Vía el blog de Manuel Delgado vi hace unos días que Michael Arrington ya ha puesto en marcha la maquinaria para diseñar y fabricar un dispositivo táctil ultraportátil, basado en Linux con Firefox y un precio de menos de 200 dólares. ¿Por qué? Porque el hombre está harto de esperar.
Así que si estás detrás de TechCrunch y tienes poder de convocatoria, nada más sencillo. Lanzas convocatoria y ya tienes a una ristra de gente dispuesta a ello(puedes pasar la tarde leyendo los más de 800 comentarios que acompañan el artículo). Sencillo ejemplo, como comenta Manuel Delgado, de cocreación masiva. Esperaremos resultados. Hay que ver qué cosas. Si es que las ciencias (sociales) avanzan que es una barbaridad
No se me ocurría otra forma de parar el tiempo durante tres semanas que no fuera perderme en alguno de los pueblos recónditos que hay escondidos en ninguna parte. Eso sí, casi siempre ninguna parte resulta ser algún sitio y eso supone que otra gente ha pensado como tú. Será que somos predecibles bien por la simple cantidad de seres que habitamos el planeta o bien porque ser original forma parte de lo imposible.
El caso es que van a ser tres semanas en Aracena, en la sierra de Huelva. Cargados con una buena bolsa de libros espero que disfrutemos de la tranquilidad de perder el tiempo, de dejarlo pasar bien sea leyendo, paseando, dando pedales o tumbado al sol junto a una piscina.
Estoy terminando de releer La imaginación estratégica de Alfonso Vázquez (podéis leer la reseña que hace Maite Darceles). Es un libro que recomendaría a cualquiera que busque alternativas al aburrido management al que estamos expuestos con demasiada frecuencia. Hace mucho que me puse con este libro por primera vez y ahora creo, sinceramente, que estoy en mejores condiciones para sacarle más partido. Entre referencias a Mintzberg, Hamel o Stacey, es un placer dejar que se te muevan las neuronas jugando con posibilidades diferentes a las habituales.
Otro día escribiré algo más a partir de alguna que otra referencia que hace Alfonso en su libro a las tecnologías de información y comunicación. De momento, me voy a no hacer nada. Hasta pronto.
Ni Internet, ni cobertura, ni nada parecido. Urbasa es un lugar para perderse, no tengo la menor duda. Tres veces tres que he estado pedaleando por allí y tres veces que me he perdido. Aunque hay que reconocer que es una sensación de pérdida placentera. Miras hacia un lado y te parece que por ahí ya pasaste. Miras más arriba y descubres que aquel árbol se parece a otro que viste hace un rato. La luz entra por entre las hojas de las hayas y todo parece que vuelve a comenzar.
Sí, es curioso sentirse perdido y dejarse llevar por una pista que luego se hace camino, que luego se estrecha, que luego se diluye y que por fin desaparece en ningún lado. Estás allí y sabes que por algún lado habrá otro camino. Es un cierto caos en el que dejándote llevar acabas llegando siempre a algún sitio conocido. Al final siempre aparecen los rasos, las zonas abiertas cubiertas por un buen manto de hierba que devoran las vacas o sus amigos los caballos.
Urbasa te deja dar pedales a tus anchas. Puedes hacer kilómetros y kilómetros con esa curiosa sensación de reconocer el terreno y aún así albergar dudas de si estás en la dirección correcta. Pero puedes hacer muchos kilómetros, desde luego que sí. Ahora bien, si te incomoda eso de sentirte persona perdida en el monte, llévate una brújula. Pero antes de mirarla, juega a adivinar: ¿por dónde queda el norte? Siempre lo hay, aunque a veces nos equivoquemos.
Y en una de las paredes de la sierra de Urbasa hay una pequeña joya quizá desconocida para mucha gente: es el nacedero del Urederra, donde también estuvo la espía. Si te transportaran hasta allí y no tuvieras referencias de por dónde has venido quizá creerías que has llegado al trópico, a un pequeño río de postal, de aguas color turquesa y vegetación profusa a su alrededor. Pero no, es un lugar diferente, a escasos quince kilómetros de Estella. Pegado a la pared del Balcón de Pilatos (mejor Ubaba) nace un riachuelo de forma desconcertante. Es el Urederra, que viene a este mundo escondiendo sus maravillas de colores.
