Hemos acordado con Bic Berrilan que impartiremos unas jornadas encaminadas a reflexionar con pymes y micropymes sobre su presencia en Internet. ¿Por qué pymes y micropymes? Porque estamos convencidos de que el tamaño reducido puede ser una ventaja competitiva de primera orden. Y, además, apenas explotada en la actualidad.
Cuando la persona emerge como referencia de la relación en Internet -las personas prefieren hablar con otras personas y no con máquinas o con servicios de atención al cliente despersonalizados- creemos que esa pequeña empresa es una organización con mucho futuro. Recuerdo que hace ya ¡tres años! tuve que impartir una conferencia precisamente sobre cómo veía yo a la micropyme. En ella recuerdo que hablé de las “cárceles laborales” en que a veces se convierten las grandes empresas y cómo podemos salir de ellas porque somos nosotras las personas quienes tenemos las llaves, aunque a veces el sistema nos impida darnos cuenta.
El lunes pasado, cuando reflexionábamos sobre este proyecto de Consultoría Artesana en Red, manejamos la idea de centrar nuestra actividad profesional en pymes y micropymes. Por supuesto que si grandes organizaciones se dirigen a nosotros no vamos a darles la espalda. Siempre que las personas que se dirigen a nosotros nos merezcan confianza, claro está.
Mi percepción es que Internet aparece como una inmensa oportunidad para las organizaciones de tamaño reducido. La web “social” es más fácil de encajar en modelos más cercanos a la persona. La burocracia es menor y las decisiones son más sencillas de tomar. Las herramientas de la web social enseguida pueden formar parte del panorama cotidiano de la micropyme. Es más fácil disponer de la visión global de tu organización cuando somos dos, tres o cuatro personas. Eso ayuda a conversar. Y, por supuesto, la red adquiere todo su sentido porque cuando eres pequeño porque no te queda más remedio que trabajarla. No olvides que eres “tú y tu red”.
En las jornadas que llevaremos a cabo allá por el mes de abril queremos mostrar una metodología para llevar cabo el análisis de cómo una micropyme puede encontrar en Internet otra razón que afiance su negocio. No serán jornadas en las que ir a escuchar sino que serán jornadas con enfoque de taller, donde quienes participen tendrán que pensar en sus negocios, en lo que genera competividad en ellos y cómo Internet está allí presente. Partiendo de algunos inputs en forma de tendencias y de posibilidades, queremos que el tejido de pymes y micropymes pueda disponer de herramientas para analizar cómo ganar en competitividad a través de Internet.
En fin, que buscamos “learning by doing“, que diríamos hoy en día. Y qué mejor que un taller con 16 horas donde estrujar neuronas. Esa será nuestra intención: hacer que las empresas participantes salgan con trabajo por hacer: el que han sido capaces de concretar como resultado de la metodología que expondremos y con la que practicaremos. En breve Bic Berrilan propondrá fechas y publicará la oferta, que redifundiremos desde aquí.
Os dejo con una presentación que tiene tres años, sgluuuuppppssss. Pero sigue siendo una con la que me sentí muy a gusto. Vueltas que da la vida, fue Alberto Bokos, hoy en Innobasque, quien me solicitó aquella pequeña conferencia. Se trataba del IV Congreso Garapen Eskala Mikro, enfocado hacia la micropyme:
Ayer a mediodía mientras me tomaba un cafelito al final de la calle Larios, aquí en Málaga, me repasé El País de arriba abajo. Me entretuve un buen rato con unas cuantas páginas dedicadas a los ciberataques chinos a USA. Luego, más adelante en el periódico encontré Violencia digital, un artículo de Elvira Lindo a cuenta de You Are Not a Gadget, el reciente libro de Jaron Lanier. Sí, Jaron, ¿no recuerdas aquel artículo, Digital Maoism, que tanta guerra dio hace ya cerca de 4 años al poner sobre la masa ? Pues el mismo rastafari de siempre, con posturas incómodas de digerir.
