
Actualización.- Una tal Loretahur acaba de actualizar a las 8:45 am que los talleres de los días 10 y 17 serán en el aula de videoconferencias del Edificio de ESIDE de la Universidad de Deusto.
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Bueno, para quienes se reincorporan al curso político tras las vacaciones: septiembre viene cargado como nunca antes en Aprendices. Que si por qué no hacemos un taller de Ubuntu, que si aprovechamos las tradicionales charlas y cursillos de e-Ghost, que si ya va siendo hora de aprender de WordPress, pero con enfoque principiante y algo más avanzado también, que si… Pues todo eso y más es lo que hemos planificado para los días 10, 13, 14, 17 y 18 de septiembre. Lo nunca visto.
Toda la información de este multitaller está disponible en esta página de Aprendices. Como siempre, inscripción gratis. Lo único que se requiere es que si sabes algo lo compartas. Estos talleres son para juntar ganas de aprender con ganas de enseñar. Pero la parte importante es la primera: querer aprender. Siempre es así.
Los talleres van a realizarse en la Universidad de Deusto en Bilbao, con aulas todavía por confirmar. Eso sí, el taller de Ubuntu está en cocina porque se quiere “sacar a la calle”. Eso supone llevar a cabo una actividad en el Casco Viejo, quizá en el entorno de la Plaza Nueva o alrededores, aprovechando que el Pisuerga la wifi pasaba por Valladolid Bilbao. Venan Llona nos ha propuesto un largo guión que habrá que pulir de aquí al 18 de septiembre, fecha en que está previsto el sarao.
Los talleres del 10 y del 17 de septiembre son específicos de Aprendices (o sea, que serán del estilo de los otros 11 talleres que se han realizado hasta ahora). Eso supone que son en viernes, de unas 4 horas, por la tarde de 3 a 7. El primero se centrará en el uso de WordPress.com, la versión gratuita de WordPress y que ofrece un buen número de funcionalidades. El segundo, más avanzado y también sobre WordPress, repasará plugins, versión multiusuario y buddypress. Por cierto, que se han recopilado algunos plugins para conocer cuáles se está usando y lo que aportan. Para inscribirse sólo hay que añadir el nombre en la página de la wiki. Ya gestionaremos las multitudes
Por otra parte, aprovechamos la dinámica de e-ghost, para incluir un taller sobre themes (plantillas) de WordPress. Será los días 13 y 14 de septiembre, de 6 a 8 de la tarde. En este caso, para inscribirse hay que hacerlo desde e-ghost, pero también hay que añadir el nombre en la wiki. Esto mismo es lo que hay que hacer para la última de las actividades, la que tiene que ver con la divulgación de Ubuntu. Hay que inscribirse vía e-ghost, pero también hay que añadir el nombre en la wiki.
Bueno, pues ya iremos viendo cómo gestionamos este salto doble con tirabuzón que supone hacer cuatro talleres en dos semanas. Nada, como si no tuviéramos más ocupaciones. Hay que ver lo bien que lo pasamos. Nos vemos. Como siempre, toda la información trataremos de centralizarla en esta página de la wiki que he enlazado en este post.
Agradecer, como siempre, la colaboración de Loretahur y de Txipi, que usan el poder de la Compañía de Jesús para facilitar instalaciones, incluyendo regletas
Desde luego que el trasvase de profesionales de la SER a la COPE da mucho juego, más allá del que tiene que ver con el fútbol. Es un interesante observatorio para analizar hoy en día el sentido de la persona profesional, del equipo, de la marca, de un producto concreto, de lo que pesa o no pesa una “empresa”. Cierto que todo ello mediatizado, valga la redundancia, por el poder mediático de un producto tradicional y de éxito como era el Carrusel Deportivo de la SER.
Antes de comentar nada en general, diré que a mí particularmente el formato del Carrusel me parece bastante casposo. Pero no cabe duda de que ha sido todo un fenómeno, punto y seguido lógico de ese deporte que es cosa de hombres. No hacen falta los anuncios de Soberano, porque la filosofía es la misma. Pasa el tiempo, pero hay cosas que sólo mudan la forma, no el fondo. Y el rollo Carrusel, con esas joyitas de macho macho man… pues, en fin. Y conste que de vez en cuando oigo el programita de furbo, cómo no. ¡Pecadorrrr!
Pero lo interesante del asunto es tener en cuenta qué pinta una empresa (emisora de radio en este caso) frente a un producto ya elaborado que incluye un ramillete de profesionales ya creciditos. Claro, la COPE ha atraído por sus valores, su misión y su visión a esta gente. Ha sido una cuestión de atracción fatal. Mejor con los obispos que con cualquier otro. Así que los del Carrusel allá que se van, imantados por la luz divina a su nueva casa.
Fíjate que me da que no. Que lo que pasa es que hay un producto, un equipo, un formato. Y claro que para rodarlo en antena necesita una plataforma. Llámese empresa. Pero no empresa en sentido tradicional. No. Aquí se trata de “empresa” como sitio donde una vez colocado el producto puede que resulten beneficios. Vamos, la empresa-instrumento, la empresa que hoy es una y mañana otra. Y sus valores o lo que sea… mejor los dejamos a un lado y hablamos de dinero, que es a lo que vamos.
O puede que no, que en el fondo sea una cuestión todavía más idiota, de gente que de repente se mosquea entre sí y: ¿Cómo?, ¿que no hay cojones? Pues te vas a enterar. Pues cojo y me voy con mi producto y mi gente a otra parte.
