No había leído nada de Gilles Lipovetsky hasta ahora, un francés que escribe sobre este mundo contemporáneo que habitamos. Aún no he terminado La felicidad paradójica, pero su lectura me está interesando. En buena medida porque me evoca una cuestión que observo en muchas empresas con las que trabajo. Se trata de la contradicción entre la importancia que se asigna al trabajo por quien lo diseña y su progresiva pérdida de valor global, incluyendo a quien lo lleva a cabo.
Tiene que ver sobre todo con el trabajo orientado a prestar servicios. A medida que se nos llena la boca explicando la importancia del servicio al cliente y los “momentos de la verdad” (que tan bien explicó Jan Carlzon), sucede que los despojamos de valor mediante salarios basura. ¿Cuánto se paga a una persona que atiende directamente a un cliente en un call center?, ¿cuánto se paga por atender a una persona mayor?, ¿cuánto por servir en la barra de un bar?, ¿cuánto por atender a un cliente en una tienda franquiciada de ropa? Miserias. Atención al cliente = Contrato basura.
El trabajo, como prestación de un servicio, se convierte en mero objeto para quien tiene la (mala) suerte de acabar en uno de ellos. La actividad profesional queda atrapada en una relación deficitaria: no proporciona suficiente orgullo a quien la desempeña. Las evidencias son claras al respecto. Son trabajos en buena parte suprimibles por máquinas: sírvete tú misma/o de una máquina para comprar una bebida o responde con números a una retahíla interminable de posibilidades ante un call center. El valor del trabajo que se asigna a la persona es mínimo. Y a ello hay que contraponer la supuesta importancia asignada a la “generación de experiencia” mediante el trato directo persona-persona. ¿Hipocresía? Llámalo como quieras.
El desplazamiento de nuestra sociedad hacia los servicios está trayendo consigo mucho trabajo basura. Ya no es cuestión de la fuerza física que hizo falta para la época de esplendor industrial de los años 50 y 60 del siglo pasado. Ahora se necesitan hordas dispuestas a prestar servicios por cuatro duros. Son personas que están frente a ti, que te atienden, que viven en la paradoja de escuchar cómo se sacraliza el trato al cliente y al mismo tiempo desarrollan trabajos de usar y tirar.
La razón de fondo de todo esto parece radicar en la competitividad. Los “costes de la mano de obra”, que diría la supuesta parte pensante del sistema. Esos costes de mano de obra son insoportables. Por eso se tiran por los suelos. Este nuevo trabajo objeto requeriría, además, una extraña cualificación: saber de personas, de empatía, de relación, de habilidades interpersonales, de sonrisas. Es un trabajo pleno en tanto que se presta de persona a persona. Pero es un trabajo objeto, que no sirve sino para meter un dinerillo en el bolsillo y hasta la próxima.
Creo que este es uno de esos agujeros en los que hurgar. La extensión del modelo de franquicia, por ejemplo, se basa en gran parte en salarios basura. Es una tendencia global. Las empresas transnacionales que ofrecen servicios consolidan el modelo: son concebidas como máquinas diseñadas según el know-how disponible que no necesitan la contribución de la persona. La presencia humana es un mal necesario que requiere salario basura y la posibilidad de intercambio rápido sin que el sistema se resienta. Son trabajos a prueba de personas.
Sí, es un mensaje duro que dispara a la línea de flotación del conocimiento, la implicación personal y todas esas tonterías de las que solemos hablar. La realidad es la que es.
Voces, siempre hay voces estridentes que se cruzan de un puesto a otro. Los colores desbordan los expositores, cada puesto es una alternativa para que la vista se desvíe hacia la mercancía. Es un juego de sensaciones, de provocación a los sentidos, de hipérbole contenida en un espacio intenso, humano, vivo.
Son lugares donde transita la vida real, donde se cruzan conversaciones prensadas por el tiempo. No van más allá de los cinco o diez minutos. Extraen lo básico de la existencia humana y lo insertan en el acto de compra, que al final resulta secundario. El mercado es alma colectiva.
Los barrios del mercado se esparcen con identidad propia. Fruta y verdura seducen con armas diferentes que carne o pescado. Olores diferentes, argumentos diversos para captar la atención. Aunque a veces sea más un guiño dirigido al forastero. Las personas habituales del mercado hace ya tiempo que son inmunes al exceso de la muestra. Han probado y saben del fondo del asunto; no necesitan argumentos cosméticos.