Reconozco que es el primer artículo que leo de esta mujer. No, no es de esa gente que me genere especial simpatía. Eso sí, por referencias, que use a Jaron Lanier era poco menos que predecible. Pero dicho eso, me tragué el artículo. Porque siempre conviene reutilizar la fuerza de quien está frente a ti.
¿Qué me evocó? La cosa que hoy es Internet y cómo refleja la sabiduría de las multitudes. Porque es evidente que Internet se nos está presentando como un potenciador de la inteligencia de mucha gente toda junta y a la vez. Eso sí, sin cumplir al menos una de las condiciones que Suroweicki explicaba en The Wisdom of Crowds: la independencia de unas personas respecto a las otras. Aquí, hoy, en nuestro mundo, todo es interdependiente. Los presupuestos de Suroweicki son inviables en nuestra sociaedad suciedad actual. Porque pudiera ser que la estupidez humana, de nuevo, la subestimemos en Internet.
No todo el monte es orégano en Internet. En demasiadas ocasiones practicamos una peligrosa internetfilia. Creo que es importante sacar punta a argumentos que ponen en duda algunas cuestiones de la maravillosa Internet. Claro que hay que andar con cuidado porque enseguida se puede caer en el otro extremo: la demonización. Y de esto hay mucho, demasiado a decir verdad.
Pero hoy en día es evidente la comercialización masiva de la experiencia humana usando Internet como aliado natural. Lawrence Lessig en Código 2.0, desde otra perspectiva, también previene contra el laissez-faire en el ciberespacio, donde, pudiera ser que más que democracia, lo que surja sea otro tipo de gobierno, más alineado con Internet S.A. Porque eso de que no hay gobierno y de que la estructura distribuida de la red configuran un territorio idílico vamos a darlo por muerto. Cada click es una lucha comercial, no lo olvides. Muchos de tus clicks y de los míos tienen detrás sesudos análisis psicológicos y sociales. Hacemos, en parte, lo que quieren que hagamos.
A veces me parece que aceptamos mal las críticas a nuestra aclamada Internet. Pero creo que el desembarco de las tropas de la comunicación, la parafernalia gubernamental y los intereses de las grandes empresas son aspectos a tener en cuenta, ¿no? Empezando, claro está, por quienes nos proporcionan las conexiones y siguiendo por quienes nos ayudan a encontrar contenidos. En la cadena de valor de Internet hay demasiado negocio como para que nadie dé su brazo a torcer. Tú y yo somos objeto de deseo en tanto que tu click y el mío, como decía antes, son ingresos.
La utilización de Internet para todo lo malo es tan evidente como lo es para todo lo bueno. Si China anda pensando que los cibertaques son lo más de lo más para conseguir información y Obama junto a sus fuerzas militares son conscientes de ello, las modernas guerras ya sabemos dónde se van a desplegar. Si, he dicho “guerras”. Sí, son “militares”. Esa gente que estuvo en el nacimiento de Internet.
Merece la pena que coloques cuatro minutos de tu tiempo alrededor de este video en el que Kevin Kelly nos deja su opinión sobre esa delicada frontera móvil que termina por diluirse entre la tecnología y lo que somos como humanos. Me recuerda algunas cosas que he leído de Eudald Carbonell.
Extraído de la traducción que Dolors deja en su blog, dice Kevin Kelly:
Estoy interesado en cómo la gente decide rechazar una tecnología. Me interesa el proceso porque va a ser cada vez más frecuente. Cuantas más tecnología, más intentamos salvar nuestra identidad decidiendo no usarla. Nos definimos entorno a lo que usamos, pero también en base a lo que no usamos. Me interesa ahora ese proceso.
