Monday, Dec. 17, 2018

El marketing de la transparencia

Mirada mirada que no ve ni su reflejoHace ya tiempo que se nos llena la boca con el mantra de que el mundo se ha vuelto transparente. Sea porque hay iniciativas públicas, porque les sirve a las empresas para vender más o porque aparecen los wikileaks y similares. La ciudadanía es capaz de acceder a más información al haberse digitalizado. Aunque luego, por cierto, esta desmesura conduzca a consumos energéticos considerables. Son males menores.

Sin embargo, yo creo que en realidad asistimos a la confluencia explosiva de dos tendencias que se contradicen:

  • lo transparente vende
  • interesa transparentar cierta información y ocultar otra

Es evidente que se avanza en la exposición pública de determinados datos. Pero que nadie se lleve a engaño, un gran número de decisiones nunca pasarán por luz y taquígrafos. Argumentarán si hace falta que es por nuestra seguridad. Nadie en su sano juicio puede pensar que “todo debe ser transparente”. Pero al mismo tiempo emerge un estado general de desconfianza al saber que quien lleva las riendas juega con que transparenta cierta información y oculta otra.

Lo anterior es más grave si además se vende a bombo y platillo que ahora somos transparentes. Aquí creo que está la clave del asunto: en combinar las dosis adecuadas de transparencia y discreción. Digo discreción porque la norma es precisamente su antónimo: una comunicación hiperbólica. Puede que el problema sea que en este inundado mundo de información en que vivimos parece que siempre hay que estar vendiendo lo que se hace porque, si no, nadie se entera.

Lo que, por ejemplo, se ha hecho con la publicación del patrimonio de diputados y senadores no deja de ser un acto en gran parte cosmético. Cierto que supone un avance, pero cierto también que genera un montón de dudas. Puestos a transparentar quizá interesa más evaluar en la globalidad el conjunto de prestaciones que reciben estas personas, si de lo que se trata es de conocer su nivel de vida. Por una parte están los asuntos de dinero pero es evidente que existen otros beneficios derivados de sus cargos.

En realidad transparentar es algo que a los humanos nos da miedo. Porque sentirnos naturales con la exposición pública no nos viene de serie. Y no tanto porque haya quien tenga cosas que ocultar (todos tenemos) sino por la ansiedad que supone que todos nos puedan ver. Por eso es complicado jugar en un territorio más abierto: cuando mucha gente te ve (o crees que lo hace) puede que tu comportamiento no sea el mismo. Pero si encima tienes detrás una campaña mediática que vende que esa transparencia “es lo más”, entonces tienes todavía más presión.

Como todo en la vida, es cuestión de encontrar el justo medio. El marketing de la transparencia no ayuda a buscarlo con tranquilidad. La amenaza viene con los tiempos contemporáneos: si no te transparentas, te transparentan. Pero, además, lo hacen quienes tienen poder para hacerlo. Algo así como si hubiera dos partes en juego: quienes transparentan y quienes son/somos transparentados. Y no se trata de un juego simétrico.

En fin, que esto es buen lío. Porque es bien cierto que la intimidad dio paso a la extimidad, que se convirtió en un gran negocio. Y mucha gente no es consciente de ello. La sobreexposición en que vivimos es signo de los tiempos. Pero inquieta, vaya si inquieta.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(3) comentarios

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