenómenos complejos, con gran carga humana, la medición se hace difícil.
Sin embargo, algo tenemos que hacer. Y se me ocurre si no pudiéramos adaptar para la empresa abierta algo parecido al coeficiente de Gini o que tenga como referencia la curva de Lorenz. Tendría que ver con la forma en que se distribuirían los beneficios entre quienes los generan. Claro que ahí habría que hacer una lectura amplia de agentes y no sólo incluir a quienes trabajan dentro de un CIF. Es la noción amplia de stakeholders, que también maneja el Aspen Institute en su definición de cuarto sector.
Este coeficiente me parece una propuesta más lógica que mira al cómo y no tanto a las cantidades finales. Y no sólo tendría que considerar valores monetarios sino que debería incorporar algún otro elemento más relacionado con la economía del trueque. De esta forma no endiosamos la variable economicista y tenemos en cuenta que la empresa no tiene por qué funcionar sólo en ese plano.
A principios de 2011 -creo que será fecha definitiva después de varios intentos- queremos organizar una jornada de trabajo sobre economía abierta en MIK. Tras la investigación sobre economía abierta que hemos realizado, conviene “meter el dedo en el ojo” de ciertos asuntos en que profundizar. Uno puede ser el de indicadores o como queramos llamarle. ¿Cómo medir que una empresa abierta lo está haciendo bien? Claro que… ¿qué es eso de hacer las cosas bien?
Por cierto, siempre nos queda el recurso a usar esta lista de indicadores alternativos. Disfruta.
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La imagen está tomada de la wikipedia y representa el coeficiente de Gini.
Ya sabéis de mi interés por el proyecto de la TransAndalus. En buena parte, algo que me atrajo de él fue el énfasis en el uso de los caminos de dominio público. Todavía recuerdo el tramo que va desde Torrecampo a El Guijo a través del Cordel de la Mesta en la comarca de Los Pedroches. Fran empeñado en que se pasaba por allí, que para eso era una vía pecuaria tradicional, y Alberto y yo siguiéndole a duras penas. Uno de esos momentos que no olvidas en la TA.
Por otro lado, ahora parece que Internet está frente a una encrucijada porque Google y Verizon proponen colocar dos velocidades en los accesos a las vías del (supuesto) progreso. Quizá por eso, por el paralelismo evidente, a lo mejor conviene también luchar por las tierras comunales que nos definen como humanos. Este mundo que habitamos, aquí en el siglo XXI del primer mundo, me temo que está exacerbando sin mesura el ansia de la propiedad. A pesar de que se hable de la era del acceso, tal como argumenta Jeremy Rifkin, todavía hoy el mundo sigue pegado al sentido de la posesión.
En Internet poseer tiene que ver quizá con ciertos privilegios de tránsito. ¿Tienes dinero suficiente para pagar e ir por una autopista? Adelante. He aquí una antigua vía de dominio público, una vía de comunicación, que pasa a régimen privado. ¿La razón? Conseguir rentabilidad económica. No prestar un servicio público, sino ganar dinero. Lo vistan como lo vistan, el asunto es bien simple.
La modernez en que andamos instalados requiere vías potentes de comunicación. En este escenario, ¿para qué preocuparse por esos caminos tradicionales y vías pecuarias que vertebraban la comunicación de antaño? Hoy apenas merecen la mirada de unos pocos chalados. Ya, vale. Pero creo que este tipo de actividades volcadas en la recuperación del dominio público de las vías de comunicación merece tanta atención como la que tiene que ver por la neutralidad de la red. Con una repercusión mediática mucho más modesta, pero tan importante como el procomún del que tanto hablamos. Es lo mismo, el mismo concepto.
El asunto tiene su miga. Los propietarios del terreno olvidan que hay derechos de paso y colocan cancelas aquí y allá. Candados que certifican el prohibido el paso. Fuera de aquí. Busca otra opción, porque entras en terreno privado. Sí, pero hay derechos de paso. ¿No es importante respetarlos? Pues parece que no, porque la Administración no parece muy activa en estos asuntos… sino es que ella misma se acaba cargando derechos de paso tradicionales.
Es una buena causa por la que pelear: la recuperación del acceso público a los caminos que han sido bloqueados por la propiedad privada. Es lo que persiguen Caminos libres y A desalambrar, por ejemplo. Creo que no sólo es Internet todo lo que hay en el campo, ¿no? También hay vías de comunicación de a pie, sin tanta tecnología de por medio, que merecen atención. Y no olvidemos que el mantenimiento de las vías de comunicación tiene que ver, en gran parte, con el uso. Si no las usamos morirán.
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La imagen en Flickr es de Manel.