Puedes llegar en bici hasta el mismo nacedero. Eso sí, contraviniendo normas. Prohibido para las bicis. Estúpidos carteles que uno no llega a entender nunca. ¿Qué mal hacemos acercándonos con nuestras bicis? Por si acaso alguien pudiera molestar pedaleando, ya tenemos veredicto de culpabilidad para todos, previo a cualquier razonamiento. Bicis prohibidas. Pues bien, parece que estoy hecho un delincuente porque entré con la bici, compartí un rato con un par de familias. La una, calladita, piando en francés, y la otra, a tope de decibelios, de algún lugar del sur de Islandia, por aquí cerca. Son culturas, son diferentes registros, formas distintas de compartir conversación. Unos chillando, los otros con discreción. Mejor que cambien los carteles y prohíban decibelios, vengan de donde vengan.
Pues eso, dos días perdido allá en Urbasa donde gentes de hace unos cuantos miles de años se dedicaron a dejar huella en forma de dólmenes y menhires. Un lugar para perderse. La base de operaciones, única posible me temo: el camping de Urbasa. Lo próximo será desde la Sierra de Aracena. Nos leemos.
Esta es la pregunta. Creo que cada vez más es la pregunta que hay que hacerse. Ya sé que no es de aplicación universal, pero cuando hablamos de conocimiento como factor básico de competitividad y de que son las personas quienes lo poseen, entonces, ¿hacen falta empresas? Se supone que mediante organizaciones colectivas conseguimos más que con nuestros recursos personales. Sí, pero, ¿necesitamos empresas? Sigue siendo la pregunta.
Porque de la misma forma que las empresas pueden poner sobre la mesa grandes éxitos colectivos, también es cierto que podemos dar ejemplos de fracasos estrepitosos. Algunos de ellos evidentes cuando cierran plantas de producción o despiden a miles de trabajadores y algunos otros que no llegan a los titulares de los periódicos, quizá más peligrosos. Estos segundos tienen que ver muchas veces con las prácticas salvajes de capitalismo que busca beneficio económico a costa de lo que sea.
El último libro de Clay Shirky (1) le da vueltas a esa idea tan recurrente en la red de redes de que los costes para generar grupos se han reducido espectacularmente. Parece que ahora es más fácil conectar y agruparse para conseguir resultados que antes pasaban por organizaciones formales. Es una idea que se maneja desde hace tiempo: la reducción progresiva de los costes de transacción (el origen de la empresa desde los tiempos de Ronald Coase) conduce hacia nuevas formas de hacer las cosas colectivamente. No tiene por qué ser obligatoriamente una empresa. Y quizá la empresa actual, con peligrosa frecuencia, resta más que suma.
Un ejemplo evidente es lo que está pasando con la capacidad tecnológica que nos aporta. Una persona joven se incorpora a una empresa y recibe una dotación tecnológica (ordenador, conexión a Internet y otros recursos similares) quizá menor de la que ya dispone personalmente. En aras de la seguridad y no sé qué otros inventos, la persona percibe que lo que se le ofrece limita (más que desarrolla) su capacidad, al menos cuando la compara con la que obtiene de sus propios medios.
Pero el caso de la tecnología que limita más que desarrolla no es nada comparado con la participación en redes sociales. Tampoco es raro el caso de esa persona activa, que se mueve en varios círculos sociales cercanos a su actividad profesional y que al incorporarse a una determinada empresa empieza a recibir toques de atención para limitar ese carácter expansivo por aquello del por si acaso: no vaya a ser que te vayas de la lengua donde no debes. Aquí, joven, hay que tener cuidado con lo que se dice y dónde se dice. Es la vieja historia de proteger el supuesto conocimiento que dicen tener las empresas. Así les va.
