La discusión subió de tono. En el rincón, ahogada entre el humo del bar y los decibelios habituales, antes apenas era perceptible. Pero ahora en cambio la discusión se distinguía con nitidez del resto de conversaciones. Algún que otro reproche, pero en el fondo la cuestión parecía simple: no valoras lo que hago.
El reconocimiento, el bendito reconocimiento. Débiles en resiliencia, no quedaba otra. La chica había explotado mientras que él parecía tranquilo. Los vasos casi vacíos servían de metáfora para el final de una relación que nunca debió comenzar. Ella lo había sabido casi desde el principio, pero el torrente del sinsentido la había conducido hasta una situación insoportable. No herir para dejar paso a la escena siguiente, una y otra vez. Así durante tres años.
Se miraba las manos, temblorosas. Los ojos, lejos de cualquier lugar conocido. Las palabras se agolpaban una detrás de otra. Buscaba aquellas expresiones que sirvieran para no herir. Necesitaba una muerte rápida para aquella relación. Todo lo anterior volcado en una conversación oculta en la esquina de un barucho de mala muerte en las afueras de la ciudad. Lugares comunes para rupturas vulgares. Aquella esquina proporcionaba cobijo para escupir reproches.
Un hilo de sangre asomó por su nariz, suave, cálido, humilde. Se deslizó hacia la comisura de los labios con una alegre fluidez. Ni siquiera llegó a apreciarlo. Él salió de estampida. La chica seguía recostada sobre su silla, ahora más tranquila, con expresión ida y los ojos extrañamente profundos. No movía un músculo. Mientras, la sangre se divertía en caída libre.
¿Qué o quién pierde la condición humana? El sistema, enorme, abarcaba un territorio cuyos límites no son comprensibles. Dentro de él: la lógica de la ilógica, a veces comprensible, a veces no. Lo peor para diluir la condición humana. Nada es predecible, ¿para qué pensar? La escala lo confunde todo y lo aleatorio es el alimento del espíritu. Nada humano ya.
El sistema se vuelve omnipresente. Se haga lo que se haga el razonamiento asciende hasta el punto en que torna incomprensible. Previa discusión, con argumentos que juegan a enredarse en un circo mediático. Luces de neón y atención contenida, el discurso avanza para acabar despojado de cualquier traza distinguible.
Allí revolotea la antes llamada especie humana. Insectos que se mueven al azar apenas impulsados por su fuerza interior. La energía del sistema desplaza de lugar cada elemento sin apenas tener en cuenta voluntades individuales. Una gran nube que muta su gris según convenga proyecta una sombra, claro está, apenas perceptible. Sutileza e ilusión en un sistema cuyo combustible eterno son las cenizas del incendio pretérito.
No hay línea de horizonte. El fin es otra percepción falsa. La humanidad hace tiempo que dejó de jugar con los límites. Tanto conflicto territorial devino en su eliminación ficticia. Despojada de los límites, la coalescencia hizo el resto. Humanos y más humanos, seres agrupados con otros seres, tamaño desbocado. La coalescencia inmunizó a la especie. Eliminó capacidades superfluas y dejo la esencia de lo artificial. Así fue como se dio paso a la era de la inhumanidad.
Pequeños por naturaleza. Es una imagen que se retuerce en el patio de la escuela. Los microbios viven en los libros de textos de mi infancia. Son inmunes al toqueteo constante de las infantiles manos sucias e inquietas. Habitan allí de por vida. Pero no, me confundieron cuando niño y ahora resulta que se mueven ágiles y juguetones. Siempre pequeños, siempre resbaladizos, imposibles de asir en la escala de la vida de los mayores.
Movimiento acelerado, imprevisto, guiado por la estigmergia. Sólo hace falta fijarse en el vecino y mantener con él una relación básica. Hoy por ti, mañana por mí. Vínculos inmanentes, fuera de cualquier interpretación finalista. Una química extraña que segrega conexiones para tejer seres diferentes, alejados del comienzo microscópico con el que nunca consiguen quedar en paz. En la guerra de tamaños que compite por la simplicidad: lo que no se ve no existe y no se puede estropear. Allá queda sepultado por toneladas de tierra infecta con lindane.
No tienen nombre pero sí color. Sus límites vibran. Un microbio es un bicho. Recibe atención por excepción. La norma es no tocar. La norma es no tocar. La norma es no tocar. Son ariscos, huidizos, herméticos. Conviven dentro de sus casas paradójicas, donde son amados y temidos. Se rodean de una costra viscosa que separa su mundo del mundo real. Están ahí. Diminutos, separados, extraños, invisibles. Sólo en aquellos libros de texto de los años 60 del siglo pasado fueron reales. Luego quedaron olvidados en libros enfermos de Alzheimer y que se separaron de la vida de verdad.
