Friday, Aug. 22, 2014

¿Empleo de calidad en cultura?

Forges y el entreguismoEl pasado lunes participé en una jornada de trabajo organizada por el Gobierno Vasco en la que se relacionaba “empleo” y “cultura”. El puente habitual, por supuesto, suele ser la creación de empresas potentes. Pero en el caso de la cultura esas empresas manifiestan unas características muy concretas: un porcentaje elevadísimo de microempresas, una temporalidad de escándalo en la contratación y una cantidad de personas que trabajan como autónomas también muy considerable.

En la presentación el lehendakari hablaba de “empleo de calidad” mientras se hacía alusión a esa definición tan profunda de la cultura que hace la UNESCO y que se recoge en la wikipedia. Esta visión optimista está relacionada con la elevada cualificación de las personas que trabajan en este sector, el carácter innovador y a la conexión con lo local. En la información que recoge Kulturklik sobre la jornada se dice:

La actual coyuntura socioecónomica ha puesto de manifiesto la necesidad de diversificar las actividades económicas y apostar por nuevos ámbitos de producción. Desde el Gobierno Vasco, se apuesta por el impulso de las industrias culturales y creativas como garantes de empleo y promotoras de la transformación del modelo económico.

La innovación, la creación de empleos de calidad para personal especializado, la capacidad para impulsar el desarrollo del territorio y el valor de un trabajo centrado en el fomento de actitudes positivas en nuestra sociedad, son algunas de las claves de esta industria, que tiene protagonismo en la estrategia Europa 2020.

Así que una de las grandes esperanzas blancas para el progreso es que la cultura se convierta en motor y símbolo de progreso. Claro que necesitamos “un tipo de cultura” para que esto sea así. Por supuesto que debe ser inclusiva, empezando por el deporte, que a fin de cuentas todos sabemos que, para la economía, es bueno que la Real esté en Primera División o que Baskonia gane la liga de la ACB. Luego, claro está, al margen del gigantismo hay una amplísima red de ¿negocios? de entre 0 y 2 trabajadores (el 78,4% de las empresas). Pero trabajadores culturales, cualificados y felices, incluso autoexplotados.

Pero sobre todo, para que sea motor y símbolo de progreso, necesita aceptar los estándares que el poder económico determina. Es decir, necesita supeditarse a los objetivos. Eso de “crear por crear” no tiene sentido en un moderno estado de derecho. Hay que “crear para”. ¿Para qué? Para que mediante un anuncio de 20 segundos me compre un coche con el que se me saltan las lágrimas mientras eyaculo de felicidad, para que el filantrocapitalismo nos llegue al corazón o para que un presidente de los Estados Unidos de América use una serie de televisión para explicarse mejor, como recoge Christian Salmon en su libro Storytelling. La cultura necesita ser de una determinada forma. Punto pelota. Y si no lo entiendes, te quedas sin dinero público. Porque con el privado ni lo sueñes, claro.

¿Empleo de calidad? La cultura no consigue ese tipo de empleo de acuerdo con los estándares al uso. ¿Quien trabaja en la cultura es feliz con su vocación/profesión pero infeliz con la forma en que la lleva a cabo? ¿Es necesario organizar de otra forma a toda esa ingente cantidad de espíritus libres para que atemperen su carácter dentro de cubículos llamados empresas con todo bien organizado, su consultoría por detrás y su certificación según norma ISO o su modelo de excelencia avalado por EFQM? Pues va a ser que sí, según los estándares de lo que se entiende por una empresa como dios manda. A ver, enséñeme el DAFO. ¿No lo tiene? Pues queda usted detenido.

El empleo en la cultura no es ni será de calidad para los estándares del sistema. Así que el sistema puede que intente cambiarlo. Como alguien meta mano con un análisis estratégico de los de 200 páginas de consultoría bien pagada, que se eche a temblar el espíritu libre, que se va a enterar de lo que es la competitividad. Porque la cultura, para que aporte al PIB, haga lucir a una región, y sea motor de transformación, va a necesitar pasar la prueba del algodón de la santa productividad. Amén.

Mi reflexión se repite: ¿debe la cultura adoptar los estándares de la competitividad económica para conseguir empleo “estándar” de calidad? La Administración se ahueca, ya lo dijo Naomi Klein. Y la cultura se desplaza de la creación a la comercialización. El estándar del mundo moderno económico pasa por el éxito. ¿Tienes éxito? Ven para acá, que te queremos. ¿No tienes éxito? Pues dedícate a otra cosa, fracasado de los cojones.

Bueno, en fin, tranquilidad. Que ya deja de llover (por fin). Hay datos interesantes en el informe de análisis de las empresas, empleos y mercado de trabajo del ámbito cultural de la CAE (resumen de indicadores). Conviene echar un vistazo si te mueves por estos territorios. El informe evidencia ciertas contradicciones pero creo que tienen que ver en buena parte con el galimatías irresoluble de definir qué es sector cultural y qué no lo es. Cada cual verá lo que quiera ver.

Por cierto, de la jornada (aquí todas las ponencias) me quedo con las reflexiones de Víctor Fernández Blanco sobre la condición de artista, el desenfado de los planteamientos extremeños de Guillermo Varela, las reflexiones sobre territorios que hizo Montserrat Pareja y, cómo no (pero esto es peloteo) con el permanente sentido paradójico de María ptqk. Ah… y la insurgencia emergente de Ricardo Antón. Silvia, un placer charlar de nuevo a ratillos contigo ;-)

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.