El equipo de profesionales juega por sí mismo, con sus filias, fobias y liderazgos. El producto viaja de un lado a otro en busca de quien quiera dar soporte. ¿No podría ser el antiguo Carrusel de la SER una empresa en sí misma? Eso sí, en su ecosistema necesita de otros agentes más arriba en la cadena de valor. Alguien tiene que tener tecnología y soporte para que la empresa-carrusel salga a antena. Pero no te olvides, que esa empresa (la SER, la COPE, EITB) sólo será un instrumento. Algo que uso porque no puedo tenerlo todo. Me hace falta, pero no creas que voy a defender tu ideario. Bueno, digo yo. Porque lo mismo el Poli Rincón o los hombretones del Carrusel se sienten más a gusto con los obispos. Que Dios los cría y ellos se juntan.
El Carrusel Deportivo de la SER se queda con ¿una marca vacía? Bueno, si no vacía, si medio vacía. O, casi vacía al completo, ¿no? Porque el producto “carrusel” no mantiene una forma tangible sino que resulta de conversaciones y gritos y testículos. Cosas de esas que juntas y revueltas conforman un producto difícil de repetir. La copia en este caso me temo que costaría lo suyo. Así que la marca, con perdón, lo mismo se va a la mierda.
¿O sea que ahora todos los furboleros del Carrusel se van a la COPE? Gran invento derivado de choques personales, según parece. Hay que joderse. Me temo que esto no figuraba en el plan estratégico. Ni en el de la COPE ni en el de la SER. Cosas que pasan, cenizas de un volcán islandés que modifican el escenario radiofónico. Pero no demasiado previsible, ¿no?
Tengo a medio escribir un artículo sobre la organización paradójica, tras el informe que hemos realizado sobre la economía abierta. Es lo que se me ocurre tras tanto asunto inesperado e incomprensible. Un día de estos lo publico. Pero es que no hago sino encontrar casos contradictorios que surcan las turbulentas aguas de los negocios. Mejor reír mientras la SER denuncia a la COPE y los obispos corren tras el balón con la sotana. Ver para creer. Amén.
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La imagen es la famosa foto de Ramón Masats titulada “Seminaristas jugando al fútbol” y data del año 1959. Fue Premio Nacional de Fotografía en 2004, aunque quizá en la memoria reciente quede más cerca de La Mala Educación de Pedro Almodóvar, ¿no?
Por delante kilómetros. Por detrás lo mismo. Un punto que se desplaza para salir de ninguna parte y llegar a algún lugar. La dirección la marca la razón. Eso pensaba cuando por delante seguían quedando kilómetros. Luz que se apaga y luz que renace. Por delante kilómetros.
La ruta es ruta sólo porque conecta dos puntos. Estar muere en una emboscada a manos de mover. Los instantes se suceden pero pierden la batalla del sentido. Allí y aquí no tienen razón de ser. Sólo la ruta marca el camino por el que transcurre la vida. A veces vereda, a veces algo más de ancho para dar cobijo a los sinsabores del viaje. Las alegrías casi siempre suponen altos en el camino. Hay que digerirlas y disfrutar.
El sol se mueve también. De delante hacia atrás. De izquierda a derecha. ¿O fue al revés? El camino juega con las sombras mientras el movimiento vuelve a situar la escena a los pies de esa nueva loma. ¿Al otro lado? Sólo la ruta dirá qué oculta. Mientras, hasta llegar allá, puedes recurrir a tu imaginación. Más rica y poderosa que nunca cuando el viaje impregna tu tiempo. Deja que juegue con la realidad y la prealimente. Luego Dios proveerá.
Poco a poco los pasos devoran el tiempo que restaba para llega a un supuesto fin. Comienzo de otra ruta, de otro movimiento. Nómadas de los tiempos contemporáneos que buscan lo que nunca encuentran. Porque cada lugar se parece tanto al anterior que parece que tu memoria se burle de ti. Siempre en tránsito. Espera, mira mejor, toma otra perspectiva. Lo ves, la ruta no estaba ahí; tú dispusiste los elementos. Es lo que tú quieres que sea.
Juega con la inmensa combinatoria que proporciona la ruta.
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La imagen en Flickr es de Bilbopolit.
La invención del aire narra ciertos episodios de la vida de Joseph Priestley, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Steven Johnson nos presenta a un personaje mediante el que mostrar cómo progresó la humanidad en cierto momento histórico. Tiene que ver con la ciencia, pero también con la política y la religión. En realidad, tiene que ver con la vida.
El libro se lee fácil. Algo menos de 250 páginas para conocer detalles y una constante referencia al vínculo entre ellos. Y también a cierta casualidad/causalidad. Bueno, casualidad que conduce al progreso y se retroalimenta de él. Causalidad circular y dinámicas complejas:
Los avances verdaderamente importantes se producen cuando las esferas se alinean: cuando la energía fluye y los patrones de asentamientos y los paradigmas científicos y las vidas humanas individuales entran en una suerte de sincronía enriquecedora que ayuda a las nuevas ideas a emerger ya circular por toda la sociedad.
Todo conectado con todo. Y los detalles insignificantes pueden dejar de serlo. Nunca como ahora hemos dispuesto de tanto potencial conectivo (y no lo reduzcamos por favor a las redes sociales en Internet). ¿De qué va a servir? ¿Progreso o destrucción? Los misántropos pueden hacer su agosto, no cabe duda. Porque el mundo se revela como un lugar lleno de potenciales peligros.