Inquietos, imantados sólo por relaciones de buena vecindad. Su microescala no les permite explicaciones. Son. En sí mismos, en una tensión implosiva que no expulsa sino que sólo los propulsa. Se mueven por territorios con límites transparentes que sólo ellos son capaces de percibir. Porque son los límites autocontenidos en su forma primigenia. Sólo pueden entenderse a sí mismos si proyectan su propia referencia en el espacio que los rodea. Están allí. Extraños, mínimos. Son porque el mundo no puede ser de otra manera.
Cuesta llegar. Por eso no tiene sentido ir deprisa. El camino serpentea hacia arriba y al ganar altura se desprende de lo cotidiano. Es sólo una casa. Aislada. Difícil encontrar la explicación de por qué en ese lugar. Cabe conjeturar. Son posibles mil historias, cabe lo trágico y lo apacible. Hay tantas posibilidades como personas la imaginan. La casa queda al fondo del valle, más arriba de aquel extraño puente. ¿Quién la construiría?, ¿por qué?
El sendero se estrecha en la parte final y deja un precipicio mudo a la derecha. La casa se ve al fondo, nítida, evidente. Se recorta contra el verde de la hierba que sube más aún, hacia las lomas del fondo. Un verde que choca después con el azul del cielo. Allá arriba la línea del horizonte separa el verde del azul. Algún día tengo que subir allá arriba. No sé muy bien qué hay. Me da miedo.
Casi siempre pienso que va a haber alguien cuando llego a la casa. El silencio del camino sólo flirtea con el agua del arroyo que hay más abajo. Desde el puente puede escucharse mejor, pero arriba también se oye el murmullo. De repente, la casa adquiere más presencia. Es entonces cuando pienso que alguien ya está allí. Pero nunca consigo ver a nadie. Es sólo un ligero sobresalto y unos pocos nervios que se enredan en el estómago. Frente a mí la casa está vacía. Hasta cierto punto parece en ruinas.
Después de un tiempo sentado junto a ella descubro que son las ruinas de mi corazón.
Voces, siempre hay voces estridentes que se cruzan de un puesto a otro. Los colores desbordan los expositores, cada puesto es una alternativa para que la vista se desvíe hacia la mercancía. Es un juego de sensaciones, de provocación a los sentidos, de hipérbole contenida en un espacio intenso, humano, vivo.
Son lugares donde transita la vida real, donde se cruzan conversaciones prensadas por el tiempo. No van más allá de los cinco o diez minutos. Extraen lo básico de la existencia humana y lo insertan en el acto de compra, que al final resulta secundario. El mercado es alma colectiva.
Los barrios del mercado se esparcen con identidad propia. Fruta y verdura seducen con armas diferentes que carne o pescado. Olores diferentes, argumentos diversos para captar la atención. Aunque a veces sea más un guiño dirigido al forastero. Las personas habituales del mercado hace ya tiempo que son inmunes al exceso de la muestra. Han probado y saben del fondo del asunto; no necesitan argumentos cosméticos.
Siempre es un placer pisar un mercado. Es una manera de atrapar la esencia de un lugar. Dejarse llevar por las cuadrículas de un espacio pensado para hurgar en las necesidades básicas de los seres humanos. Cierto que muchos han evolucionado y que hace ya tiempo abandonaron lo escueto para jugar al embeleso. Pero la escena siempre pinta llena de vida, de intenso color y olor. Es el mercado.
Es de esas cosas que uno lleva pegadas toda su vida. Porque los espacios necesitan personas y el barrio es una forma sencilla de vida en común. Quiero pensar que los barrios son humildes. Aunque los hay que marcan distancias, la esencia del barrio tiene que ver con una dimensión humana de las cosas. Ahí hay nombres, motes, conocimiento tácito, miradas cómplices. No hay por qué contarlo todo; los secretos se mantienen a voces.
El barrio tiene sus nodos porque la red es una metáfora adecuada para comprenderlo. Los nodos generan conversación. Son hilos que fluyen sobre cauces diversos, sujetos al azar de la argumentación. Los nodos son puntos fijos y volátiles. Son referencias que se deshacen y rehacen con lo cotidiano.
Quiero pensar que un barrio tiene las puertas abiertas. No puede ser de otra forma. Si acaso sujeto a ciertas normas cívicas básicas. Pero debe favorecer el tránsito. Las personas, sus pensamientos y emociones, deben sentirse cómodas vagabundeando por sus aceras. Llega gente nueva y otra se va. Pero algo queda que permite la vuelta de quienes se fueron. Sin mayores problemas. No hay un sello sagrado que delimita una clara frontera entre quienes están dentro y quienes están fuera. Una cierta confusión alegra la vida del barrio.
Definirse “de barrio” es reivindicar la humildad. Y no creo que tenga que ver con rebajar expectativas. Los barrios crecen y se dispersan; no pueden ser grandes. Porque su crecimiento implica disolución en nuevas unidades. Como personas necesitamos referencias abarcables a través de nuestras emociones. Es una hermosa metáfora. ¿Vives en un barrio?
