Sunday, Dec. 17, 2017

Crónica de tres días en bici por la comarca de Cameros

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31/10/2016


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Crónica de tres días en bici por la comarca de Cameros

Viernes. A la una de la tarde terminamos el módulo dedicado a Internet en el proceso de startup con leinners de último curso en el lab de Oñati. Proyectos de diferentes alcances y en sectores diferentes. Toda la mañana repasando sus propuestas y buscando cómo Internet podría potenciarlas. Lo mismo hicimos antes en días anteriores en los labs de Irún y Bilbao. Por tanto, en breve tocará comenzar a evaluar sus propuestas, darles feedback y poner nota. Cosas de la docencia en la uni. Pero antes…

Poco después de las tres de la tarde aterrizo en mi primer destino, Villanueva de Cameros. Dejamos el coche junto al Arroyo de los Albercos, ese que allá arriba en Ortigosa discurre encajado entre paredones y que se salva con dos tremendos puentes construidos a principios de siglo. Para pasar la tarde antes de acercarme a Villoslada de Cameros, donde haré dos noches, toca paseíto con la flaca. Son algo más de 60 kilómetros de una ruta circular salvando dos puertos: La Rasa y Sancho Leza. Estamos a 28 de octubre y sí, me he venido con culotte corto. Este primer día de pedaleo a finales de octubre convencería, supongo, a cualquiera de que el cambio climático es un hecho.

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La ruta comienza con un rápido descenso por la Nacional 111 que baja del Puerto de Piqueras hasta tomar la desviación para Almarza de Cameros y Muro en Cameros cruzando el río Iregua. A partir de aquí carretera solitaria como pocas. Se afronta una subida que salva un desnivel de 600 metros con una pendiente constante y algún que otro repecho algo más serio justo después de dejar atrás el pueblo de Almarza. Luego bajada rápida hasta Jalón de Cameros para torcer a la derecha y encarar la subida a Sancho Leza, muy llevadera esta vez y agradable sin apenas tráfico. Aprovechamos la suavidad del ascenso para hacer las primeras fotos de la policromía otoñal que ha estallado aquí en tierras de Cameros. Desde el alto otra rápida bajada hasta la Nacional y vuelta a Villanueva.

Bici al coche y para Villoslada de Cameros. La Posada de Hoyos de Iregua ha reabierto de la mano de un simpático chileno, que ha reformado el establecimiento y sí, tiene su encanto. No pidáis nada extraordinario pero se ven las ganas de agradar y eso importa. Habitación sencilla, cenas con algún que otro toque original y desayunos correctos. Como quiera que el fin de semana coincide con el puente de Todos los Santos, se ve el pueblo bien cargado de visitantes. Y es que no hay que olvidar a las hordas de cazadores, que en estas fechas andan en celo. Bueno, a las niñas y niños del pueblo excitados con su bendito Halloween a cuestas.

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Se preveía buen tiempo. El sábado amanece sin una nube. Joder, qué frío tiene que hacer ahí fuera. Y el caso es que a mediodía se suponen más de veinte grados. Pues nada, culotte corto, que es lo que hemos traído. Ya iremos quitando capas a medida que suba el mercurio. Me coloco mis plantillas atómicas para días invernales y a pedalear hacia la ermita de Lomos de Orios pasando por el Achichuelo (no os perdáis el camino a pie hasta las cascadas de Puente Ra). Bah, el frío al final no es para tanto. Cero grados, ni frío ni calor. Por favor, el sol, el sol, cuanto antes, por favor. Menos mal que subiendo enseguida cogemos temperatura. Mientras, se confirma el estallido de color de los árboles de hoja caduca, que siempre se agradece.

Desde Lomos de Orios seguimos la pista que lleva hasta el refugio de cazadores antes de coger la crestería y alcanzar Cerro Buey, la cima Coppi de la etapa con 2.037 metros de altitud. Casi mil de desnivel desde Villoslada, pero llevaderos excepto el tramo final. Arriba, el día sigue impresionante. Las nubes en huelga dejan paso a un horizonte que da pie a echar la imaginación. Y es que un grupo de senderistas con los que coincido se empeñan en ver el Anboto allá a lo lejos. Foto de rigor, conversación agradable y hacia el collado de Santa Inés a ver si está abierto el bareto que da soporte a esta miniestación de esquí. El descenso es entretenido con algún que otro paso técnico que salvo con extraña suficiencia para mis limitadas habilidades. Está abierto: descanso del guerrero en el bar, lo que quiere decir pincho de tortilla, Aquarius, Instagram y esas cosas del progreso.

Cerro Buey

Es cerca de la una cuando comienzo el largo descenso por la pista que serpentea a la derecha de la carretera y se dirige a Montenegro y Villoslada. Tenía intención de volver y retomar la subida por una pista que sale muy cerca de Montenegro para pasar a la vertiente del Arroyo de Rioseco y dejarme caer hasta Ortigosa por la carretera. Pues va a ser que no. En la subida a Cerro Buey no me he visto muy católico, así que decido plan B: me bajaré a Villoslada hasta el camping y luego después de un estupendo bocadillo de jamón con tomate daré pedales en plan Verano Azul hasta Ortigosa subiendo por un magnífico rebollar que luego da paso a pinos y hayas.