¿Imagináis un movimiento social contra Internet? ¿Quizá algo no tan fiero? ¿Podemos estar ante un escenario en el que Internet se convierte en parte del sistema contra el que mucha gente cree que deberíamos pelear? Nunca hasta hace poco nunca me lo había planteado, pero mejor si somos críticos con esto de lo que tan bien hablamos, ¿no?
Internet nace de manos de los militares. Como tantos otros “progresos” de la sociedad. La pasta está donde está y cuando hay posibilidades para investigar surgen inventos que a veces exceden la intención inicial. Muchas veces tiene que ver con usos diferentes de los que inicialmente se consideraron. Los militares tendrán entre ceja y ceja cosas que explotan, bien de forma preventiva o de forma invasiva. Pero luego resulta que hay otros usos y la tecnología se convierte en algo más neutro, cuya bondad o maldad depende del uso que hagamos de ella.
Internet se la está jugando. Y creo que hay cuatro campos de batalla:
La neutralidad de la red. Dinero de por medio, así que échate a temblar. ¿Estamos ante un derecho universal?, ¿tenemos que reclamar como ciudadanía que esa red pertenece al procomún, al dominio público?, ¿es patrimonio de la humanidad? Pues pudiera perder esa batalla y entonces… ¿más capitalismo funky?
El uso de las redes sociales. Es un fenómeno como no habíamos conocido antes: las estadísticas han explotado. Ni blogs, ni wikis ni twitter, el asunto es que Facebook supone la verdadera expansión de uso de Internet. Y si no es Facebook, por supuesto que es Tuenti. Pero, ¿con qué condiciones de uso? La inmensa mayoría de quienes se paran a pensar lo que hacen al aceptar las condiciones de uso, se mosquean. ¿Cómo podían no hacerlo al leer, por ejemplo, el punto 16.1 del Statement of Rights and Responsabilities de Facebook?
La infraestructura tecnológica. Todos los servicios que nos proporciona Internet pasan por algo cada vez más importante y menos visible: el soporte tecnológico. Y ahí están las grandes operadoras de telecomunicaciones, ese tipo de compañía que se lleva la palma en cuanto a, por ejemplo, multas por vulnerar el derecho a la protección de nuestros datos. Ese tipo de compañía que si puede te la coloca. Y luego, eso sí, si las pillan, mala suerte.
El código. Para comprenderlo tienes que leer a Lawrence Lessig. El código, la forma en que está diseñada la red de redes y por extensión las webs que la habitan, condiciona -si no determina- nuestras vidas. La ley opera sobre una realidad que desaparece, que aumenta, que se regenera, que se diluye… en el código. Puedes o no hacer cosas, según el diseño de ese código. Lo sepas o no.
Pues bien, imagina que:
la red empieza a no ser “del todo neutral”,
las redes sociales en Internet no modifican sus condiciones de uso en favor de quienes las usamos,
las operadoras de telecomunicaciones que nos proporcionan infraestructura tecnológica siguen concitando más y más quejas, y
el código nos obliga a hacer determinadas cosas (dejar cierta huella de nuestro comportamiento) porque algún que otro gobierno nos quiere controlar;
entonces, ¿por qué no? A las barricadas contra Internet. Pero no, no será el caso. Viviremos en terreno fangoso, ahí donde nada es absoluto. Viviremos a cuestas con nuestras contradicciones, reconocido el gran invento que es Internet. Hasta que alguien lo joda.
ZEMOS98 crece. Un colectivo cultural contagia virus, se enreda en la maraña de ilusiones que lo hacen posible. Crece y asimila los estándares de una organización en el siglo XXI: eficiencia. Necesita ser eficiente. Tiene que mirar al corto plazo porque mañana por la mañana hay que meter alimentos en el congelador. Crecer, que no desarrollarse. He aquí el peligro.
La cultura se hace empresa. Necesitamos una organización donde hay que distribuir roles. Una persona es imperfecta en sí misma. Nadie dispone de todos los roles de Belbin. Pero cuando miras a un colectivo, puedes empezar a verle la lógica. ¿Qué pasa si creces por homofilia? Te juntas con quienes son como tú. Pasa que construyes una secta. Muy a gusto con nosotros mismos, muy a gusto con nosotras mismas. Una falsa filé de encefalograma plano.