Siempre es un placer pisar un mercado. Es una manera de atrapar la esencia de un lugar. Dejarse llevar por las cuadrículas de un espacio pensado para hurgar en las necesidades básicas de los seres humanos. Cierto que muchos han evolucionado y que hace ya tiempo abandonaron lo escueto para jugar al embeleso. Pero la escena siempre pinta llena de vida, de intenso color y olor. Es el mercado.
Echando un vistazo al programa de festejos de esta edición, me dice Boquitas Pintadas que otro año quizá hagamos la semana completa. Yo me dejo guiar, que en esto soy un advenedizo
Antes de entrar aquí en la Capella, hemos callejeando por el barrio. Siempre es una delicia pasear por la Boquería, un lugar donde los sentidos se despliegan sin apenas esfuerzo. Colores y olores que anteceden a los sabores. Espectacular para la vista. Por cierto, lus callejuelas anexas al mercado bien podrían servir como escenario para sórdidas persecuciones en busca del asesino. Quizá se esconda por aquí.
Paco Camarasa anda presentando la tertulia. Como no quiero perderme hilo de lo que por aquí se comente, os dejo. Os dejo con tres imágenes para que situéis los hechos. El crimen creo que se cometió allá en el mercado. Os dejo con los diferentes tonos que puede adquirir la sangre. No puedo contar más.
Vida de consumo, acceder y no tener en propiedad, pasar y no quedarse, fluir, hacer y no pensar, caminar sin mirar atrás, el presente y el futuro en vez del pasado, mirar al horizonte y no al suelo, probar y no comprar, leasing y no comprar, renting y no comprar, dinero futuro en el presente.
Ser lo que no eres a través del acceso. Dejar que las cosas pasen y relativizar puntos de vista. Flexibilidad, la caña de bambú. Adiós a los grandes ideales, adiós a los grandes sueños. Consumir ilusiones, consumir deseos, cultivar la fruición de querer más y más.
Tenía este video en la récamara desde hace tiempo. Uno más de ese gran proyecto que es Balzac.tv. Gina Tost charla con Antonella Broglia sobre algo que llama trysumerismo: acceso compulsivo, en dos palabras.
Este lunes pasado tuvimos reunión en Innobasque del grupo de trabajo de ciberespacio. No sé muy bien por qué, ya que bastantes saraos llevo entre manos, pero en un momento de euforia me apunté para trabajar en torno a la cibergobernanza. Bueno, como no sabemos muy bien qué cosa pueda ser, tiene el interés de lo desconocido. En principio se trata de ver qué aporta el prefijo “ciber” a la gobernanza. Si aporta algo, claro.
Y por comenzar por la gobernanza, según la wikipedia en español:
Gobernanza es el concepto de reciente difusión para designar a la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado, que proporciona a éste buena parte de su legitimidad en lo que a veces se define como una “nueva forma de gobernar” en la globalización del mundo posterior a la caída del muro de Berlín (1989).
Si a este concepto, como decíamos, le anteponemos lo de “ciber”, ¿qué resulta? Sea lo que sea, nos adentra en un territorio por explorar. Porque habría que tener en cuenta, en principio, una triple perspectiva:
Cómo se gobierna la misma Internet, con el complejo equilibrio de fuerzas del momento actual. Neutralidad de la red y cosas por el estilo, por ejemplo.
Cómo resulta lo de gobernar -en el ámbito que sea- cuando Internet es la sustancia que impregna casi toda la actividad (no se puede no contar con Internet para casi nada hoy en en día), sobre todo desde la perspectiva de la participación de la ciudadanía.
Qué características son inherentes a Internet y su arquitectura y cómo afectan en la propia gobernanza. Algo a lo que, por ejemplo, Lawrence Lessig suele dedicar muchas reflexiones.
