Thursday, Aug. 21, 2014

La universidad ante la empresa

La universidad ante la empresa

GiovaniniALa economía ha conquistado los telediarios desde hace ya tiempo. Antes era por lo bueno cuando no se hacía sino crecer y ahora es por lo malo malísimo, porque nos afecta como ciudadanía en lo peor de lo peor, seas funcionaria pública, cooperativista o empleado de una supuesta empresa solvente. La economía son empresas, de un tipo y de otro y reclaman a la educación que le entregue personas cualificadas de acuerdo con sus intereses. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol.

Por otra parte, entre las varas de medir la calidad de la oferta educativa universitaria no cabe duda de que un factor clave son los datos de lo bien o mal que la gente encuentra trabajo. Y cuanto más se adecue el perfil del alumno a la demanda de la empresa, mejor. Esto en los ciclos formativos, por ejemplo, es axioma. Nadie en su sano juicio lo criticaría. Pero hablemos de la universidad.

Ahí fuera las empresas dejaron ya de ser eje vertebrador de nuestras vidas. La sacrosanta competitividad las lanzó a una carrera en la que las personas dejaron de recibir beneficios sociales que la “pegaban” más afectivamente a la empresa. Adiós a un estrecho vínculo donde la empresa proveía más allá del alquiler de horas de trabajo. Economatos y residencias fueron dejando paso a otras cuentas de resultados donde por fin se eliminaban este tipo de gastos.

Hoy, sin embargo, existe una moderna versión de “engagement“, que dirían los locos de las redes sociales. Este engatusamiento se refleja en coaching a granel y Googleplex como forma de que no te vayas nunca del lugar de trabajo. Y la universidad no puede mirar para otro lado. Puede relacionarse con las modernas exigencias del capitalismo cognitivo para producir según el patrón que se le exige. O puede generar un contexto donde -también- se impulse el sentido crítico hacia las empresas y, claro está, hacia la sociedad en que se inscribe su actividad.

¿Dónde hablamos de ética? ¿Hasta qué punto se puede hablar de ética? Porque la pescadilla se muerde la cola. Si me mides por cuánta gente se emplea en tus empresas, entonces ya sé lo que tengo que hacer: dime cómo me mides y te diré cómo me comporto. Dime el perfil, que me pongo manos a la obra… hasta donde sea capaz de hacerlo. Porque, claro, luego sucede que hay movimientos 15M, desahucios, gente en paro y gente cada vez mas rica. Y eso no se tapa con unas cuantas capas de pintura. La gente se mosquea.

Sin embargo, necesitamos empresas cerca de la universidad, igual que centros tecnológicos. La calidad de las conexiones es clave. Hace falta fluidez en los contactos, presencia bilateral, equipos de trabajo mixtos, docentes en la empresa y personal técnico de empresa en la universidad. Si no hay mestizaje, si no hay convivencia, todo lo demás se hace muy cuesta arriba. El roce hace el cariño.

También es cierto que las empresas conforman una escena muy compleja. Diversos tamaños y sectores, diversas formas jurídicas, diversas opciones de producto/mercado, diversas actitudes ante la ética. ¿No convendría formalizar algún grupo de trabajo con gente que proceda de diversos ámbitos para recrear la relación universidad-empresa? ¿Qué sucede si solo aceptamos que las empresas son quienes emplean y la universidad quien provee la materia prima? ¿Acaso no sucumbimos a sus valores? ¿No hay contraoferta crítica que ponga en cuestión lo que la empresa pide?

Claro que la universidad vive esclava de sus mediciones, como decía. Y no solo es el mercado de trabajo; son también los ANECA de turno y los rankings I-UGR. O los Universia y sus mecenas. Son el poder, que reclama su cuota de presencia. Territorio complicado donde hay que manejarse como organización ambidextra, que mira a uno y otro lado por obligación. Publicaciones e investigación a mayor gloria de uno mismo y con unas empresas que piden y piden. ¿Hay salida?

En fin, quizá esto no es más que un brindis al sol y resulta que la universidad certifica su pérdida de influencia ante el imperioso empuje de la educación informal. Menos mal que, como argumentaba Ainhoa el otro día, los espacios -formal e informal- tienen cada uno su papel. Habrá que creérselo, aunque cada vez pinta más feo para la ortodoxia universitaria, me temo.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.