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Wednesday, Aug. 24, 2016

Empresas que no dejan ver el bosque

img_1296Hay quien me dice que mi visión de la “empresa” es muy limitada, que caben marcos más amplios, que no todo el monte es orégano, que dentro de esos límites se pueden y deben mejorar muchas cosas. Claro que mi vida profesional ha transcurrido durante doce años allá dentro y todavía hoy vive condicionada en gran parte por esto que llamamos “empresa”. Cada cual habla desde sus experiencias y la forma en que las va interpretando.

Ya he escrito muchas veces por aquí sobre si hoy en día las empresas hacen falta o no. Sigo pensando en el derrumbado criterio de los costes de transacción de Ronald Coase. Por eso, para no repetirme, me remito, entre otros, al artículo ¿Necesitamos empresas? Pero, a lo que íbamos. Yo voy a seguir metiéndole caña a la idea actual de empresa, de esas que suponen más del 90% de lo existente, porque creo en otros modelos de organización.

Amalio A. Rey manejaba de forma muy inteligente la idea de empresa como “buffer de seguridad”. Claro que cuando se lo preguntas a los ex de Altos Hornos de Vizcaya o a la gente que trabaja en automoción hoy en día, el supuesto buffer está en cuestión. La “seguridad” de la nómina mensual es ahora una ilusión. Y cuando deja de ser realidad, el panorama es dantesco porque las personas se han hecho empresa-dependientes y han perdido buena parte de su capacidad original de “buscarse la vida”.

Una empresa con máquinas consigue otra ilusión percibida: como hay máquinas a las que alimentar hay trabajo. La máquina necesita materia prima y mientas haya piezas que fabricar, el binomio máquina-empresa proporciona cobijo al humano, que vive no ya esclavo de la propiedad sino del proceso de trabajo. Esta idea de “dar de comer” a la máquina es una perversión en sí misma por cuanto remite la seguridad a un factor ajeno a la propia persona. Sobre la empresa como organizacional maquinal, podéis leer Guías para la transformación (pdf descargable), el libro de Maite Darceles. Ella lo explica mejor y con más detalle.

En la empresa industrial parece que los árboles no dejan ver el bosque. Hace falta inversión para que nuestra mano de obra tenga ocupación y consiga su ración de seguridad. Ese trabajo físico que desprende olor a taladrina garantiza que hace falta la “entidad” empresa. ¿Cómo las personas van a fabricar si no hay un inversor capitalista o un grupo de cooperativistas que decidan que allí se puede ganar dinero? Además, la máquina genera dependencia: hay máquina luego hay trabajo. No hay máquinas, pues no hay trabajo. ¿Dónde queda el trabajo con nuestro cerebro y con nuestro corazón? ¿No hay trabajo si no hay máquinas? ¿Sólo hay trabajo “de verdad” si hay máquinas de por medio?

Por otra parte, en las empresas siempre hay que hablar de los sistemas de gestión. ¿Quién y cómo se decide? Comienza el tortuoso viaje para hacer posible lo imposible de explicar. Las personas son segmentadas según jerarquías, sean organizativas y falsamente aplanadas, o sean retributivas y salvajemente agrandadas. La cuestión es que se separa el pensar del hacer. La complejidad en la toma de decisiones y en la gestión en general requiere el desmenuzamiento humano: tú esto, tú esto otro, aquél tal cosa y así hasta donde haga falta. Luego, claro está, recuperar todo eso en la ventanilla única es imposible. La persona ya ha sido troceada y no hay cirujano que recomponga la fisiología al completo… y mucho menos el corazón.

No cabe duda de que seguimos que tener trabajando con lo que tenemos: empresas. Pero los condicionantes son demasiados. Por ejemplo, ¿cómo tratamos a las personas que se incorporan al mundo laboral? Se está produciendo, me temo, un choque generacional que produce un daño irreparable. No vamos a disponer de una segunda ocasión para causar la primera impresión: todo ese ejército de mileuristas es una bomba de relojería que va estallar en las manos de la empresa, de la empresa oficial tal como la concebimos. Nadie en su sano juicio querría algo así.

Así que la realidad de las empresas se define sobre todo por:

  • su pretendida unidad de funcionamiento: visión, misión, valores y objetivos
  • su perímetro de producto/mercado, que define en qué hay que andar metido y en qué no
  • su perímetro de seguridad física, mediante el que recibimos instrucciones de qué está permitido puertas adentro y qué hay que cuidarse compartir puertas afuera
  • su sistema de toma de decisiones falto de democracia, supeditado al objetivo final de ganar dinero
  • su necesidad de competir contra el vecino, que conduce a las prácticas que hagan falta (luego podemos ver las multas a diversas empresas, la producción en países del tercer mundo con personas mano de obra barata y todas esas menudencias que la comunicación corporativa se encarga de tapar)

Y dicho todo lo cual, las empresas siguen aquí. Desde hace muchos, muchos años. Son una institución de hondo calado social. Como el estado, el ejército o la religión. ¿Son el futuro? Si tuviera 20 años buscaría alternativas. Pero como tengo cuarenta y cuatro, pues también.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

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