Por supuesto que hay que diferenciar actividades más proclives a enterrar empresas que otras. Creo sinceramente que la consultoría es de las que mejor puede funcionar de esta nueva forma: sin empresas. La capacidad relacional de que disponemos se ha incrementado por vías alternativas a las que ofrecen los dinosaurios empresariales. Es cierto que los grandes contratos requieren no sé qué grandes estructuras. Pero eso tampoco me parece mal: dinosaurios con dinosaurios, que se lo pasen bien entre ellos. Las cosas se mueven deprisa por aquí abajo, a ras de suelo. Allá arriba suceden cosas que a veces no entiendo; así que mejor ni lo intento.
Antes se argumentaba que en casa grande se vive más protegido. Ahora no sé si esos discursos tienen ya justirficación real. La seguridad depende de la capacidad de mirar hacia delante y cambiar el rumbo cuando se atisban dificultades. Si navegas en un barco grande la maniobrabilidad quizá no sea uno de sus puntos fuertes.
En fin, que cada día encuentro más razones para seguir viviendo en la periferia empresarial. Porque, claro, fíjate qué contradicción: lo digo yo, que tengo una empresa. Vale, empresa unipersonal, artesana y no sé qué cosas más, pero empresa. ¿Entonces? Entonces la “empresa” es sólo un instrumento que nos permite hacer lo que queremos formando parte del sistema pero jugando en zonas fronterizas donde las reglas se redefinen con cada partida. Estamos dentro porque a día de hoy el activismo requiere conocer las interioridades del sistema. O simplemente porque asumimos el mundo paradójico que habitamos.
—– (1) Podéis leer estupendas reseñas tanto vía Amazon como a través de Digitalistas, el estupendo blog de Hugo Pardo Kuklinski y Carlos Scolari (reseñas aquí y aquí).
Tras unos días en Gijón es fácil descubrir que son muchos los locales donde han habilitado conectividad wi-fi gratuita. Eso sí, los hay que van más allá y encandilan con una tentadora oferta de wii-fi, sea esto lo que sea.
Últimamente he visto varios anuncios de Orange. Dicen que puedes hablar con “todos” a 0 euros. Con cualquier operador todos los días. Todo muy claro. Todo es evidente: las cosas claras, la letra bien grande.
Eso sí, si quisieras contratar esa oferta, ¿en qué parte del anuncio te fijarías? Acércate y lee bien la letra pequeña. Alguien debería meter caña a toda esta gente que quiere engañarnos con la letra grande. Porque las condiciones las vas a encontrar en la letra pequeña.
Ya vale de que todas estas empresas jueguen de esta forma. Desconfía. De cien veces, hazlo las cien. No nos queda más remedio.
Vía blog de Wikinomics me entero de la última joya de Radiohead en su particular coherencia aperturista. Se trata del video de “House of Cards”, una de las canciones de su album “In Rainbows”.
Vía Google Code podéis encontrar el making-of, información sobre las tecnologías utilizadas (Geometric Informatics y Velodyne LIDAR) e incluso con todo ello la posibilidad de generar vuestras propias versiones de visualización. Otra forma de entender que la piratería de un producto no tiene sentido en un lugar donde la apertura es la norma. Toda una forma diferente de encarar el mundo en pleno siglo XXI. Ábrete de orejas.
A diferencia de otros años, esta vez me voy de travacaciones y no de trabacaciones. Los artesanos nos hemos cargado la separación entre el mundo del trabajo y nuestra vida personal. Así que no tenemos vacaciones ni tenemos trabajo de fundamento. Nos movemos en territorios que fluyen entre el trabajo y el ocio, entre el tiempo libre y el tiempo ocupado.
Mi convenio recoge la posibilidad de trabajar, trabacacionar, travacacionar y vacacionar. Es un continuo de opciones que se ofrece en la artesanía para situar a la persona frente a sus motivaciones íntimas. Las vacaciones pueden disfrutarse cualquier día de la semana, incluso en cortos periodos matinales si hace bien tiempo y hay ganas de coger la bici. Sin embargo, muchas vacaciones se convierten en trabacaciones. No me digáis por qué, pero surgen ideas de cualquier rincón del cerebro, bici mediante. Ya os doy la paliza bastante con eso, ¿no?
