Saturday, Aug. 30, 2014

Santa María, Azores

Santa María, Azores

El faro de Gonçalo Velho y el mar detrásVolver a estas islas Azores es encontrarse con lo de siempre y con matices que proporcionan una impronta particular a cada lugar. Solo nos quedaban por conocer Santa María, la isla en la que estamos, y Graciosa, a la que marcharemos este próximo jueves. Acercarse a este archipiélago en la mitad del Océano Atlántico es como escapar a ninguna parte. Estás en Europa, pongamos por caso. Pero todo el tiempo te acecha un aire de que no, de que este lugar bien pudiera encontrarse en cualquier otro sitio. Estés en Flores, Terceira o Pico; da lo mismo. Estás en un lugar que se empeña en esconderse a Google.

Ciertamente venirse por aquí es colocar un inmenso paréntesis en la actividad cotidiana. No hay mucho que hacer, pero el tiempo sigue transcurriendo entre un trilho que recorres para ascender al monte más alto de la isla, un pescado que esperas para comer en una tasca con el ronroneo del mar al fondo o el simple observar a la gente del lugar. Más aún si llegas en fiestas. Y eso supone apreciar un estado alterado de las cosas: la XXX edición del rally de la isla, las tasquinhas, los grupos flolklóricos, la procesión con la virgen de rigor. Un aire triste que se mezcla con alegrías básicas, algo escondidas por aquello del qué dirán.

Cuando decía que cada isla parece marcada por una peculiaridad, ésta es una de las que se lleva la palma. ¿El motivo? Los aviones y su aeropuerto. Un accidente en 1989 con 144 víctimas deja marcada a una isla como esta. Y más de tres kilómetros de pista que los americanos se encargaron de construir por aquello del lugar estratégico que ofrecía este enclave también dejan su huella. Eso fue allá por los años 40 del siglo pasado, pero hoy sigue presente en un fantasmagórico enjambre de casas dispersas a su alrededor y de pequeñas construcciones tipo hangar con su hojalata formando una semicircunferencia. Te imaginas volar en el tiempo y situarte en medio del Pacífico sesenta o setenta años atrás. La guerra pedía extrañas obras en islas perdidas. Como Santa María, aunque en este caso hablemos del Atlántico.

Poco más de 5.000 personas viven habitualmente por aquí. Dos vuelos diarios, aunque me temo que no siempre será así. También las compañías de barcos que hacen rutas por aquí pasan en verano cada dos o tres días. En otras épocas que no sean verano, lo mismo hay un barco a la semana. Y a lo mejor soy optimista.

Así que aquí dejamos pasar los días. Con la cabeza algo alejada del mundo real. Cuesta mantener la conexión. Si acaso los libros -siguen siendo de papel- tienden un lazo que une con el continente. Ando con la tercera entrega de Rosa Ribas en la que Cornelia Weber-Tejedor se transforma en Cornelia Lenz. Mira tú por donde me está encantando esta novela. Algún día tengo que hacer repaso de mis investigadoras favoritas. Entre los tres aviones que tuvimos que coger para llegar hasta aquí cayó una entrega de V.I.Warshawski en el Chicago de finales de los 7o y principios de los 80 que había comenzado en la Transpirenaica. Y ahora enseguida me termino de devorar la tercera y última trama de Cornelia en el Francfort actual.

De todas formas, en cuanto esta noche caiga el final del libro de Rosa Ribas, me volveré al mundanal ruido. Tengo pendiente sacarle las cosquillas al libro de Osterwalder y Pigneur sobre modelos de negocio. En fin, por aquello de decir que seguimos conectados. Nos seguimos leyendo ;-)

Por cierto más fotos de nuestra estancia en Azores en este verano de 2011 en este álbum de Flickr.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.