Sin embargo, hay otra forma de entender la conectividad. Es la que tiene que ver con el progreso, con las posibilidades que están ahí para ser explotadas en el mejor de sus sentidos. Cierto que de una forma que no sabemos en qué desembocará. Pero más cierto aún que en muchos casos supondrá progreso, personal y colectivo.
Son dos caras de la misma moneda, pesimismo y optimismo. La realidad acaba construida por cada cual. Ves lo que quieres ver. La televisión emite para su audiencia. Y vende el tremendismo. A lo mejor resulta que la ingenuidad es buen antídoto contra los cenizos. Porque haberlos los hay. Y operan cual multitudes -hombres casi siempre- estúpidas, como reconoce el mismo Steven Johnson:
¿Cuál es la química interna de las revueltas? [...] Es significativo el hecho de que en ellas se producen intensas transferencias de energía: la furia de cien hombres destrozando un edificio y desatando las fuerzas demoledoras y erosivas de la combustión. En este sentido, las revueltas tienen algo de primitivo, no sólo porque en ellas los hombres -pues suelen protagonizarlas hombres-retroceden a un estado incivilizado de violencia desorganizada, sino también por la obsesión por el fuego, que es la forma más primaria de demostración de fuerza.
Nos leemos.

Ayer fue un día tórrido y soporífero. Por la tarde lo único posible era no hacer nada y dejar que el tiempo pasara. El calor reinaba a sus anchas. No tenía sentido jugar un partido perdido de antemano. Inmenso, callado, intenso y extenso.
Pero la mañana, sin embargo, suele regalar temperaturas agradables. El sol no sale hasta pasadas las 7:30 de la mañana. Allá, tras las lomas, después de un repiqueteo de gallos, aparece fiel a su cita. Siempre por el mismo sitio, absolutamente predecible. Claro que holgazanea y se hace el remolón, porque en estos quince días ya se ve que cada vez le cuesta más madrugar. Y más que le costará.
Mi otro recuerdo de este pueblo, Cazalla de la Sierra, es de la Semana Santa pasada, en plena TransAndalus de contacto con el medio rural. Con un color relajante en la retina: el verde. No había ninguna duda. El campo, tras las fuertes lluvias del invierno pasado, desbordaba frescor. Verde intenso que hasta una mano poco agraciada para la fotografía como la mía era capaz de captar.
Semana Santa supuso conectar con la costumbre popular. Lo mismo que si hubiéramos estado aquí en agosto para la romería de Nuestra Señora del Monte. Fechas vinculadas con lo religioso y -para quienes estamos lejos de la fe- de cierta magia. Porque la gente queda abducida por el fervor que de algún sitio recóndito llegará. Éxtasis, trance. Se desbordan las lágrimas, la emoción. Silencio. Una procesión es una procesión. Aquí en Andalucía, por lo menos.
Entonces y ahora el pueblo sigue ahí, en una suave ladera que deja calles en cuesta. Muchas de ellas empedradas y retorcidas junto a paredes blancas, blanquísimas. Y por la tarde, cuando el sol da tregua, aparecen poco a poco las personas. Sillas y conversación. Con un cierto halo de tiempo pasado y de crítica social cerrada que fluye de portal en portal. No hay registro del diálogo, que queda enterrado en quejas y suspiros. Conversaciones privadas que se las traga la noche.
Alrededor del pueblo, ahora el campo se agosta. Las encinas y los alcornoques están acostumbrados. A sus pies un ganado que sabe también de la lógica del calor. Mínimo esfuerzo para que el tiempo transcurra a la sombra de la encina. Miradas perdidas, simples animales. Tan pegados a la tierra y a la cultura popular.
Las dos semanas terminan. Mañana de vuelta a otra zona del sur de Islandia. Sin prisa, suave suave. Parada en el camino y otra vez a dejar que Cazalla se revuelva en algún lugar de la memoria. Pero con dos colores: amarillo y verde. Calor y frescor. El pueblo aquí se quedará.
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Las dos imágenes corresponden al mismo lugar, en ruta TransAndalus desde Cazalla de la Sierra hacia la Presa de Viar. Son respectivamente de agosto y abril de 2010.
Steven Johnson juega constantemente con las dinámicas propias de sistemas en sus libros. La forma en que explica por qué y cómo suceden los acontecimientos le conduce a jugar con elementos que deben ser analizados en diferentes escalas. A fin de cuentas, la equifinalidad es una de las propiedades de los sistemas: se puede llegar por diferentes caminos a un mismo fin. Esto sugiere que no hay una mejor manera sino muchas posibles. Simple combinatoria.
En la gestión de empresas estamos acostumbrados a modas y elixires mágicos. A veces en forma de caminos únicos hacia la excelencia. Incluso quizá podamos hablar de dospuntocerismo a día de hoy, tal como lo conciben en las Indias Electrónicas. Community Managers -versión americana que mola más- o dinamizadores de redes sociales están de moda. Pero igual ha sucedido, sucede y sucederá con otras tantas posibilidades de hacer cosas en busca de la eficiciencia.