Aquí al sur de Islandia comienza hoy el periodo de travacación. Hay una buena carga de libros, alguna que otra lectura seleccionada de revistas, algún artículo impreso que espera anotaciones y subrayado con rotulador fosfo y un par de novelas negras en las que huir hacia delante. Así que inauguramos temporada de travacación con la sana idea de que cuerpo y alma negocien sus cosas y lleguen a una cordial tensión pacífica, suficiente para encontrar sentido a toda esta maraña en la que ando metido.
Ayer en una reunión con mi decano ambos reconocíamos que este curso académico que termina ha sido, en nuestro entorno empresarial, el de la explosión de la web 2.0. Y a quienes llevábamos un par de años en el lugar, nos han tomado por referencia. Así de simple. Y esto tiene una consecuencia: nos sale el trabajo por las orejas. Gracias.
Por otro lado, con David también ya lo hemos hablado muchas veces: este curso académico nos ha dado a conocer como grupo de investigación de empresa abierta. No hemos sido activos ni en blog ni en wiki, pero el sirimiri de escribir aquí y allá nos ha permitido estar presentes en muchos sitios. Hemos llevado a cabo proyectos insospechados: incluso empresas industriales “de toda la vida” nos han llamado para hablar de estas extrañas cosas que dicen ser la web 2.0. Nosotros tenemos que seguir construyendo el armazón conceptual que sustente el discurso. En ello estamos.
Pues eso, que este blog se relaja porque entra en travacaciones. Largas, hasta la primera semana de septiembre. Mucho tiempo. Tiempo para dejarlo pasar porque es la mejor manera de expandirlo. No hay prisa, así que entramos en nueva fase de relajación. Y para comenzar estoy leyendo a John Maeda: Las leyes de la simplicidad (sitio web). Suave, suave.
Tras este tipo de conversaciones uno piensa si no será mejor que demos un paso al frente y que algún día de estos desorganicemos una jornada de simple diálogo entre las partes. Agenda de temas y pequeños grupos que se conformarían “porque sí”. Ahora todo esto tiene nombre y lo llamamos networking, pero también parece que cuando se organiza pierde su potencial. Es decir, que parece que su poder se contruye sobre la informalidad, sobre la desestructuración del discurso… o sobre su estructuración emergente.
En la jornada Ricardo le lanzó una pregunta a Fernando acerca de la quizá excesiva presencia de la marca en el caso de CAN (donde parecía que había que llamarse Cándida o apellidarse Cantudo para colocar un producto/servicio en el mercado). También comentó que el modelo de la CAN le parecía “inquietante”. Yo comparto prevenciones cuando hablamos de cajas y bancos. Claro que luego llegas a lo de siempre: las personas. Y tras la conversación informal tras la comida, ¡zas!, ¿qué pasa? Que cuando hablas en las distancias cortas te das cuenta de que es mucho más fácil que surja la confianza, eso tan difícil de conseguir en un acto formal que siempre está constreñido por los límites de formato. La tarima allá arriba, los espectadores allá abajo. Porque al final éste parece el sentido de esa separación entre ponentes y asistentes.
De veras que la conversación fue estupenda. Con un punto ácido de escepticismo y otro de cierto candor por lo que parecen nuevas formas de hacer las cosas en una caja de ahorros. Y mira que yo personalmente tengo cruzadas ciertas instituciones, pero todo es diferente cuando lo que ves son personas y no entidades. Así que ayer con Fernando dimos un paso más allá de la CAN, por mucha marca que lleve encima.
Mi agradecimiento para todas las personas con las que ayer pudimos hilar conversación en la jornada, fuera durante la misma, en el descanso, al finalizar o en la comida posterior. Habría sido estupenda una comida colectiva, ya que parece que un café delante ayuda lo suyo. Lo dejamos a las cuatro de la tarde. Lástima que tuviéramos compromisos después. Disfruté mucho. De veras.
Por cierto, desde aquí ánimos para Jokin Guridi, que tuvo un accidente subiendo a la jornada. Esperamos que no haya sido nada y te recuperes.