Francia dispone de una amplísima red de centros BTT. Siempre que he andado -a pie o en bici- por el país vecino he tenido la sensación de estar en un país balizado. En cualquier pueblo te encuentras rutas de todas las formas y colores. A través de las oficinas de turismo locales encuentras información sobre recorridos balizados. Cómodo para quien llega allí.
Aquí parece que la idea de los franceses se extiende. Cataluña ha creado ya 17 centros BTT y en esta parte del Sur de Islandia hay también 3 centros BTT: Busturialdea-Urdaibai, Izki-Montaña Alavesa y Debabarrena. No estoy muy al tanto de planteamientos similares en otros territorios de la península, aunque mirando en Internet he visto que en Galicia existe el centro BTT del Valle de Esmelle en El Ferrol y en Asturias el de Valles del Oso. Además, parece que hay actividad incipiente en otras comunidades autónomas como Madrid, la Comunidad Valenciana o Andalucía.
Comento esto porque en estos últimos tiempos he recorrido rutas de centros BTT. En el de la Seu d’Urgell (no lo enlazo porque en Windows mi Karspersky me avisa de que tiene virus) recorrí la ruta que sube a la Rabassa por Estamariu y también la que transcurre por la zona de Gavarra y permite descubrir pequeñas joyas del románico rural. Por otra parte, ayer mismo recorrí una del centro BTT de Izki-Montaña Alavesa: la ruta 6 por San Cristóbal. Lo cierto es que para quienes nos gusta dar pedales por el monte es realmente cómodo. Sobre todo si llevas GPS, el asunto es bien sencillo: echas un vistazo en las rutas y cargas las que más te interesen. Te documentas hasta donde quieras y a hacer kilómetros.
Claro que el “consumo” de un país balizado me genera un sentimiento ambivalente. ¿Perderse en el monte? Eso hoy no tiene gracia. Mejor acogerse a una oferta que alguien ha pensado para ti. Me muevo con la lógica contradicción interna: me vienen de fábula y al tiempo me dicen que soy mero consumidor de producto empaquetado.
En los cuatro días que estuve en Quinto Real hablé en varias ocasiones con Fernando Goñi sobre lo fácil que hoy en día es generar las rutas. Otra cosa es la pasta que hace falta para balizarlas, si fuera el caso. Claro que con GPS eso de balizar pasa a un segundo plano. El caso es que recorrer un itinerario y disponer del track para cargarlo a tu GPS es coser y cantar. De hecho, en los días que estuve en el Pirineo Catalán, usé tanto rutas “oficiales” como otras que localicé a través de Wikiloc.
En cualquier caso hoy en día producir una ruta en soporte digital no cuesta nada: la tecnología lo hace por ti. Tras recorrer el itinerario con el GPS vas a generar todo lo que hace falta: altimetría, distancia, mapa… Increíble pensar que sea así de fácil cuando hace unos años suponía -sin GPS disponible- un trabajo ingente. Por supuesto que todavía no son mayoría quienes llevan GPS en su bici o andando, pero cada vez seremos más quienes los usemos. Y esto hace que pueda combinarse una producción colaborativa realmente sencilla -Wikiloc- con la aportación “profesional” de, por ejemplo, los centros BTT. Como siempre, el caso es cómo unir ambos tipos de producción.
Supongo que seguiré “consumiendo” tanto rutas de centros oficiales como otras de usuarios para andar en bici por el monte. Mi ideal es, como quizá ya hayáis adivinado si leéis este blog, el modelo de la ruta TransAndalus, cuyo caso hemos documentado en nuestra investigación de economía abierta. Su oferta de más de 2.000 kilómetros (sin balizar) con soporte para GPS y también con rutómetro es espectacular. Además, realizada toda ella de forma colaborativa y con una muy importante participación de quienes la recorren, que es su gran diferencia respecto al producto “centro BTT”.
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Nota.- Por cierto, que no quería dejar pasar la ocasión para recomendar a quienes os guste la bici de carretera, el estupendísimo blog de Koro Gabiola. Tenía en mente recordarlo con algún artículo y por qué no hacerlo ahora. A eso se le llama un blog currado y bien escrito. Zorionak, Koro!
Competir supone llegar antes que el vecino. Incluso cabe la ambición de llegar primero. Competir te conduce a la promoción de tus colores. Buscamos el éxito para sacar la cabeza sobre las de los demás. Así que hay que darle duro. Nadie regala duros a cuatro pesetas.
Nuestra investigación sobre la economía abierta muestra, sin embargo, otros caminos posibles. ¿Y si disfrutamos más de no competir? ¿Para qué grandes negocios?, ¿para qué grandes cuentas?, ¿para qué más y más, mejor y mejor? No hace falta ser el mejor de la clase. ¿Quién quiere ser excelente? Ya, las empresas y su paradigma de ventajas competitivas y liderazgo de clase mundial. Vale, pero ese es un modelo, no “el modelo”.