En el bar restaurante del camping un grupo grande excursionistas se cuentan las batallitas del día. Los había visto a primera hora cuando pasé por aquí camino de la ermita de Lomos de Orios. Se ve que el buen tiempo ha animado a mucha gente a acercarse a este Parque Natural de Sierra Cebollera. La tele con fútbol, una cuadrilla de cazadores fardando de sus hazañas y unos niños gritando. Como en casa, entrañable todo.

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Al volver hacia Villoslada desde el camping ya me doy cuenta: manga corta. Como ayer por la tarde. ¡Y pensar el frío que hacía a primera hora! El GPS marcará para hoy una variación termométrica espectacular: mínima de 0 grados y máxima de 25. Y este calorcete tiene su consecuencia: mosquitas como aquellas de las que me quejaba al cruzar muchos de los robledales en verano recorriendo la TransIbérica. Pues aquí siguen, fieles a su cita con el calor y la falta de viento. Pero solo es un pequeño tramo, nada que agobie. Suave suave continúo el pedaleo agradable que en cierto momento deja vistas bien hermosas hacia el pantano del Rasillo, bastante bajo de capacidad. Perdón, quise decir el embalse González-Lacasa, que a su madre le hará ilusión aunque no haya encontrado nada por ahí del sujeto (o sujeta) en cuestión.

Paseo con la bici por Ortigosa donde me acerco, cómo no, a sus dos puentes sobre el Albercos, uno de cemento que da al barrio de San Martín y el otro de hierro con acceso a sus famosas cuevas, creo que cerradas desde hace tiempo (al menos siempre me han coincidido así en mis últimas visitas). En esto que descubro que la cala de la zapatilla derecha anda muy, pero que muy suelta. A apretar con la llave Allen. Hasta ahí sí que se llega mi pericia con la mecánica. Pero no mucho más allá, no vayáis a creer.

Solo queda volver suave suave hasta Villoslada para completar una etapa de 94 kilómetros, que para hacerlos con ruedas gordas no está mal. Se queda en 1.832 metros de desnivel acumulado y casi seis horas de pedaleo. Lo típico de cuando uno viene a aprovechar el día practicando MTB. Es lo que hay. Ducha, un poco de remoloneo para dejar pasar el tiempo y cena, mucho más ya no da el día. Mañana más y mejor.

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El domingo de nuevo día sin nubes en el horizonte. El cambio de hora me regala una más de propina, que agradezco. Joder, sí, otra vez tiene que hacer un frío del carajo ahí fuera. Pero, bueno, esta vez salgo una hora más tarde. Algo más ya calentará. Efectivamente, cinco grados, todo un lujo. Como quiero salir de vuelta en coche para casa a media mañana, decido pedalear la tradicional subida hasta el Collado de San Cristóbal (o de Mojón Alto) donde se levanta una estela romana con inscripciones celtibéricas y romanas de entre los siglos II y III después de Cristo. Una hora de apretar cuesta arriba por la Dehesa del Rebollar y apenas quince minutos para volver a toda mecha, atajando por un caminito a media ladera un poco machacado por ganado doméstico en un par de tramos. O, lo que es lo mismo, barro para regalar.

Pasadas las diez y media estoy ya de vuelta con una sensación extraña en la rueda delantera. Toma, si voy prácticamente pinchado. Menos mal que estoy ya en el pueblo. Acomodo las dos bicis dentro del coche, una al lado de otra para que se hagan compañía, charlo un rato con un tipo que se interesa por las bicis y de nuevo a la posada. Solo queda ducharse, recoger las cosas, pagar y esperar a la próxima. Porque, lo reconozco, me encanta esta zona de Cameros donde nace el río Iregua. Y otoño es la disculpa perfecta para volver a pedalear. O quizá antes. Nos vemos.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(4) comentarios

  1. alejandro molins
    31/10/2016 at 15:06

    Gracias Julen por la descripción
    Te ha faltado la subida al Serradero en Torrecilla en Cameros.
    un abrazo

    • Julen
      31/10/2016 at 16:02

      Hace años subí por ahí en una marcha que salía desde Torrecilla. Bufff... hace bastantes años, ahora que lo pienso. Otro día me acerco por esa zona :-)

  2. Alberto
    01/11/2016 at 11:36

    ¿Santa Ana o Santa Inés?

    • Julen
      01/11/2016 at 12:59

      Así da gusto, alberto, no se te pasa una. Corregido :-)
      No veas qué pasada de calor a mediodía, así no hay quien encuentre boletus ni ná de ná. Arriba en Cerro Buey, la hierba agostada, amarilla. Creo que nunca lo había visto así :-(

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