Por delante kilómetros. Por detrás lo mismo. Un punto que se desplaza para salir de ninguna parte y llegar a algún lugar. La dirección la marca la razón. Eso pensaba cuando por delante seguían quedando kilómetros. Luz que se apaga y luz que renace. Por delante kilómetros.
La ruta es ruta sólo porque conecta dos puntos. Estar muere en una emboscada a manos de mover. Los instantes se suceden pero pierden la batalla del sentido. Allí y aquí no tienen razón de ser. Sólo la ruta marca el camino por el que transcurre la vida. A veces vereda, a veces algo más de ancho para dar cobijo a los sinsabores del viaje. Las alegrías casi siempre suponen altos en el camino. Hay que digerirlas y disfrutar.
El sol se mueve también. De delante hacia atrás. De izquierda a derecha. ¿O fue al revés? El camino juega con las sombras mientras el movimiento vuelve a situar la escena a los pies de esa nueva loma. ¿Al otro lado? Sólo la ruta dirá qué oculta. Mientras, hasta llegar allá, puedes recurrir a tu imaginación. Más rica y poderosa que nunca cuando el viaje impregna tu tiempo. Deja que juegue con la realidad y la prealimente. Luego Dios proveerá.
Poco a poco los pasos devoran el tiempo que restaba para llega a un supuesto fin. Comienzo de otra ruta, de otro movimiento. Nómadas de los tiempos contemporáneos que buscan lo que nunca encuentran. Porque cada lugar se parece tanto al anterior que parece que tu memoria se burle de ti. Siempre en tránsito. Espera, mira mejor, toma otra perspectiva. Lo ves, la ruta no estaba ahí; tú dispusiste los elementos. Es lo que tú quieres que sea.
Juega con la inmensa combinatoria que proporciona la ruta.
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La imagen en Flickr es de Bilbopolit.
No queda sino saludarse. A cualquier hora un cruce de miradas provoca el saludo. Gente que porta nombres, apodos, historias. Gente conocida. Pero con intimidades ocultas en pasajes anclados a la vergüenza. Una privacidad que esconde de todo. Un saber popular que atesora demonios y lindezas. Anonimato sentimental.
El pueblo es pequeño. Difuso. Poca gente, muchas miradas. Confianza y desconfianza. Pequeñas paradojas de una vida que se escapa y que poco a poco se ve relegada a exposición de museo etnográfico. Bestias de circo para observar otros tiempos pasados. Seres poco evolucionados, contingentes a las necesidades de un trabajo manual. Triste final para tanto esfuerzo.
El sol cae y la gente sale. Son los momentos de vida pública. Momentos de conversación, difíciles de comprender para no iniciados. Una jerga construida a base de constancia, de lo que se dice y lo que se calla, que termina por defender un territorio sólo comprensible para el oído local. Un lenguaje que muere y quedará enterrado en algún cementerio del recuerdo.
La gente se conoce. Cree que se conoce. Saben de quiénes son y cómo llegaron a ser lo que aparentan. Detrás queda, sin embargo, el silencio oculto detrás de esas paredes anchas. Sol fuera y sombra dentro. Luz fuera. Cegadora, intensa, como para dar fe de que algo sucede, captado por las cámaras de la vida. Con un guión lento y sucesos nimios, que da fe del juego entre la verdad y la mentira. Todo en la misma escena.
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La imagen en Flickr es de Reina Cañí.
Dos recuerdos impregnados en la retina. Frío, día despejado, otoño o quizá invierno. Amanece (que no es poco). Los árboles se recortan contra el sol, compañeros de viaje hasta la muerte. Figuras longevas que alargan su existencia gracias a la sombra que proyectan al despuntar el día. Frío, frío intenso. El sol a la espalda.
Los árboles no son nada sin los caminos. Suaves laderas amables. Entretejen el monte en un mar de cruces anárquicos que llegan hasta todos los sitios y no alcanzan ningún lugar. Nada concreto. Sólo una leve invitación a no darse prisa. A veces se llega a viejo por caminar despacio el mismo tramo. Arrugas hermosas que nacen con la edad.
Un segundo recuerdo es el del verano. Inmisericorde y desafiante. Los caminos se han vuelto más solitarios si cabe. El sol es el rey de la creación. Y despliega su poder como se le antoja. En el cénit apenas queda cobijo para huir. Sólo sirve no estar. Sólo sirve huir por los resquicios de las primeras o últimas horas del día. Siempre supe que hay escapatoria.
Allí siguen las encinas y los alcornoques. Hoy más cerca. Esperando a que el tiempo se pegue a sus troncos de por vida. Luego nos vemos.