¿Por qué no renegar del estándar empresarial? La cultura debe desarrollar las paradojas del sistema en que no puede no vivir. ¿Es un problema de escala? No, es una solución a través de la escala. Porque el proyecto cultural puede jugar con la contradicción y explotarla. Siempre me gusta pensar que es un ejercicio de inteligencia. A la intensa emoción de la cultura hay que contraponer los fríos métodos de la inteligencia. Sí, podría ser una contrainteligencia emocional. En las filas del enemigo sistema hay multitud de huecos donde crear.
Me parece más interesante olvidar la cultura empresarial y nadar en otros mares. Cuando se crece conviene no perder de vista que cada persona sigue manejando la escala de su “micro”. El conjunto, cuanto más grande, menos significativo, más diluido, más difuso. Es difícil conectar con la gran empresa. Sólo un mensaje simple y potente emocionalmente sería capaz de reconectarnos emocionalmente con esos grandes proyectos. Mozilla dice que quiere una Internet pública, abierta y accesible; eso funciona. Pero estos mensajes son muy raros en la escena actual.
Ya he dicho hace mucho tiempo que hay que destruir las empresas para reconstruir el marco de relaciones. Necesitamos reconectarnos como personas. Una persona necesita a otras personas. La construcción colectiva nos define. Pero hay que desandar camino. La cultura empresarial ha inundado un mundo que vive de sus eficiencias y sus productividades, que mide todo para generar escasez artificial: sólo hay un lugar para un primer puesto. Y la carrera de la rata hace mucho tiempo que comenzó.
El mundo viaja a lomos de las grandes multinacionales. Nadie hoy es capaz de comprender este planeta sin sus marcas. Las empresas buscan generar valor económico para quienes invierten en ellas, sean sus propietarios trabajadores o no. Son una de las formas en que se genera riqueza. Las empresas mueven el mundo y la mayor parte de las personas está atrapada en ellas, sea por la dependencia económica o por una dependencia emocional. Es lo que hay.
En este panorama, tras la crisis financiera, parece que el primer mundo se ha puesto manos a la obra para tratar de limitar algunos desmanes del conglomerado empresarial. Son límites referidos a los salarios y a otros aspectos que tienen que ver con la esencia de la empresa: ganar dinero. Y, claro, cuesta que acepten limitaciones allí donde está su núcleo duro. La sociedad pareciera que intenta defenderse del exacerbado ataque de su subsistema empresarial.
Y cuando todo esto pasa, la pregunta es: ¿necesitamos a las empresas? Mi reflexión es sencilla: cada vez menos. Al menos entendidas de acuerdo con el paradigma imperante. Las empresas ya no proporcionan ejes vertebradores de nuestras vidas. Han huido de la estabilidad para diluirse en un río donde flexibilidad y competitividad son los nuevos dioses. Y ahí cuantas menos anclas mejor. Por mucho que jueguen al capitalismo emocional, lo tienen difícil para recuperar la confianza de las personas. Sólo tienes que ver cuántas empresas despiden a su recurso más valioso: las personas. Como es el más valioso, es el más prescindible. Antes que prescindir de elementos tangibles, mejor nos cargamos a la materia gris y a los corazones que tenemos con nosotros.
El ordenador personal es eso eso: “personal”. Pasó el tiempo en que las empresas nos proporcionaban un equipamiento tecnológico al que no podíamos acceder desde nuestro hogar. Hoy buena parte de la población tiene más capacidad de procesamiento de información en sus casas que en el trabajo. El laboro se convierte en ese lugar donde se obtienen experiencias de uso de información bastante peores que las que cualquiera consigue en su casa. Y si el conocimiento es la fuente de competitividad de la empresa moderna, resulta que su materia prima previa, la información, la manejamos mejor con nuestras capacidades y no con las de la empresa. Así que ordenador “personal” es eso, “personal” y no “del trabajo” (entendido como trabajo asalariado en la empresa, claro está). Pero a la vez que es “personal” necesita la red. Sin la red, sin las conexiones, no somos nada.