Existen multitud de mercados locales, contenidos en tamaño y suficientes para vivir y dejar vivir. Se tiñen de hiperlocalidad, de acuerdo. Pero no dejan de ser de dimensión humana, una de las características que asignamos a la empresa abierta. Crecer no tiene por qué ser la única opción.
Quizá haya que pelear por no crecer, por ser microbio y comprenderse como parte de un todo. Pero es importante no querer ser el todo. Siendo parte es suficiente. E incluso se vive mejor.
Las librerías están llenas de estúpidos mantras de altius citius fortius. Baldas llenas de ganar y conquistar. Incluso de enamorar a los clientes… para aprovecharte de ellos. Así que puesto el objetivo, se enfila la senda del éxito y se nos dice que el camino será duro y lleno de batallas. Hay que joderse con la épica del management moderno. Y ahí, en la mierda, a pelear.
No me jodas, ¿vale?
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La imagen en Flickr es de Uriel Akira.
Bueno, hemos cumplido un hito en Obea, nuestro grupo de investigación de empresa abierta. Lo que comenzó siendo una nebulosa ha acabado convirtiéndose en un objeto real de investigación. Hemos tenido que perfilar lo que entendíamos por “economía abierta”. Y buscar organizaciones que respondieran a esas ideas. Ya está. Hemos parido un informe de todo ese trabajo, con conclusiones incluidas.
Pero, más allá de lo que hemos escrito, ¿no se trata en el fondo de organizaciones marginales? Claro que entre los veinte casos hemos incluido también “gente normal”. Pero hay lo que hay, y mirando al conjunto de la investigación, cuanto más grandes son las organizaciones, más previsibles se vuelven. Parece que crecer es volverse organización más conservadora, más controladora, ¿menos abierta? No sé, hay algo en el tamaño que destroza la apertura.
David ya lo ha dejado caer en más de una ocasión: estamos ante un modelo atípico de empresa, que se aleja del estándar y que se hace menos empresa y más “proyecto” (sea personal o colectivo). El paradigma imperante es el que es. Punto. Corbatas, control, dirección, planificación, excelencia, modelos de gestión. Eso es la empresa en la mayor parte de las ocasiones. Sí, algo aburrido, lleno de palabras grandilocuentes que quedan a años luz de la gente de a pie.
La economía abierta no va a ser paradigma imperante nunca. Pero esto no impide que pueda cumplir una labor interesante: cuestionar la norma y mostrar que otros modelos de gestión son posibles. Y ya están aquí. No en grandes cantidades, pero sí con casos significativos.
Y entre toda esta parafernalia de lo “abierto” habrá quien juegue con habilidad las cartas del marketing de garrafón. Venderá lo que luego no encuentras ni aunque escarbes en el susbsuelo de la cultura empresarial. Si sirve para vender, diremos que somos abiertos, que nos apuntamos a la openinnoveision, a la güebdospuntocero o al craudsorcin. Da lo mismo, nos preparamos unos ppts -o, mejor, unos prezi, que mola más- y tira palante.
Seamos realistas, la economía abierta no está hecha para la empresa promedio. Esto tiene que ver con actitudes distintas a las habituales. Y no merece la pena sufrir queriendo hacer lo que no sale de dentro. A otra cosa, mariposa.
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La imagen en Flickr es de lapidim.
Estoy en Tenerife para dar una conferencia sobre empresa abierta dentro de una jornada que ha organizado la Cámara de Comercio. También estará una compañera de Mondragon Unibertsitatea para exponer brevemente algunas claves de la experiencia de las cooperativas de Mondragón. En mi caso, voy a darle continuidad a lo que ya expuse en una jornada anterior. Insertaré algunos ejemplos para tratar de explicarme mejor.
Quienes han organizado la jornada han puesto el acento en dos conceptos que quizá convenga redefinir cuando hablamos de la economía abierta: rentabilizar y externalizar. El primero tradicionalmente ha estado atado a dos referencias: la última línea de la cuenta de resultados y una manera concreta de entender el “tiempo” en los negocios. Es decir, que ser rentable supone conseguir beneficios suficientes en un periodo de tiempo concreto. En la economía abierta, la idea de rentabilidad se ensancha porque incorpora un horizonte temporal de más largo plazo (la sostenibilidad lo requiere) y todo lo que de social supone (más allá de lo económico).
Por tanto, la “rentabilidad” se relativiza dentro de una perspectiva social que exige a las empresas no sólo jugar en el terreno de la generación de riqueza económica sino haciéndolo de una cierta manera. De hecho la convergencia hacia el cuarto sector no deja de ser un síntoma de este movimiento.