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En la imagen Alberto camino de Torrecampo por la dehesa, en la comarca de Los Pedroches. Fue en nuestro tramo transandalusero de la Semana Santa de 2010. Hoy de nuevo por estas tierras del norte andaluz. En el recuerdo fotos y texto de aquellos días.
Sin título. Sólo letras porque no sé jugar con la imaginación del color. Sin argumento. Los dedos se reparten las teclas en un gesto hasta cierto punto irreal. Y surgen las palabras. Sin imágenes, porque no sé jugar con ellas.
Debía contar una historia pero ha quedado oculta entre las líneas. Después del primer párrafo algo debía suceder. Pero nada. Nada. No hay desenlace porque no hay plan. Sólo esperar a que llegue el siguiente párrafo.
¿Acaso esperabas algo? Lo siento. Hoy no parece que sea capaz de hilvanar nada. Quizá entre líneas. Pero no, tampoco lo descubro. En realidad las palabras están jugando conmigo. Me engañan y se ríen. No importa. Entiendo su postura. Si yo fuera palabra también lo intentaría. Y no digo ya si fuera sólo letra.
Y aquí termina. Se escapa entre los dedos. Publicar. Antes no habría sido así, pero hay tantos textos sin título que pueblan el planeta que no merece la pena engañarnos. Mejor dejarlo estar así. Reclamaciones en la ventanilla del fondo, aquella que no tiene cartel. Anónima entre las opciones.
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La imagen en Flickr es de juliosm.
Previsible, la seguridad de la rutina engaña al futuro para dejarlo fundido y sin chispa. La mañana comienza con los rituales de lo cotidiano. Nada imaginativo que colocar en ellos, si no fuera por ligeros matices inapreciables al ojo humano. De nuevo la normalidad de lo previsible.
Fuera siguen las mismas nubes, que bajan de la pequeña cima que asoma al fondo. No tienen nada de especial, sólo juegan a reclamar su cuota de familiaridad. Así es todo de nuevo, en su sitio, con una escena que no necesita guión porque los actores no son capaces de salirse de su papel. Qué decir improvisar; no, la escena es única, constante, recurrente en su desenlace.
Por la ventana el aire deja de ser fresco. Es aire que llega del norte pero amansado por un mar cercano. Aire cercano, aire que no se distingue de otros aires de fechas pasadas. Es la forma en que la seguridad se abre paso y acaba por afianzarse en este territorio amigo. Los días se suceden, las mañanas se siguen unas a otras con enfermiza insistencia. Nada que sobresalte, cada cosa en su sitio.
Y mañana será parecido a hoy, como hoy lo fue a ayer. Tiempo lineal que juega a remolonear con lo cíclico. De nuevo como en tiempo pretérito, el momento actual es la confianza de la vida sosegada. Amanecerá y allá abajo de nuevo las calles reconocerán a los humanos que las recorren con automatismos recónditos. La ciudad se mimetiza con su gente y eleva a los altares la vulgaridad de lo previsible. Otras formas de bienestar escondidas en la inercia. Sólo queda disfrutarlas.
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La foto en Flicker es de Eneas.
¿Deprisa? No tiene sentido porque el tiempo no va a alargar su cadencia. Así que no es una alternativa real. El camino continúa hacia arriba. Serpentea y no deja ver el final. De vez en cuando entra aire a través de los árboles. Aire que compone ruidos extraños.
El sonido de las hojas secas bajo los pies esconde el relieve. No hay grandes trampas, pero si irregularidades que provocan algún que otro traspiés. El camino se empina, las piedras se enojan, el aire amenaza con mutar a viento.
Las sombras aparecen y desaparecen. Porque el sol no tiene claro que hoy deba aparecer. Entra algo de bruma por la derecha. De vez en cuando. No hace falta que se haga densa. Sólo necesita asegurar su presencia. Una dosis mínima, para dejarse notar, mientras sientes que la seguridad que creías traer se va quedando en alguna esquina del sendero. Allí habitará con los restos de otras convicciones humanas.
Casi al final, consigues ver algo parecido a un animal. Eso crees, aunque la bruma ha escondido en parte la figura. Parece que se mueve. Pero no está allá arriba, sino a tu espalda.
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La imagen en Flickr es de santigalicia.

El valle queda escondido. Más aún de lo que cabía esperar. La orografía se retuerce caprichosa para permitir que todo permanezca esquivo a los ojos de la multitud. Allá arriba todavía más aún. No cabe sino pensar que ha querido perderse del mundo. Cualquiera sabe por qué.
Oculto a las grandes cimas, calla y esconde su respiración. Silencio. Hasta donde se puede. El tiempo cae en la red y se avanza con dificultades. Aunque las nubes corran deprisa allá arriba, aquí abajo la niebla se pega espesa a los árboles. Atrapada en un laberinto imposible, se mantiene inmóvil a la espera de que llegue el príncipe. Que nunca vendrá.