¿Y qué hay del fabricador “personal” del que la gente del MIT nos lleva hablando tanto tiempo? Las técnicas de fabbing evolucionarán. Quizá más rápido de lo que pensamos. ¿Es imposible prever una fabricación descentralizada? Las centrales eléctricas siguen existiendo como grandes inversiones que hablan de un mundo de gigantescas estructuras. Pero cuando más y más objetos físicos se funden con sus recreaciones digitales, ¿no será que algún día nuestros descendientes lo verán como una etapa de la humanidad? Hubo centrales eléctricas igual que hubo grandes recursos centralizados bajo una forma no muy evolucionada de organización: la empresa.
A día de hoy es complicado salir del circuito empresarial. Todo es empresa. El sistema es empresa. Nuestra Administración se ha ahuecado para dar más y más espacio al entramado empresarial. Le rinde pleitesía y juega con sus reglas. Hay que ser competitivo. Aunque Elinor Ostrom reciba un premio nobel de economía por machacar las “otras” reglas de la cooperación, el sistema es el que es: selección natural, o compites y ganas, o sucumbes.
La conclusión de todo esto: ¿y si las personas nos organizáramos en comunidades para satisfacer nuestras necesidades haciendo uso de nuestra capacidad de tratamiento de información y con una previsible cada vez mayor capacidad de fabricación personal? Sí, sí, ya sé que es ciencia ficción, que soy un iluso, un utópico y que me columpio con este brindis al sol. Pero la realidad ya ha demostrado que es capaz de superar a la ficción. ¿Qué es la realidad aumentada? Algo en lo que lo digital y lo físico convergen. Las empresas pueden fundirse en nuestras manos porque han agotado su papel. Tanta trampa y tanta multa, tanto capitalismo emocional, tanta barbarie desbocada de ganar y ganar, todo eso genera desconfianza. ¿De veras las necesitamos?
Por eso cabe considerar la fabricación artesana en red. Es sólo cuestión de creerse que tenemos capacidad distribuida y de ser inteligentes para usarla.
Otros artículos relacionados con esta cuestión en este blog:
Si un buen porcentaje de empresas del país de Obama ya han comenzado a prohibir el uso de las redes sociales online, es sólo cuestión de tiempo que eso se extienda aquí. Aunque haya argumentaciones desde la otra acera. La escuela vasca ya da también los primeros pasos y prohibe el uso de tuenti, según cybereuskadi (habrá que ver si esto se confirme y cómo evoluciona, porque tendrá su miga). Es lógico que en lugares de contención las prácticas expansivas sean el demonio. Si Foucault vio parecidos entre las escuelas y las cárceles, lo mismo podemos decir, me temo, de las empresas. En lugares donde la libertad da miedo, se juega con prohibiciones.
Claro que es lógico que ante la evidencia de no saber cómo encarar este boom del facebook, tuenti & cia, por si acaso, y para curarse en salud, mejor prohibir. Si fuera el caso que las personas pudieran utilizar esas tecnologías sociales para bien, puessss… que lo hagan en otra parte, pero en empresas y centros educativos no. Toda una declaración de intenciones.
En el fondo, seguimos en el mismo sitio. ¿Alguien pondría hoy en sus fábricas aquel cartel de “prohibido hablar” porque allá se va a trabajar? Pues ahora es más de lo mismo con una versión evolucionada, más acorde con los tiempos. Escuelas y empresas no van a aceptar que la gente salga del redil, hay que “controlar” lo que sucede. Bien sencillo, se puede controlar mediante el código, que diría Lessig, pero también directamente con medidas de prohibición. Las cartas quedan boca arriba y todos sabemos dónde estamos y cómo se las gastan.