Otra cuestión es la de externalizar. En la economía abierta, este concepto pierde sentido. “Fuera” es cada vez más “dentro”, si es que esos dos extremos sirven. Elaborar el mapa de “coopetidores” es una de las piezas fundamentales del tablero de juego de la economía abierta. Hay multitud de agentes con quienes competir, pero con los que también se puede colaborar. “Externalizar” no tiene sentido cuando es lo cotidiano, cuando no sientes “el dentro” si no es inserto en algo más amplio, ese ecosistema que le da sentido. Ahí estás tan fuera como dentro o viceversa.
Sí que resulta de interés, no obstante, esa idea de buscar quién complemente tus competencias como empresa. Esos modelos de mutua interdependencia resultan en general muy provechosos. Aportan diversidad y constantes oportunidades de compartir prácticas de trabajo y organización.
En fin, os dejo la presentación accesible, que es como otra que he utilizado antes pero a la que añado algunos ejemplos tras la investigación del sector de economía abierta… de la que hablaré más tranquilamente en estos próximos días, ahora que ya hay una primera edición digital para poder leer. Aunque aviso: son más de 300 páginas… que traducido a twitts son ¡¡¡cerca de 4.000!!!
El tiempo se estrecha: las generaciones, afectadas por saltos socio-tecnológicos de envergadura cada pocos años, se contraen. El ciclo de vida humana se alarga pero dentro de él habitan muy diferentes perspectivas. Hoy es habitual que una empresa tenga al frente a una generación desbordada por ciertos acontecimientos relacionados, por ejemplo, con Internet. Así, es lógico que los directivos se resistan a las redes sociales. Son herramientas que las carga el diablo; o sea, otra generación.
Las colisiones intergeneracionales son cada vez más frecuentes. Dentro y fuera de la empresa, por supuesto. Claro que, dentro, la colisión presenta el problema añadido del diferente grado de poder que poseen las partes en contienda. Las jóvenes incorporaciones muerden el polvo en nueve de cada diez ocasiones: llegan a un hábitat hostil, que maneja otras reglas y donde los comienzos son duros… porque el enemigo es poderoso.
Es muy habitual encontrar a mi generación en el poder. Yo tengo 45 años. Me encuentro con gente de mi edad que vive allí arriba, en la cúspide, a veces sintiendo soledad, a veces disfrutando a tope. ¿Cuántas de esas personas se sienten cómodas en Internet y entiende el fenómeno social que representa? Me atrevería a decir que… una de cada ¿cien? Vale, exagero, dejémoslo en dos de cada cien. Este es lo que hay, punto. Entonces, a partir de esta realidad, ¿qué hacemos?
Creo que muchas personas jóvenes rumian resentimiento hacia las empresas para las que trabajan. Se perciben a sí mismas maltratadas por el sistema empresarial. Son buenos ejemplos las condiciones sonrojantes en sus contratos, unas reglas de funcionamiento interno propias de épocas pasadas referentes al control, las prácticas burocráticas o la percepción de injusticias de trato con las personas a partir de las jerarquías existentes. O sea, un escenario lejos de la lógica de un mundo abierto -para lobueno y para lo malo- que se confiesa a través de Internet y sus redes sociales.
De todas formas, no pasa nada que no sea lógico que pase. Siempre ha habido pelea entre generaciones y la va a seguir habiendo. El matiz es que hoy hay muchas diferentes peleas porque hay muchas más “generaciones” dentro de una “generación”. Esto complica la escena. Y arriba, la dirección se ve superada por los acontecimientos. No hay forma de entender a estos jóvenes que pasan de todo y luego se enganchan con una ONG que se dedica a ayudar a inmigrantes. ¿No podían poner ese entusiasmo aquí dentro? Pues no. Sí, ya sé que no lo entiendes.
En parte la competitividad empresarial también pasa por saber manejar estas colisiones integeneracionales. ¿Quiénes son personas que pueden hacer de puente? ¿Cómo se sienten representadas esas generaciones en el mapa de poder de la organización? ¿Qué aire fresco puede aportar cada generación y cómo se saca lo mejor de cada una de ellas? La diversidad generacional dentro de la empresa complica la escena pero también plantea oportunidades.
¿Algún antropólogo en la sala?, ¿alguna antropóloga de guardia, por favor? Se agradece la ayuda. Que alguien explique cómo hacer convivir en cooperación a estas generaciones:
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La imagen en Flickr es de sevenphonecalls.
P.D. Por cierto, tenía este artículo casi escrito al 100% desde hace un tiempo y ha sido la lectura de Las corporatocracias antropotécnicas, nuevo poder mundial en Tendencias 21 lo que ha hecho que lo publique.