Lo reconozco: no soy capaz de seguir la invasión de herramientas. Mi curiosidad tecnológica tiene un límite y hace tiempo que el vaso ha rebosado. Tengo cada vez una menor capacidad de asimilar. No le veo sentido a incorporar una herramienta nueva cuando la que uso me funciona.
Nunca voy a estar en punta de lanza. Tengo que dejar que sean otras y otros quienes prueben. Eso sí, necesito consejo. Pero, ¿de quién puede provenir? Esta es la clave. Busca a alguien en quien tengas confianza, un friki con entendederas. Bueno, o una friki, claro. Delega la velocidad cacharreril, pero no pienses que no es relevante. Hay que gestionarla y cada cual debe buscar sus estrategias.
Soy viejo porque tengo un blog desde hace más de 4 años y sigo con él. He resistido a las ansias fragmentarias del siglo XXI. Sigo escribiendo mi diarrea mental. Por eso soy mayor, porque la gente que estudia en la uni lo ve como algo que hace la gente mayor. Si hasta lo de twittear es de gente mayor. Tengo todos los síntomas. ¿Es grave, doctor?
Pero no quiero terminar este artículo sin dar una receta bien sencilla contra este mal de nuestro tiempo: procura trabajar con gente más joven que tú. No sólo con esa gente, pero sí asegúrate de que son más de una o dos personas las que tienen diez o veinte años menos que tú. Yo tengo suerte: Jokin, Aitor, Iván y David son todos más jóvenes que yo. Sí, tengo el gran problema de que ninguno de ellos son mujer. Pero eso lo vamos a arreglar pronto.

Una pequeña aclaración tras leer y responder a los comentarios del artículo relacionado con el marketing y la consultoría artesana.
Ni de lejos mi intención es sentar cátedra y generalizar. Lo que estamos proponiendo es un modelo real, que estamos practicando, nada más. No es de aplicación en todo caso ni en todo tiempo o lugar. Tiene sentido para determinadas personas que pueden sentirse cómodas con una forma de entender sus vidas y sus carreras profesionales.
Por ejemplo, la lógica me dice que una persona con 30 años tiene muy difícil atravesar la puerta de la artesanía con naturalidad. No digo que no pueda hacerlo, pero es más complicado. En este sentido me vuelvo absolutamente carca y tradicional: la experiencia es un grado. Buena parte de la artesanía se cuece a fuego lento. Pero claro que las personas más jóvenes (que este señor mayor que escribe) tienen otros valores que aportar. Tan valiosos como los que proponemos quienes pasamos ya de largo los cuarenta añitos.
Que yo diga que no hay que hacer marketing no quiere decir que una empresa no deba trabajar su marketing. Lo que estoy diciendo es que una actividad artesanal no puede utilizar los mismos esquemas de la apisonadora macroempresarial o de la consultoría multinacional. No debe entrar en ese juego porque tiene todas las de perder.
Por supuesto, toda competitividad viene de hacer las cosas bien. Pero yo sé, por supuesto, que hago cosas mal y que tengo serios defectos. Y no me los quiero callar. Lo coges o lo dejas, tú decides. Porque con esos defectos voy a seguir viviendo de mi reputación, buena y mala, mezcla de diferentes sabores. ¿Por qué alguien te envía un correo para que le eches un cable en su proyecto? Pues no lo sé, pero la realidad es que ese correo ha llegado. Gracias.
No podemos utilizar las leyes de la inercia que acompañan a la consultoría tradicional. Pero este tipo de consultoría ha existido, existe y seguirá existiendo. Y que cuatro zumbados nos pongamos a escribir sobre la consultoría artesana ni les va ni les viene. Les entrará por una oreja y les saldrá por la otra, tanto a determinados clientes como a otras empresas de consultoría con las que nos encontraremos en el camino. Incluso habrá quien se parta la caja o quien nos vea como unos chulos prepotentes. Sin problemas.