Conste que ahora a lo mejor alguien se escandaliza, pero no son ni una ni dos las empresas que prohíben o no dan acceso acceso a Internet. Hay quien lo tuvo claro desde el principio. Bueno, no exactamente. Lo prohíben o no te dan acceso salvo que seas general de división. La tropa chunga, la que vive en trincheras, esa sí que no recibe acceso a Internet. ¿Para qué? Si no les hace falta. Internet sólo sirve a los cuadros directivos, esa gente que no lee el Marca ni consulta páginas porno. La chusma, como todo el mundo sabe, sólo usa Internet para ver porno. Degenerados.
Coveritlive proporciona información de cuánta gente está enganchada al evento online. Es curioso ver cómo la presencia de gente online va aumentando al usar twitter también como caja de resonancia del evento. Si al principio éramos unas 30 personas, al final fueron 250 las que pasaron por el evento online. El uso de la etiqueta, en este caso #astea09, para todo el evento actúa como elemento amalgamador de los contenidos.
Además ayer la calidad del audio y del video eran estupendas. Asistir a la inauguración desde tu casa, sin cascarte los 100 km de la infame A8, resultó ser una alternativa más que recomendable. Desde luego que habrá mucha gente que prefiera estar en el lugar y tirar de networking y pintxos, pero lo que te ahorras de viaje e incordios no tiene precio. Al final, como decía, han sido 250 personas siguiendo online el evento, con más 350 comentarios vía coveritlive y 211 twitteos. Interesantes datos.
Respecto a las conversaciones que genera el evento, hay dos hilos argumentales bien sencillos de detectar:
el de quienes narran lo que se está exponiendo, con un tono más o menos serio, y que sirve para captar lo básico de los contenidos que se vierten en el evento.
y otro más informal, que cruza comentarios más o menos jocosos relacionados con el sarao y que vive en muchas ocasiones cerca de la irreverencia.
Estos dos hilos de conversaciones sirven para añadir un valor evidente al sarao. Si, además, tienes la oportunidad de cotejar en streaming lo que está pasando de verdad, la visión poliédrica del evento enriquece, vaya si enriquece. Experiencia muy positiva que desde luego en mi caso me hará pensarme dos veces meter kilómetros si hay un planteamiento similar al de esta inauguración de la semana de la ciencia.
Mañana, por cierto, participaré por la tarde en el BCG+i y allí también hay una etiqueta para twittear: #ibgconferenceibcg09. Eso sí, el enfoque es bien diferente ya que el congreso dura toda la jornada. Creo que no queda sino ir pensando que este tipo de eventos necesitan como el comer streaming y cobertura de retransmisión vía coveritlive o similar. Tiempo al tiempo, no habrá evento que pueda vivir al margen de esta corriente. De momento, por lo que me toca, agradecer a Naiara y a David que se pusieran al mando de la nave interestelar que abrió la semana de la ciencia. Lo pasamos bien y eso no nos lo quita nadie. Y, por supuesto, a toda la gente que participó en la conversación online.
Por consiguiente, en lugar de pensar en abstracto en “el enemigo de la libertad”, deberíamos concentrarnos en la amenaza a la libertad que puede existir en una época dada y en un lugar concreto. Y todo esto es especialmente cierto cuando reflexionamos sobre la libertad en el ciberespacio. Estoy convencido de que el ciberespacio produce una nueva amenaza a la libertad, no nueva porque ningún teórico la haya contemplado antes, sino por su reciente apremio. Vamos camino de comprender la emergencia de un nuevo y potente regulador en el ciberespacio. Este regulador podría suponer una amenaza significativa a una amplia variedad de libertades, y todavía no hemos entendido cómo controlarlo.