¿Cómo captar en una empresa la importancia del pequeño detalle entre tanta oferta sanatoria que puede cambiar las cosas? Me temo que no hay varita mágica. Manos a la obra y a observar de forma activa. Hay que hablar con la gente e interpretar. ¿En qué tipo de empresa estamos?, ¿quién corta realmente el bacalao?, ¿qué rol juega la dirección?, ¿qué tal ambiente se percibe?, ¿en qué proyectos andan metidos?, ¿qué parece que es importante por aquí? Y así, por esas zigzagueantes carreteras, acabamos encontrando el detalle que importe (o los detalles que importan). Pero, claro, hace falta ver el conjunto.
Conste que hay ocasiones en que el detalle aplicado sin visión global funciona. ¿Por qué no? Había posibilidades y se dieron las circunstancias. “Hacer” fue la solución: probar y observar consecuencias. Hay que tener muy presente que la parálisis por el análisis es uno de los males más extendidos en muchas empresas.
Quizá sea este el principal trabajo de quienes decimos que somos consultores. Porque uno puede saber de qué sabe, pero seguro que cada empresa es lo suficientemente compleja como para no poder presumir de que tenemos soluciones, sea cual sea la circunstancia. Ya sé que es el mismo rollo de siempre, pero no queda sino observar y buscar el detalle. A veces no tiene por qué ser una gran acción con presupuesto bien gordo. No, porque reconocemos la complejidad dinámica que se da en las empresas: causa y efecto no tienen por qué guardar una relación proporcionada.
Pongo un ejemplo que puede ayudar a entender esta filosofada que me estoy cascando. ¿Necesitamos la implicación de la gerencia en un proyecto de web social en empresa? Pues puede que sí o puede que no. Este “detalle” necesita interpretación para decidir hasta qué punto tiene sentido su participación o no. Quizá interese para que se vea que la gerencia está implicada. De acuerdo. Pero pudiera ser que, si se mantiene al margen, las cosas nacen “de abajo”, con más fluidez al no introducir la típica lentitud de decisión de muchas gerencias, que son auténticos cuellos de botella.
O sea, que los detalles importan, vaya si importan. Pero surgen de una visión global, que sea capaz de discernir flujos y dinámicas en el conjunto de la organización. Creo que por esto me gustan tanto los libros de Steven Johnson, ya sea hablando de la epidemia de cólera de mediados del siglo XIX en Londres, de la invención del aire a finales del siglo XVIII o de la forma en que las aceras de las ciudades contemporáneas condicionan sus flujos de información.
Tenía pendiente comentar por aquí mi último susedido de e-administración estúpida. Fue con Bilbao Kirolak, el servicio municipal de deportes del Ayuntamiento de Bilbao, hace un par de semanas. Es fácil de explicar y difícil de entender.
El caso es que quería pasar mi carnet de deportes individual a familiar para incorporar también a mi pareja. Como, además, mi carnet era “de los antiguos” me comentaron que podía renovarlo. Manos a la obra. La información está muy clara en la página web. Hace falta (copio-pego literal con subrayados míos):
- D.N.I. del titular y el cónyuge (Presentar).
- En caso de que el D.N.I. no presente la dirección correcta, volante de Empadronamiento.
- Una fotografía por persona mayor de 4 años. Tamaño carnet (original).
- Libro de familia. En caso de parejas de hecho adjuntar certificado. (Presentar)
- Boletín de Inscripción cumplimientado.
- Domiciliación bancaria.
Los trámites los realicé en las oficinas de Bilbao Kirolak en la calle Uribitarte. Cuando fui había un par de mujeres que atendían. En mi caso, estuve con una chica realmente amable y eficiente. Fue un trámite que nos llevó unos 10 minutos. Pero hubo dos asuntos que no entendí bien:
- Escapa a mis entendederas que yo tenga que entrar en la web del ayuntamiento e imprimirme el volante de empadronamiento para llevarlo impreso y demostrar algo que el ayuntamiento ya sabe y que podría hacer de la misma forma que yo. Quien me atendió, miró el volante y me lo devolvió. Sin más.
- Pedían una fotografía tamaño carnet original. Pues bien, delante de mí, la escaneó y me la devolvió. En el típico escáner chungo tamaño DINA4, allá que escanea la foto y me la devuelve. ¿Para eso ir a una tienda de fotos a hacerte una foto tamaño carnet “original”?
Se me ocurre que los trámites se pueden aligerar si me hubieran dejado enviar la fotografía tamaño carnet por correo electrónico (me había ahorrado pasar por la tienda y Bilbao Kirolak ese trámite). Y lo del volante de empadronamiento, estupendo que puedas hacerlo a través del transparentísimo Ayuntamiento de Bilbao, pero ¡no para demostrar nada a quien tiene ya esa información!
Las ciencias avanzan y la e-administración también. Ya sólo falta continuar aplicando sentido común. Porque la forma en que los nuevos servicios deportivos de Alhóndiga Bilbao se integran (o lo que sea) en Bilbao Kirolak empieza a ser lamentable, por no decir cosas peores. Pero de eso ya hablaremos en otra ocasión.
Insisto: la persona que me atendió, de diez.
Tengo a Seth Godin por uno de mis autores básicos -algún año de estos tengo que retomar esta página- en cuestiones de marketing. ¿O le tenía? Llevo suscrito a su blog desde hace tiempo y de vez en cuando destila ideas interesantes. Hasta ahí, estupendo. Pero… ¿lo de su último libro? Me ha parecido un panfleto infumable.