Así que no cabe duda de que “artesanía” sugiere la puesta en práctica de otras formas: que cada proyecto de consultoría que emprendemos es una compleja obra llena de matices, que la química personal con el cliente es base de nuestra satisfacción (y de la suya) o que entremezclamos aportación profesional y personal (porque no podemos discernirlas). En definitiva, que estamos por la labor de ser personas a través -también- de una actividad profesional que nos define.
No es comparable la explosión de lo que se llamó web 2.0 con lo que está pasando hoy en día. Por primera vez creo que mi vecina del quinto un día de estos en el ascensor me va a decir algo del Facebook. Sí, creo que el fenomeno de masas ya está aquí: se llama Facebook si eres vieja/o y Tuenti si eres joven. Y claro que “vieja/o” es resultado de nuestra propia percepción. Yo voy a usar “Facebook” en este artículo, pero no me lo tomo a mal conmigo mismo. Nos conocemos demasiado.
Nada de twitter, no, no. Twitter es de frikis y de gente que se siente cómoda con la cacharrería. Facebook es socialización en 2009, es vida de verdad. Para lo bueno y para lo malo. Los sociólogos ya saben a dónde mirar para descubrir tendencias y estilos de vida. Con reglas antiguas y reglas nuevas. La humanidad está colonizando el planeta Facebook. Y lo está haciendo a lo bestia.
¿Hay nuevos estándares de relación entre personas con el advenimiento del dios Facebook? No lo sé, supongo que sí y no. Hay graciosos de toda la vida, cabronazos y gente enrollada. Hay trolls y lurkers. Pero unos y otros se funden en el mismo planeta. No hay más que ver cómo chuta el Facebook de cualquier retransmisión deportiva que se precie. Se juntan imbéciles y gente bienintencionada. Comparten barra del bar, todos entremezclados. Un follón que de momento nadie parece poder parar.
Así que las empresas, ¿qué pueden hacer? Ir a allí donde está el tomate. El planeta Facebook también va a sufrir la colonización del capital. Porque allí está el negocio. Llega la invasión de las ofertas selectas vía Facebook. Alguien va a empezar a usar las zanahorias en plan masivo: compra más barato en Facebook, siéntete especial ejerciendo tu rol hiperconsumista, sé feliz causando admiración entre tu red de amigos.
Facebook, definitivamente, ya está aquí. ¿Cómo lo sabes? Cuando esa gente que nunca pensaste que lo haría, lo acaba de hacer. Y encima te envían petición de amistad. La que está liando Zapatero…
Vender, venderse, estamos para ganar dinero, hay que ser competitivos, tenemos que comunicar lo que hacemos, publicidad y promoción, las no sé cuántas P del marketing, tensión en el mercado, buenas ofertas, gestión de la satisfacción de nuestros clientes, medición, medición, medición, agasajar y cultivar relaciones. Bla, bla, bla, bla.
Pues va a ser que no, que no podemos trabajar de la forma en que los libros de marketing dicen que tenemos que hacerlo. Porque el 99,9% de esos libros no conciben nuestro modelo de consultoría. Asumen un mercado en el que competir significa que debes ganar mientras el vecino muerde el polvo. Esto es una guerra y hay que sobrevivir. Así que ármate de de tarjetas (yo no las uso), apunta bien hacia el centro de la diana y sé un sabueso capaz de apretar bien a la presa hasta que sea tuya. Y si consigues cliente fiel y cautivo, mejor. Pues va a ser que no.
Reconozco, por supuesto, hay una línea muy sútil que separa la simple comunicación de la venta. No debemos vender, sino hacer. No en los términos clásicos. Ante la duda mi modelo pasa por no presionar. No tengo plan comercial ni invierto en publicidad ni estoy pensando en cómo hacer para que me conozca el mundo mundial. ¿Por qué? Porque ni me lo pide el cuerpo ni sería “competitivo”. Sin embargo, esto no obvia para que sea fundamental contar lo que haces y lo que piensas. Pero olvida la cantinela comercial.