Arquetipo sin evolucionar, el valle renunció al progreso. Demasiado lejos de ninguna parte, no tenía sentido esforzarse en lo imposible. Así que dibujó una silueta hundida y junto a él se sumergió alguna que otra obra humana. Piedras de la fe, representan la convicción de antaño. Un exceso para nuestro mundo líquido.
En el centro, quieta, descansa la ermita. Sólo se llega allí con la imaginación.
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La imagen de la iglesia de Santa Margarida en su volcán es de efe Miramon en Flickr. Yo, como aún no he estado allí, la he recreado en mi imaginación.
Inmóvil. Aterido por el frío metálico de la decisión demorada. Envuelto en un artificio de desasosiego, no hay alternativa que satisfaga la duda. La espiral se enreda en el cerebro una y otra vez hasta encontrar nuevos puntos de partida casi idénticos entre sí. Desolación y tristeza, puro artificio sentimental.
Extraño que llegara a aquella situación. A su alrededor sólo se dejaban ver los suaves tonos de la tranquilidad. Sin embargo, un proyecto en sí mismo reconfortante viraba hacia aguas turbulentas. Porque los recovecos del alma esconden sorpresas que se dejan embelesar por tormentas lejanas. Los truenos que antes apenas se oían allá a lo lejos conforman ahora una sintonía plena de estruendo emocional.
Un paso adelante que no es sino una alternativa más. Y no parece tampoco la adecuada. Sólo representa otra razón para desconfiar. Armada de razones, esa alternativa añade otro ladrillo para construir la incomprensible mole del desasosiego. La razón se resiste pero es inútil. Son las enfermedades modernas, urdidas en los laboratorios de la opulencia. Tiempo para pensar. Cruel inductor.
Llegando al final, no hay respuesta. Ahí sigue todo igual. Un rompecabezas cuyas piezas proceden de diversos desechos. Por más que lo intentes, es imposible reconstruir las ruinas originales.
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La imagen en Flickr es de IShutterToThink.
Un barco cargado de arroz es el título de una de las novelas de Alicia Giménez Bartlett en su serie dedicada a la inspectora Petra Delicado. Extraigo dos citas.
En la primera Petra conversa con un empresario, ya mayor:
- Hay gente así, señor Ayguals, pero eso es algo usted sin duda debe de saber, después de tantos años trabajando como empresario.
- Sí, supongo que mi edad debería haberme hecho perder toda fe en el ser humano, pero por desgracia no es así, y ahora me resulta imposible cambiar, por muchas decepciones que me lleve.
En otro momento, Petra y su compañero Fermín Garzón hablan del moderno invento de la felicidad:
- A las mujeres nos han inculcado la idea de que o tienes un gran amor o te falta algo.
- Si, y a todos, hombres y mujeres, nos han inculcado que es necesario ser feliz. Cuando mis padres eran jóvenes, eso de la felicidad era una cosa que no se estilaba. Tenían comida, tenían casa, no se les moría ningún hijo… ¡pues cojonudo!, nadie aspiraba a más. Pienso que la felicidad es un invento moderno.
- Un invento para los que no pasan hambre.
Años de costumbre la inmunizaban contra la mirada humana. Objeto pasivo, permanente punto de unión para las vidas que corrían hacia fuera. Cada mañana un rito sin santificar ponía en marcha la rueda del destino. Platos, cubiertos, el sentido moderno de bienestar expuesto a los ojos todavía esquivos de la gente.
Aquella mesa sin dignidad y vulgar. ¿Cómo podía soportar la indiferencia? Callaba y continuaba muda, tranquila, día sí y día también, testigo de una vida escondida entre cuatro paredes. Secretos y gritos impregnaban su tosca presencia. Objeto inerte. Objeto.
Nadie en su sano juicio pensó darle vida. ¿Para qué? En la imaginación de alguna niña quizá. Pero nunca estuvo cerca de mutar. Su rol permaneció anclado al lugar en que encontraba. Un espacio poseído y evidente, un territorio de fronteras tan obvias que nunca sería objeto de análisis. La mesa, resignada, callaba y tragaba, plena de historias escondidas.
En lo cotidiano el objeto, sin embargo, vivía. Se recreaba con cada ciclo. Recursividad a oscuras. Regulado o regulador. Coetáneo de la previsible actividad humana se dejaba llevar. Ella calla, pensativa. Absorbe vida y la concentra en su estructura simple. Muda. Yo la observo y no entiendo tanta resignación. No dice nada. Pero lo sabe.
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La imagen en Flickr es de Nimmue.