A medida que lo iba leyendo me decía: venga, tira millas, que seguro que mejora más adelante. Pero después de haberme fundido sus 250 páginas, reconozco que me he quedado con cara de tonto. Qué manera de repetir hasta la saciedad lo mismo en forma de frases lapidarias dirigidas de forma directa al lector. Recomendaciones sobre cómo esconder tu cerebro reptiliano y dar paso al artista que llevas dentro. Qué dolor de libro.
Por doquier encuentras este tipo de textos que de tanto leerlos acaban por desbordar la paciencia del mismísimo Santo Job:
No permitas que tus circunstancias o tus costumbres dirijan las decisiones que tomas. Conviértete en tu propio amo y utiliza tu voluntad para elegir. [...]
Si quieres ser un eje, el poder que aportas al conjunto ha de ser muy difícil de reemplazar. Sé más valiente y aspira a más. Que nada te detenga. [...]
Y, sin embargo, cada día, hay gente (más que unos cuantos) que lo cambia todo. Tú también puedes hacerlo. Puedes abrazar un nuevo camino y tomarlo. No te conformes. Eres un genio y necesitamos tu aportación.
Incluso la parte dedicada al regalo destila tal cantidad de proclamas sensibleras que te hace perder el norte. Las constantes alusiones a recuperar un papel de verdaderos artistas y ser mejores personas cansa. Lo puedes decir en un par de párrafos y ya está. Porque recurrir a mil ejemplos de gente como Paul, Jon, Mary o Sandy y contarte en veinte líneas sus maravillosos logros casi mágicos aburren sobremanera.
No entiendo ni la forma ni el fondo de este libro. Porque el fondo -convertirnos en imprescindibles- es tan simple que no me creo que le haya dado para un libro de 250 páginas. Hay un momento en el libro en que modestamente el autor nos dice:
Puede que la resistencia sea lo te impide abrazar las ideas de este libro. (O puede que las haya defendido mal, pero apuesto por lo primero). Estas incómodo, escéptico o directamente enfadado, pero tú no estás muy seguro de por qué.
Pues se equivoca el señor Godin. Sí que estoy seguro: no trago el lenguaje barato de feria y las veintiocho mil frases lapidarias que impregnan todas las páginas de su libro.
¿Cómo es posible que gente tan inteligente (quiero seguir pensándolo de quien ha puesto sobre la mesa las ideas de permission marketing) se ponga a escribir un libro como este? Misterios tiene la santa madre iglesia. He aquí uno más. Me encantaría que alguien que haya leído el libro (sé de gente que lo ha ha hecho y le ha gustado) me rebatiera y mostrara sus argumentos. Porque algo tiene que haber que se me ha escapado. O seré yo que estoy más tonto que de costumbre.
Lo siento, pero he sido incapaz de sacarle partido. Siempre quedan dos o tres ideas de las que tirar, pero eso no merece 250 páginas infumables. Tufo americano de gurú de autoayuda que se se sale de madre.
Comparto aquí unas palabras tomadas de una entrevista (realizada hace más de 5 años) a la que enlaza la entrada de la wikipedia en castellano sobre Marc Augé (los subrayados son míos). Conceptos sencillos para, desde mi punto de vista, verdades como puños:
—¿Sobre la importancia de la imagen para cada individuo?
—Hay una sobrevalorización constante de la imagen. Los que están en la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte, desde un cierto punto de vista, porque millones de personas los reconocen. De ahí el sentimiento de que hay que pasar a través de la imagen para existir. La mejor manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito de los reality shows.
—¿Surgen nuevas formas de relación en la sociedad actual?
—Estos nuevos modos de relación están ahí y van a multiplicarse y perfeccionarse aún más. No sólo hay que vivir con ellos, sino que hay que quererlos. La paradoja es que, en efecto, estos nuevos medios de comunicación multiplican tanto las posibilidades de relación con el exterior que pueden producir una especie de vértigo y, quizá, de soledad.
—¿Hay que adoptar y querer las nuevas tecnologías?
—Las nuevas tecnologías de comunicación, en cuanto medios, son algo extraordinario, que multiplica las posibilidades. Ahora bien, por su éxito y por los modos que toman en la sociedad de consumo, puede ocurrir que los medios se conviertan en un fin en sí, bajo diferentes aspectos. Pienso que no hay que perder de vista que los medios de comunicación son medios y que las imágenes son imágenes. Pero como vivimos en un mundo donde la realidad está repleta de imágenes, podemos dudar acerca de cuál es el nivel de realidad exacta.
—Usted señala un riesgo inherente al sobredesarrollo de las tecnologías, que es confundir los fines con los medios. ¿Cómo sería posible controlar esa relación?
—Sólo intensificando la relación con los medios y con las imágenes se podrá controlarla. Como ejemplo: si se les enseña a los niños a hacer películas, estarán menos alienados con la imagen, porque comprenderán que es algo que se fabrica. Hay que formarlos no como consumidores, sino como creadores. El nuevo humanismo es eso: formar a la gente para que controle los instrumentos. Formarlos para crear.
—¿Cómo debemos tomar, entonces, la comunicación instantánea?
—Sólo como un medio. El carácter instantáneo de la comunicación es uno de los factores que ayudan a la difusión de esa idea según la cual la historia terminó y que no hay nada más por imaginar que lo que existe. Ese sentimiento contribuye al desencanto laico que hay en el mundo. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas, lo que es sorprendente, porque, al fin y al cabo, todavía tenemos todo por descubrir.