Este regulador es lo que llamo “el código” —las instrucciones inscritas en el software o en el hardware que hacen del ciberespacio lo que es. Este código es el “entorno construido” de la vida social en el ciberespacio, su “arquitectura”. Y si a mediados del siglo XIX la principal amenaza a la libertad fueron las normas, a comienzos del siglo XX el poder estatal y durante buena parte del siglo XX el mercado, mi tesis es que hemos de llegar a comprender cómo en el siglo XXI nuestra preocupación debería centrarse en un regulador diferente —el código.
¿Qué nos quiere decir Lessig? Su tesis es simple: el código va a regular cada vez más nuestras vidas en el futuro próximo. Con Internet cada vez más omnipresente, no hay duda de que las leyes van a remolque de la emergencia de nuevas prácticas sociales. Mientras, el código es realmente lo que controla nuestro proceder en Internet, nuestro proceder en la vida. O sea, cada vez más, nuestra vida.
La decisión de la Universidad de Deusto al poner en marcha su proyecto OpenDeusto es de las que marca un antes y un después. Todos sabemos que captar clientes en edades tempranas de la vida es una táctica del mundo moderno. Microsoft siempre ha buscado en el entorno educativo lugares donde dejar esa semilla que luego daría lugar a hermosos y lucrativos retoños. Apple más de lo mismo. Las instituciones educativas son golosas para desplegar la artillería comercial. Google sigue las mismas reglas.
OpenDeusto da un paso al frente y utiliza el tremendo poder transversal de Google para ofrecer una experiencia de uso más rica a su gente. Claro que este tipo de servicio de pago compite con la prestación de servicios gratuitos. Una persona de a pie sabe que puede gestionar su identidad digital mediante una combinatoria de herramientas de la web social. Puede dar el paso al frente y servirse de un amplio menú. Puede hacerlo en forma distribuida o jugarlo todo a una carta. OpenDeusto ofrece de forma corporativa ciertas zanahorias añadidas en una cesta de brillantes colores.
La nube parece que conlleva una forma distribuida. Muchos servicios, muchas opciones, un enorme juego de iconos que parecen dar fe de la abundancia. Sí, economía de la abundancia en un océano digital de aguas relativamente turbulentas. Y en ese territorio las instituciones juegan una última baza de ofrecernos la gestión de una parte de nuestra identidad digital.
Pero la lógica distribuida que algún día creímos que sería realidad con aquel dibujito de la larga cola se desmorona a manos de los gigantes. Google lo es. Es una inmensa corporación que presta servicios en un rango de áreas que se extiende como un tsunami. Hace un tiempo Dolors Reig se preguntaba si es posible desaparecer de Google. Cada día más difícil. Así que es cuestión de colocar en la balanza el servicio que recibimos y el riesgo de que sea cada vez más un solo proveedor quien nos los entregue.
Google crece, compra, desarrolla, amplia horizontes. En una lógica distribuida aparece como una contradicción paradójica, recursiva hasta el infinito, imposible de deshacer. Puedes ver a Google como un gigantesco gargantúa que no come niños de mentira sino que come información de verdad. Y este modelo es inquietante. Muy inquietante.
La decisión de la Universidad de Deusto es, al mismo tiempo, conservadora y arriesgada. Como allí hay gente a la que aprecio muchísimo y a la que estimo profesionalmente, estoy seguro de que habrán hecho balance: ventajas e inconvenientes. Txopi ha saltado directamente a la yugular como era evidente que iba a pasar. Por otra parte, tampoco ayuda mucho la verborrea de la página de presentación, otro ejemplo de cómo alguien se presenta como si fuera la octava maravilla del mundo. Y no es el lenguaje de una conversación distribuida, no lo es.
En cualquier caso, suerte. Quiero pensar que es una decisión meditada y con negociación suficiente en torno a asuntos de licencias, derechos de propiedad, protección de datos y esas cosas. Claro que el mapa de Google sigue creciendo. Próxima estación: OpenDeusto.