En el centro no hay nada. La forma de embudo termina en un lugar donde en vez de salida, sólo hay vacío. Resulta extraño cuando todo parecía indicar lo contrario. Pero allá, al final, no hay nada. Por encima se ha acabado el aire y sólo queda la tranquila angustia de saber que el camino no conduce a ningún lado.
Sus formas geométricas son duras y dejan a las claras cuál era la funcionalidad esperada. Trazos directos, sin ambages, en busca de un resultado. Una línea recta como camino más corto que une dos puntos. Es como tiene que ser. Nadie puede cuestionar que no sea lo que se esperaba.
Pero al final la esperanza queda escondida en mitad de la sorpresa. No hay salida. No hay salida. La caída termina en un golpe contra el fondo metálico. No hay lugar por donde continuar. No hay aire. Y junto a la sorpresa, el silencio abrumador de algo que se acaba. Al otro lado hay luz. Pero desde el lugar de quien observa, sólo un sinsentido.
Aunque la fe mueve montañas, el centro permanece quieto. Es una forma de demostrar la sinrazón del poder. Es manifestación pura de soberbia. Eliminar lo previsible para que la huida sólo pueda acontecer a través de la imaginación. Es lo único que aquel embudo no era capaz de cercenar. La imaginación de un ser humano desesperado.
Hay veces en que el escenario, por lo desacostumbrado, hace el arte más amable, ¿verdad? Lo descubrí el otro día gracias a la lista de correo de Colabora, ese proyecto que busca soluciones a los problemas de nuestras ciudades mediante aportaciones de la ciudadanía.
Al fondo se ven las fábricas. El humo se levanta a borbotones; no hay forma de no verlo. Corremos, corremos. Al otro lado de la ciudad, allí hemos quedado. Corremos mientras pasan puertas y ventanas, todo va quedando atrás. La ciudad gris a nuestros pies. Vamos al encuentro de la diversión.
Nuestros zapatos rebotan en el suelo. Apenas podemos contener la prisa, las ganas de llegar. Nos salpicamos mientras corremos. Deprisa, deprisa. El sudor se va pegando a nuestros cuerpos. No importa; no se nota. Hay que llegar. Calle abajo, seguimos atrapados por la gravedad de la diversión. Caemos calle abajo, nos dejamos llevar, las piernas galopan sobre la vida deprimente de todos esos rostros que van quedando atrás.
El humo, agolpado, sigue en el horizonte. Seguimos hacia él. Sin apenas esfuerzo. Parece que lleváramos viento de cola. Más y más deprisa, seguimos corriendo. Con frenesí, con el pecho desbocado, con la música atronando en el cerebro. La música viene también con nosotros. Vamos corriendo, dejándonos llevar. Más sudor. Parece una carrera sin fin dentro de una película que se rueda en blanco y negro. Es la alegría confundida con la depresión. Esa extraña euforia que da correr sabiendo que adonde vas es otra versión del mismo lugar de donde vienes.
La música atruena. Son guitarras poderosas, decididas, que arrastran los acordes. Ritmos acelerados y voces graves. Velocidad, gritos. Ahí, al otro lado de la ciudad. Sigue siendo todo en blanco y negro. Pero allá hay una escapatoria. Alcohol y lo que haga falta. Son sólo unas horas, pero es una de esas pocas formas de salir de aquí.
Retumban con estridencia. Grandes decisiones, golpes de timón que orientan la nave hacia nuevos retos. Los grandes hitos, las hazañas de quienes surcaban nuevas aguas. La épica de la aventura en un mundo hostil, donde hay que pelear por la supervivencia. Sí, a veces los cambios asemejan obras descomunales. Pero puede resultar más sencillo.
¿No se trata, acaso, de aire fresco? Una manera de oxigenar mente y corazón. Hay que dejar que corra aire entre las habitaciones. Abrir ventanas a un lado y a otro. Y enseguida se nota: el ambiente lo agradece. Allá fuera el mundo ha seguido rodando. Por muy bien cimentadas que estuvieran nuestras casas. Seguía rodando el balón, a veces que con coherencia y lógica. A veces era sólo nuestra ilusión.
Cambiar es lo que sucede todos los días en nuestro organismo. Cada mañana somos alguien diferente aunque dejemos migas de pan para saber por dónde vinimos. Dibujamos trayectorias y proyectamos líneas imaginarias hacia el futuro. Forman parte del ceremonial de vivir. Representan una de las formas en que asimos la vida. Son las guías para agarrarse a un guión con el que ir pasando las páginas. Un orden ficticio pero útil.
Acabo de leer que alguien cambia. Estupenda manifestación de vida. Lo mires por donde lo mires, lo peor que nos puede pasar es que nos cambien. Por eso conviene jugar con anticipación, como acto de voluntad propia. Somos a la vez guionistas, directores y actores de nuestras vidas. Somos una película en constante proyección. Y por más que nos empeñemos, la mayor parte debería ser comedia. Sonríe, relájate, estás muy serio.