Marc Augé es un antropólogo francés conocido en buena parte por su propuesta sobre los no-lugares, la sobremodernidad y la construcción de identidad a partir de la relación de los otros (la alteridad). De un tiempo a esta parte ando leyendo cosas suyas. Hace pensar, cosa sana.
No queda sino saludarse. A cualquier hora un cruce de miradas provoca el saludo. Gente que porta nombres, apodos, historias. Gente conocida. Pero con intimidades ocultas en pasajes anclados a la vergüenza. Una privacidad que esconde de todo. Un saber popular que atesora demonios y lindezas. Anonimato sentimental.
El pueblo es pequeño. Difuso. Poca gente, muchas miradas. Confianza y desconfianza. Pequeñas paradojas de una vida que se escapa y que poco a poco se ve relegada a exposición de museo etnográfico. Bestias de circo para observar otros tiempos pasados. Seres poco evolucionados, contingentes a las necesidades de un trabajo manual. Triste final para tanto esfuerzo.
El sol cae y la gente sale. Son los momentos de vida pública. Momentos de conversación, difíciles de comprender para no iniciados. Una jerga construida a base de constancia, de lo que se dice y lo que se calla, que termina por defender un territorio sólo comprensible para el oído local. Un lenguaje que muere y quedará enterrado en algún cementerio del recuerdo.
La gente se conoce. Cree que se conoce. Saben de quiénes son y cómo llegaron a ser lo que aparentan. Detrás queda, sin embargo, el silencio oculto detrás de esas paredes anchas. Sol fuera y sombra dentro. Luz fuera. Cegadora, intensa, como para dar fe de que algo sucede, captado por las cámaras de la vida. Con un guión lento y sucesos nimios, que da fe del juego entre la verdad y la mentira. Todo en la misma escena.
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La imagen en Flickr es de Reina Cañí.
Hoy nos hemos acostumbrado ya a convivir con las alertas. Las hay para todos los gustos y colores:
- las que nos cuentan los hombres y mujeres del tiempo, las de tipo metereológico
- los indicadores luminosos para saber que la batería se está agotando (que pasan a indicadores sonoros cuando el problema es grave)
- los mensajes preventivos sobre grandes pandemias y las medidas urgentes para evitarlas
El caso es que las alertas son eso que enciende el comportamiento racional… o irracional. Pero están aquí y en cantidades industriales. Los servicios meteorológicos viven de hacernos llegar sus alertas: ¡atención!, ¡atención! Y a partir de ahí, en general, crece un gran mercado: el mercado de la seguridad, de la prevención, de la contingencia. No eres buena ciudadana si no las haces caso, te dirán.
La sobreprotección es la respuesta enfermiza a la alerta constante. No hagas eso que te quemas se convierte en un Ya verás cómo a partir de ahora no te dejo ni que te acerques. Por si acaso. Para evitar que tomes contacto con el mal, con el problema. Lo hacemos desaparecer y todo arreglado.
El problema, según me entero, se agrava por lo que el premio Nobel Daniel Kahnemann llamó la heurística de la disponibilidad: cuanto más capaces seamos de evocar mentalmente la imagen de un acontecimiento peligroso, más probable será que tengamos miedo de ella (Jeffrey Kluger, en Simplicidad, pág. 186). Lógico, porque como seres humanos somos capaces de imaginar. Así que una buena manera de meternos el miedo en el cuerpo es que seamos capaces de percibirlo. Cuanto más real, mejor.
Pero insisto en que no hay mal que por bien no venga. El pánico al terrorismo construye una inmensa industria de la seguridad. Que por supuesto pasa al sector privado, porque todo el mundo sabe que lo privado funciona mejor: peores sueldos, peores condiciones para la gente que trabaja, más capacidad de despido. Vamos, mucho mejor que esa cuadrilla de vagos funcionarios que lo mismo ni me torturan bien a los detenidos.
Otra de las grandes industrias que se alimenta de la alerta son los medios de comunicación. Necesitan tremendismo, al más puro estilo de La familia de Pascual Duarte. Caña al mono. Portadas dramáticas, que eso se lee más fácil que el simple titular informativo. Todo un nuevo estilo periodístico: El Caso se apropia de la prensa generalista. El Telediario se convierte en una retahíla interminable de acontecimientos a cual más triste y sanguinario. Muertos, epidemias, inundaciones, atentados, matanzas. Dramas que consumen prime time.
Os dejo con otra cita del colega Kluger en el mismo libro que citaba antes (por cierto, ya terminado… y tampoco era para tanto):
En un mundo saturado de medios de comunicación, ni siquiera tenemos que idear nuevos peligros, puesto que los periódicos, la televisión y los cambios en las alertas terroristas, de naranja a rojo, ya lo hacen por nosotros.
O sea, no te preocupes. No tengas miedo por ti misma. Ya te lo inducirá la Administración acompañada del sistema mediático, tanto el tradicional como el de los social media que dicen hoy. Feliz sábado en La sociedad del riesgo.
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La imagen en Flickr es de KidLoko.
Ayer, como otros días, dejábamos pasar la tarde. Al fondo se veía Cazalla de la Sierra, este pueblo al que me trajo de ruta la TransAndalus y al que hemos vuelto para estar quince días ahora en agosto. En las manos un libro que explicaba la complejidad de los deportes de equipo y cómo la estadística lo puede simplificar todo. Pero la cabeza se iba para otras cosas. Vete tú a saber por qué.
