Monday, May. 20, 2019

Medir la cultura para aprender sobre ella

Medir la cultura para aprender sobre ella

He's too tiny to measure up.Al final es la principal conclusión que saco: medir sirve para aprender sobre aquello que se mide. Esto es si cabe más cierto en el caso de la cultura, ese constructo tan complejo y lleno de matices en función de las gafas con que lo miremos. Escribo esto tras participar en Cultumetría, la jornada a la que asistí el pasado viernes. Porque no cabe duda de que puestos a ello todo se puede medir, aunque otra cosa es el valor que asignamos a las métricas que se obtienen.

En esta  misma línea, en el Global Innovation Day del pasado 30 de enero asistí a otra sesión de trabajo sobre “medir”. Eso sí, el punto de partida era otro bien distinto: no podemos fiarnos de los datos en origen. Todo sistema de medición basado en lo que las personas dicen no sirve. Hay demasiados factores que condicionan ese punto inicial de recogida de información. ¿Cuál era entonces la propuesta? Olvidar la “estimación del ser humano” que responde e ir a medir sus reacciones fisiológicas. No es lo que dices, es lo que sientes. Olvida el marketing tradicional y da la bienvenida a la neurociencia. Supongo que esto avanzará con el tiempo y son enfoques que se complementan.

Sin embargo, construir indicadores es un asunto que obligatoriamente conduce a hurgar en profundidad en aquello que se va a medir. Y ahí es donde veo lo mejor de ponerse manos a la obra. Me gustó mucho la ponencia de Pau Rausell, con un buen número de observaciones sensatas y bien construidas acerca de la medición. Txetxu Barandiaran ha recogido bastantes en su artículo Y qué es eso de la Cultumetría. ¡Ojo al dato! Entre ellas me quedo con estas tres perlas:

  • Contar no sirve para sustituir el debate social sino para nutrirlo y enriquecerlo.
  • La función de la estadística es nutrir de argumentos para la toma de decisiones.
  • Qué contar implica ya posicionamientos valorativos.

Si centramos la mirada en la cultura encontramos por ejemplo una aproximación reciente de profundo calado: la obsesión por medir el impacto económico. ¿Qué retornos produce una determinada actividad cultural? Presos de un furor economicista, hay que rebuscar indicadores para justificar que sí, que se generan ingresos suficientes como para continuar con la oferta. Claro que correlaciones y relaciones causales, como bien se apuntó durante la jornada, no son la misma cosa. Pero como interesa “vender” allá vamos, ponemos la carreta delante de los bueyes y tira millas.

Pau Rausell explicaba los tres tipos de impactos que podríamos medir con cualquier actividad cultural:

  • cognitivo, “cuánto hemos aprendido”
  • estético, “cuánto nos ha gustado”
  • emocional, “cuánto nos ha llegado”

Es un enfoque muy interesante, mucho más allá de la repercusión económica del acto cultural, aunque sea ésta la que prima hoy en día. Porque este giro hacia lo económico no es sino el síntoma de lo alargada que ahora es la sombra del dinero. Si no salen las cuentas, no hay función. Triste reconocer que es el estándar. No puede ser que el “éxito” se empequeñezca hasta su dimensión económica. La vara de medir no es inocua. Traslada una instrumentalización del hecho cultural por el que se convierte en medio para una supuesta prosperidad. Bufff, qué asunto tan delicado.

¿Acabaremos por hacer cuentas de explotación previsionales de cualquier actividad cultural? ¿Y si no salen los números no hay actividad? Maldita obsesión porque todo pase por el aro de la eficiencia, ese moderno dios que todo lo puede.

Y un último apunte: muy interesante la publicación La cultura como factor de innovación económica y social, coordinado por Pau Rausell y en el que han colaborado Óscar Blanco, Rafael Boix, Blanca De Miguel, José Luis Hervás, Francisco Marco-Serrano, Diana Pérez-Bustamante, Pedro Pérez y Luis Vila. Va al saco de lecturas pendientes 🙂

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(4) comentarios

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  3. Germán Gómez
    13/02/2014 at 08:45

    Interesante Julen.
    Me surgen algunas dudas, la más importante, si es posible medir todo: ¿se puede medir el impacto emocional?.
    La segunda es más bien una valoración personal, centrada sobre todo en los temas de satisfacción de clientes: obsesionados por medir nos hemos olvidado de pretender entender lo que explica un determinado valor cuantitativo.

  4. Pingback: Cultumetría. Conclusiones desde la organización | cambiando de tercio

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