La mujer muerta
El día amaneció idéntico al anterior. Un frío estremecedor, vacío y ominipresente. La habitación estaba en calma y el sol se colaba desafiante por la ventana. Afuera, la típica mañana de invierno castellano no dejaba lugar a dudas. Un día simple, directo, sin ambages, rotundo.
Ella estaba muerta, vestida sobre la cama. La sangre se había acumulado sobre el cadáver. Aunque las sábanas no podían ocultar aquel rojo intenso, tampoco resultaba tan estridente como Ángel pensó al principio. Él estaba quieto, sentado, mirando por aquella ventana cegadora, con la mirada colocada en un árbol cercano. El cuchillo sí resultaba descomunal abandonado a los pies de la cama.
Matar resultaba algo excepcional. Sí, una excepción que confirmaba una regla nunca antes traspasada. Sus manos estaban limpias. Había leído muchas veces lo difícil de limpiar la sangre, pero ahora ya tenía experiencia. Una primera vez que siempre recordaría. Había comenzado por lo más fácil: una mujer. Para qué hacerlo más difícil. Su inteligencia daba para esto: cruzar la línea era algo tan sutil que no debía rebuscar grandes acontecimientos. Una muerte rápida, anónima, oculta en bajo los escombros de la sociedad.
Decidió apagar la televisión.




M@k, el Buscaimposibles
20/12/2009 at 14:53Qué imagen más "dexteriana" has elegido...