La primera tenía que ver con los latifundios. Aquí -como cada vez en más partes- el territorio está vallado. Alambrada a un lado, alambrada a otro. Entiendo ahora mejor el porqué de la existencia de grupos de lucha como adesalambrar.com. Serán cosas del progreso: esto es mío y no tuyo; por aquí no pasas. Una lógica de distribución de riqueza que representa cada vez más al primer mundo. No hay coeficiente de Gini que lo pare.
Otro pensamiento tenía que ver con la forma en que se vive por aquí. Claro que es verano y eso marca lo que se puede y no se puede hacer, según las horas del día. Para nuestra sorpresa no está haciendo calor. Pero si llega a apretar es evidente que las horas centrales del día no sirven para gran cosa. Sí, claro, como sauna natural… que la gente del lugar evita sin alardes. No tiene sentido ver quién aguanta más la chicharra. Locos nórdicos.
Cazalla es un pueblo. Sí, porque no hay un supermercado grande de esos que conquistan las afueras de cualquier población que se precie. No, no ha llegado ese edificio con aparcamiento delante. Si quieres comprar, reparte tus pasos por los diversos pequeños comercios del pueblo. Sabiduría que tiene los días contados, me temo. Compraventa distribuida que muere a manos de la competitividad. Hay que joderse.
Así que el tiempo pasa despacio en esta segunda quincena de agosto. Cazalla de la Sierra, un lugar inserto en un moderno parque natural, el de la Sierra Norte de Sevilla. Un parque que muere en la frontera con Extremadura. Política que separa a la geografía cuando la artificializa. También es signo de progreso. Ves senderos balizados aquí y allá, pasto de un vandalismo hondamente anclado en las costumbres populares. Sí, esos carteles indicadores están ahí para ser devorados por alguno de los muchos descerebrados que conforman la sabiduría de la multitud. Pues va a ser que no.
Y así dejamos pasar el tiempo. Decir, eso sí, que por fin me ha enganchado una novela de Ian Rankin. Me he cepillado en tres días las cerca de 600 páginas con varias tramas que implicaban a un sórdido John Rebus. Ahora sólo queda terminar tres libros de esos serios que ando leyendo y que alimentan de ideas aburridas a este blog. Lo siento, pero es lo que hay. Disfruta allá donde estés. Noe también contará su punto de vista, ya lo veréis. Os dejo, que amanece. Dejo aquí guardados los pensamientos de la tarde de ayer.
Vamos a tener ley de transparencia acceso a la información pública. Albricias. Justo lo que necesitaba para darme cuenta de que no, no es como parece. La transparencia requiere una ley que indique qué transparentar y como hacerlo. En realidad, si habláramos en términos cuantitativos quizá fuera mejor hablar de la ley de opacidad, ¿no? Porque gestionar la transparencia es ocultar lo que no interesa. Ha sido, es y seguirá siendo así. Tampoco nos vamos a sorprender a estas alturas de partido.
Pero vamos a pensar bien y a considerar que la transparencia gana terreno. ¿En términos absolutos o relativos? Hay más cantidad de información disponible, pero cada vez es más evidente que manejar de forma adecuada esa información es poder y “poder” es palabro delicado. Sobre todo cuando sirve para ganar dinero en un círculo vicioso que se retroalimenta a sí mismo.
En realidad, todos reconocemos que la transparencia no es buena per se, siempre. Es algo que percibimos e interpretamos según el color del cristal con que miramos. Supongamos que estoy muy enfermo: ¿me dices la verdad para que lo sepa? Depende. Depende quién seas y cómo prevemos que puede afectarte saber la verdad. Quizá con ella en la mano mueras antes por la sola angustia de saber que estás muy enfermo. Quizá nunca me hubieras perdonado que no te lo dijéramos.
Así que se trata, efectivamente, del derecho a saber lo que sabes de mí. Luego veremos qué hacemos con eso. Y ahí se encierra toda la complejidad del asunto. Comenzando -gran paradoja- porque galopamos a través de las redes sociales basadas en Internet en una producción inmensa de información sobre nosotros mismos… de la que apenas una pequeña parte de la población parece consciente. Lo de siempre, la primera labor es hacernos conscientes de lo que hacemos.
Yo, por supuesto, aplico todos mis prejuicios: no me fío un pelo. Cuando muchos de los políticos que nos gobiernan hacen lo que hacen con la información que poseen, entonces, cuando menos, hay que ser precavido. Juan Varela cita (imprescindible leer su artículo, como siempre) tres asuntillos delicados de lo que comenta El País respecto a la futura ley de acceso a la información y que se proponen como excepciones: la propiedad intelectual, los intereses públicos económicos o comerciales o el secreto requerido en procesos de toma de decisión.
Échate a temblar por este coladero. Tres asuntos demasiado serios, ¿verdad? Claro que este tipo de ley parece mirar a la Administración y lo que ella sabe de mí. Pero, seamos realistas, ¿no sería más lógico legislar para que las empresas privadas cumplan a rajatabla eso que se supone va a regular la futura ley de acceso a la información pública? Si la Administración se ha ahuecado dando paso a una subcontratación bestial de actividades -incluyendo las intensivas en información personal-, ¿no sería lógico que la ley mirara a esas empresas que tanto saben de nosotros?
