Tuesday, May. 22, 2012

Quizá haya que tomar otro sendero

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27/09/2008


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Desde luego que cada cual decidirá según sus circunstancias. Hay quien hace quinquenios y quien aletea de flor en flor laboral. Yo soy de esa gente que cree en los ciclos, en los cambios más o menos profundos cada cierto tiempo. En mi caso, tras un par de años titubeando para entrar decentemente en el mercado laboral, aterricé en consultoría. Fueron 6 años en LKS. Luego me fui al otro lado: a la empresa donde sucedían aquellas cosas que yo redactaba en informes. Otros 6 años en Maier. Toda una sarta de experiencias en lo bueno y en lo no tan bueno, real como la vida misma. Ahora ya estoy en el sexto año de consultoría artesana. ¿Hay que cambiar y volar hacia otra flor?

Tengo sentimientos contradictorios. Hay muchos proyectos entre manos, muchas expectativas. Y también realidades. Un par de sueños (inconscientes) se han hecho realidad: tenemos un grupo de investigación en torno a “la cosa que sea la empresa abierta” y Aprendices es una comunidad atípica que representa mejor que cualquier otro ejemplo el poder del aprendizaje informal. Al mismo tiempo, veo a mi alrededor gente joven que interioriza infinitamente mejor que yo los cambios que se derivan de la web social. Me estoy haciendo un carcamal y sigo sintiéndome demasiado cascarrabias. Carcamal y cascarrabias.

A Koldo Saratxaga le escuché la expresión: “hay que airear las organizaciones”. Es una expresión que enseguida me gustó. Traducida a mi negocio: tengo que airear mi actividad profesional, tengo que airear mi microempresa. No quiero que mi otoño se quede sin subir una tarde con la bici a las campas de Urbia o sin hablar con las vacas, las yeguas y los caballos. Si eso pasa, si pasa que no subo, entonces urge tomar otro sendero.

Por aquí sólo pasamos una vez. Hay un tiempo y no es cuestión de no confundir las prioridades. Quizá estoy demasiado apegado al hedonismo, pero de vez en cuando las señales de alerta se disparan. Y no por desconectarlas dejan de sonar en la conciencia.

Miras hacia atrás y descubres errores. Algunos más recientes, otros semiocultos en la espesura de una actividad demasiado frenética. Hay quien dice que no puedo estar sin hacer nada. En realidad, no puedo estar sin pensar, sin imaginar, sin darle vueltas a las cosas. Sé que me resulta muy difícil colocar la cabeza en modo pausa. Se reactiva de inmediato. No me digáis por qué, no lo tengo nada claro. Incluso no tengo nada claro si beneficia o perjudica insistir en la desconexión.

¿Debería pensar que el sendero que recorro empieza a repetirse demasiado? El paisaje se vuelve monótono. Demasiadas cosas predecibles. Nos movemos en un bucle que se realimenta a sí mismo. ¿Cuánto de aire fresco ha entrado en los últimos dos años? ¿Será que los ciclos se van reduciendo y lo que antes eran seis años ahora se quedan en dos o tres? ¿Todo es tan recurrentemente predecible?

En realidad el problema es que somos esclavos de nuestras competencias. Sabemos lo que sabemos y eso nos ata con grilletes invisibles a un redil profesional muy concreto. Es nuestra zona de seguridad, real o ficticia; es el lugar donde lo predecible juega en nuestro favor para dejar al margen incertidumbres que conducen al desasosiego. El miedo es libre.

Soy ciclotímico. Es de lo que tengo mayores certezas. En fase valle se me pone un nudo en la garganta, arden los ojos y miro sólo hacia dentro. Sin más, sé que es parte de todo esto. El camino tiene zonas oscuras. En fase eufórica surge la hiperactividad escondida. No hace falta que nadie anime porque, no sé muy bien de dónde, pero la energía afluye tormentosa. Entre medias, las zonas grises duran poco, aplastadas por el blanco y negro de los extremos. Pero, como decía, cada cual que barra en su casa razón y emoción, somos una inmensa diversidad.

Y mirando al futuro: si dejas el redil de lo predecible, ¿hacia dónde dirigir los pasos? No me siento incómodo con la incertidumbre, pero no conocer el destino genera naturales precauciones. Quizá haya a la vuelta de alguna curva un sendero entre las hayas con buena pinta para rodar por él. Sólo hace falta sentir que las primeras pedaladas provocan la secreción de endorfinas. Luego será cuestión de disfrutar del camino. Aunque no sepamos a ciencia cierta a dónde conduce.

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Sobre el autor

Julen

De la margen izquierda de la ría, en el Gran Bilbao. Estudié psicología y siempre me he movido alrededor de las empresas y las organizaciones en general. Con una pasión confesa: la bici de montaña.

(23) comentarios

  1. Lula Towanda
    28/09/2008 at 22:29

    No hay nada como ser dueño de tu vida y elegir tu camino. Si puedes, hazlo.
    A mi me sobran los ocho últimos años profesionales. Menos mal que el destino le va a poner remedio.

  2. Germán
    28/09/2008 at 22:36

    La realidad no se mueve en ciclos fijos ni el pasado es una clave definitiva para entender el futuro. Tampoco creo que el destino dependa únicamente de nuestra voluntad.

    Una amiga me dijo que no había que automaltratarse: no te llames carcamal, que no lo eres.

  3. Yoriento
    29/09/2008 at 23:08

    Hacia donde dirigir los pasos... O dejarse dirigir por ellos, durante un ratito, sin perder de vista el camino principal, a ver qué pasa :-)

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