Cuidado con este enfoque. En muchos sitios no funcionará. Son importantes las pautas culturales: ¿cómo es el mercado en el que te mueves? A veces pienso que si trabajara en Madrid o Barcelona el enfoque debería ser diferente, pero lo desconozco; no sé cómo será allá. La globalización fracasa de vez en cuando: no consigue -menos mal- homogeneizar la actividad artesanal. Los miles de microsegmentos que hemos creado son, hasta cierto punto, territorio inhóspito para la globalización. Aunque, por supuesto, hay normas de mercado que son comunes. No habitamos los mundos de Yupi.
Difícil será ver un catálogo de producto de un artesano, difícil ver publicidad, difícil una actitud comercial agresiva. Nos movemos en la paradoja de la marca personal y en una extraña soledad compartida. Tenemos otras maneras, basadas en la lógica de territorios más pequeños. En un pueblo nos conocemos todos: la consultoría artesana crea barrios. De acuerdo que con mayor movilidad que los que requieren ladrillo; pero son barrios. Y allí nos conocemos casi todos. La transparencia no tiene que ver con Internet, sino con la actividad del día a día (también en Internet, claro).
Suena raro, pero nuestra inversión en marketing clásico debería tender a cero.
Una de las características más potentes de una ¿empresa? abierta es la autenticidad de su propósito. No, no sirve cualquiera. No sirve cualquier ensalzamiento del mejor producto para satisfacer no sé qué necesidades del cliente-rey. No, no sirve y deberíamos huir de palabras huecas, porque las hay a tutiplén. Dan lástima si no fuera por lo que engañan.
Yo concibo la consultoría como una mezcla de lucro y no lucro. Creo que acabamos siendo consejeros, terapeutas, mentores, coaches (que dicen hoy), amigos, colegas. Todo un abanico de diferentes formas de acompañar y aconsejar. Pero no podemos entregar nuestro trabajo a cualquier fin. De nuevo tiene que ver con la necesidad de rechazar trabajos, pero es que muchas empresas no son sociales y no deberían ser nuestros clientes. Cuanto más marketing hagan de su responsabilidad social social, más tenemos que desconfiar: son las empresas que dan miedo.
Yo sé que tengo pendiente aportar más a la sociedad. Que pague religiosamente una mínima cantidad todos los meses a Amnistía Internacional no deja de ser sino algo dirigido a tranquilizar mi conciencia. Pero no, no puede ser sólo eso. Tenemos que ser empresas sociales, comprometidas con causas dignas, que mejoren la mierda de planeta que otras empresas van dejando. No todas, por supuesto. Y en esta cuestión muy importante parece nuestra capacidad de asociacionismo porque sí que a veces la consultoría artesana, por mucha red que impulse y utilice, no llega a provocar mejoras significativas.
No concibo un proyecto artesano que no esté pensando en que el reconocimiento principal sea el que le viene de la sociedad en la que inscribe su actividad. Ni cuenta de resultados ni facturación; la unidad de medida se diluye en otros indicadores de mucho más largo alcance.
Así que cada artesano debería explicitar cuál es su contribución a la sociedad. Y debe figurar en letras bien claras en su argumentario (creo que yo, por ejemplo, lo tengo pendiente). ¿Esto supone trabajar dentro del tercer sector? Pues sí y no. Sí, porque la aportación a la sociedad que explicite el artesano encajará perfectamente en lo que se espera de una empresa del tercer sector. Pero no. No, porque se concibe también dentro de un mercado movido por unas reglas de competitividad que son las que son.
Hechos son razones y la consultoría artesana tiene que buscar contribuciones concretas que la conecten con la realidad social. Y no sólo para “acompañarla” sino para transformarla. Esto -y es la gracia del asunto- puede hacerse de múltiples formas y con una variedad casi infinita de colores.
Como veis, seguimos tirando del hilo de las características de la consultoría artesana, sea lo que sea.