Sí, claro, me refiero Facebook y compañía. Ya que se privatiza todo, que alguien se ocupe de legislar estos asuntos. Lo digo porque lo mismo vemos una pregresiva privatización facebookización de la Administración. Tiempo al tiempo.
También escriben sobre esta nueva ley en Administraciones en Red. Seguro que le dedicarán espacio a este asunto en el futuro (como ya le han dedicado antes, por supuesto). Estaremos atentos a las pantallas
Más sobre transparencia en este blog:
Alrededor de la casa de mi madre en Urioste hay un follón de manda mandre. Allí cerca comienza la Super Sur. Se trata de una obra faraónica que taladra los montes cercanos para, vía túneles, evitar tráfico en la actual circunvalación de Bilbao. Será de peaje, según parece. Por allí se incrementará la capacidad del sistema de absorber tráfico. Grandes noticias. O no tanto.
El otro día ya comentaba que leyendo Simplejidad, de Jeffrey Kluger, encontré un capítulo dedicado a los problemas de tráfico. Se maneja esa idea tan simple de la que tanto escribió Goldratt: los óptimos locales no conducen necesariamente a un óptimo global. Lo habitual es que el cuello de botella se desplace a otro lugar. Pan para hoy y hambre para mañana.
Si abrimos otro túnel o construimos otro puente en una ciudad abarrotada al principio el resultado es exactamente el esperado: repartir un número determinado de coches por más arterias y agilizar las cosas para todo el mundo. Pero el hecho de poder conducir más deprisa anima a que más personas cojan sus coches por la ciudad, saturando nuevamente el tráfico hasta que todo vuelve a ser como antes.
Relaciono esto con el coeficiente de Gini, del que también hablaba cuando citaba alternativas de medir cuando nos movemos con modelos de empresa abierta. Este coeficiente plantea una forma de medir cómo se distribuye la riqueza.
Uniendo todo ello, la conclusión me parece evidente: si no conseguimos que la eficiencia se distribuya más o menos por igual dentro de una organización, de poco servirán esfuerzos locales. Este enfoque nos llevaría a:
- redistribuir la masa salarial para evitar las enormes diferencias de retribución que se dan hoy en día
- aplanar la organización para distribuir responsabilidades de manera más homogénea
- evitar diferencias en los derechos de las personas que trabajan
- no buscar la optimización de ciertos recursos, dejando siempre un espacio a la imperfección y tolerando (si no impulsando) ineficiencias
- relajar los controles que tienden a una medición específica de partes muy concretas del sistema (aunque puede ser útil disponer de alertas para desviaciones excesivas)
Todo esto apunta a un modelo que pivota sobre dos ejes:
- Aceptar que somos humanos y erramos, lo que aconseja modelos organizativos que no tiendan a la excelencia. Esto porque, hasta cierto punto, se provocaría la deshumanización del sistema.
- Impulsar actividades que tiendan a una redistribución más equitativa de recursos y resultados, donde lo que importa es la eficiencia global (hasta donde sea posible) del sistema.
O sea, que a lo mejor conviene recular y reinterpretar lo que ocurre cuando una y otra vez encontramos una distribución de personas cuyas capacidades se reparten según la campana de Gauss. Tender a la excelencia está bien, pero allí a lo mejor te quedas haciendo solitarios. ¿Por qué? Porque puede que no tengas muchos compañeros de viaje. Aunque, claro, hay muchas formas de viajar
El arabesco lateral es ese extraño principio recogido en las leyes de Murphy que otorga cargos ininteligibles a personas que han alcanzado ya su máximo nivel de incompetencia. Una vez llegados a esa cúspide, el sistema es capaz de tragar su ineficiencia apartando a puestos staff a los directivos que tuvieron éxito en niveles inferiores. Si el arabesco lateral se aplica con insistencia obtenemos una organización rebosante de sinsentido pero muy humana y divertida. Por supuesto, siempre que no sea necesario ser competitiva, como ocurre tantas veces.
Es fácil detectar el uso del arabesco lateral a través de la existencia de los “cementerios de elefantes“. Suelen ser lugares donde la materia gris ha quedado aplastada en sillones de cuero, mullidos y cómodos. No es fácil saber cómo repartir las culpas: si buscar el origen en maquiavélicas prácticas de la empresa o por el contrario el virus estaba ya inoculado en la persona. De todo hay en la viña del señor.
Así que no sólo de pan vive el hombre. Hay que hay que buscar explicaciones a la ineficacia y al éxito en la jerarquía. Ian Rankin asigna en Black&Blue al taciturno y gris inspector John Rebus este pensamiento tan de sabiduría popular:
El subdirector Colin Carswell, ayudante del jefe de Policía. Era de Yorkshire, lo más parecido a un escocés que ser un inglés. Llevaba en la dirección territorial dos años y medio y hasta el momento nadie había hablado mal de él, lo que le hacía merecedor de aparecer en el libro Guinness. Había habido un poco de desorganización durante los meses siguientes a la dimisión del anterior director hasta el nombramiento de otro nuevo, pero Carswell supo hacerse con el timón, aunque algunos opinaban que era excesivamente apto, por lo que nunca llegaría a jefe supremo. En la territorial de Lothian y Borders solían presumir de un jefe supremo y dos ayudantes, pero uno de éstos había pasado a ocupar el cargo de director de Servicios Corporativos, empleo que nadie del Cuerpo sabía en qué consistía.