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Pasa el tiempo

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17/02/2013


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Pasa el tiempo

Cae el sol en el VerodalNada. Si acaso esperar que pase el tiempo. Dejar que se haga un hueco entre dos momentos. Aspirar el aire y sentir que no hay obligación. La tarde juega a observar cómo cae el sol. Lo hace cada día, con idéntico ritmo, el sol a su aire. Cae, cae, cae. Y nunca parece llegar al final.

Entonces es cuando el tiempo se estira. No hay que introducir en él actividad alguna. Simple, el tiempo en su máximo apogeo, repleto de intensidad porque nada hay que le haga sombra. Los ojos entornados y una suave brisa que sube por la cara. Nada, sin más intención que sentirlo. El tiempo en sí mismo. El tiempo extendido. El tiempo sin segundos. El tiempo en horas.

La mente se aleja de lo cotidiano. Vigilia y ensoñación se aproximan una a otra. Y juegan con la conciencia. Van y vienen algunas escenas de la niñez. Se funden en gris. Se mezclan. Una dulce confusión que sirve para minimizar el metabolismo. Pasa el tiempo y no solicita energía. Suave, de textura agradable, el tiempo sigue su curso. No se detiene, pero no acelera.

Fuera se supone que el mundo continúa su ritmo. Allá lejos el tiempo fragmentado aprieta. Las horas se despeñan en segundos y sepultan el sosiego. Un estruendo que queda ajeno. Allá lejos. Aquí, sin embargo, una nube diminuta juguetea con el sol. Como para demostrar que el tiempo avanza. El sol la cruza, se saludan, se dicen adiós. Sonríe el sol. Cae la tarde.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.