Comenzando por la tercera perspectiva, cada vez parece más importante consensuar ciertos aspectos que tienen que ver con los estándares, con el código que conforma las carreteras por las que vamos a circular en Internet. Más allá de legislación, ese código cada día es más determinante. Lessig lo dejaba claro en Código 2.0 medianta una cita que recogía de “When Code Isn’t Law” (pdf disponible), un artículo de Timothy Wu en la Virginia Law Review:
El motivo para que el código llegue a tener importancia para la ley es su capacidad para definir la conducta a una escala masiva. Tal capacidad puede implicar restricciones en la conducta, en cuyo caso el código regula, pero también puede implicar el ajuste de dicha conducta a formas legalmente convenientes.
También hay que tener en cuenta, siguiendo a Lessig que los reguladores de conducta en el ámbito público pueden proceder no sólo de la ley sino de la arquitectura, del mercado o de las normas (pág. 207-210). Así que el panorama es complejo. Por eso, lo primero que hemos acordado en el grupo es desbrozar el término y aclarar los ámbitos de trabajo para ver cómo se le puede hincar el diente a este asunto. Lo iremos escribiendo en esta página de la wiki.
Si alguien echa un cable, estupendo. Que sepas que en el grupo hay más gente implicada. Entre otros, contamos con esa voz humana y comedida que siempre aporta Iñaki Ortiz. Nos leemos.
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La foto es del que escribe esto y se la topó en un agradable paseo allá por la isla de Terceira, perdida en las Azores, pero con base militar americana, por si acaso.
Llevo un par de días dándole vueltas al asunto de por qué se participa en algún sitio en Internet. David, por ejemplo, le ha dado muchas vueltas analizando cómo han funcionado las comunidades de Lego en torno a su robot Mindstorms. De algunas conclusiones que él ha sacado y otras que he ido recopilando, comparto aquí este corolario. ¿Qué provoca participación?
Una primera cuestión tiene que ver con el momento en que se participa: es más poderosa la participación en el origen, desde los momentos iniciales. Requerir participación sobre chiringuitos ya montados presenta limitaciones. Claro que hay temas y temas, y eso quiere decir que no todo es “participable” desde su origen. Pero ante la duda, mejor ir hacia atrás en el tiempo.
Otro asunto son las “herramientas” para participar. Es importante articular grados de participación y en diferentes formatos. Ahí enfrente las personas son diferentes entre sí. Esa heterogeneidad no puedes limitarla a una o dos vías de participación. Dejas fuera demasiadas prácticas. Hay que montar un sistema inteligente de participación, que muestre fórmulas nuevas a medida que se van produciendo.
Hace falta dotar al sistema de una permanente retroinformación sobre el “estado de la cuestión”. Sea mediante una barra de progreso, con hitos preestablecidos, a través de un contacto vía correo electrónico o mediante otros medios más ingeniosos e impactantes. Quien participa debe saber qué puñetas está pasando con su contribución.
Hay que gestionar la interacción entre quienes participan. Cuando participas es probable que haya otras personas cercanas a tu preocupación. ¿Cómo conseguir que interactúen en la participación? De entrada el sistema debe “proponerte” amistades sobre la base de participaciones previas, ¿no?
Un espacio de participación debe ser humilde desde quien lo concibe. Cuanto más oropel y grandilocuencia en quien lo presenta, más provoca el desánimo. Lo institucional y las grandes palabras vacían la bolsa de la participación. Las personas entran mejor en lugares donde ven a sus “iguales” y no a “superiores”.
El lenguaje de la participación requiere verbos, las cosas claras y evitar rodeos. Los formalismos son para otros lugares. En la cancha de la argumentación formalizar respuestas elimina vida e introduce la percepción de que es “más de lo mismo”.
Allá donde se quiere dar relevancia a la participación debe primar el contenido de quienes participan y no de quienes organizan el sitio. No tiene sentido inundar con contenido de la parte que requiere participación. Eso es materia que debe segregarse del espacio de participación para no ensuciar las contribuciones.
Un espacio de participación no puede concebirse en forma centralizada. La participación es algo que ya está pasando, pero no allí donde “la organización” quisiera que pasara. Así que hace falta una labor callada y de seducción para que esos lugares donde a gente conversa estén presentes de alguna forma. Parece que tiene más sentido visualizar una participación distribuida que no allá donde uno quiere que suceda. La abundancia de participación a través de una escasez de plataforma sólo muestra el error de la centralización.
Hay que construir la participación con una actividad destacada de los nodos que ya consiguen concitar densas mallas de relaciones a su alrededor. Esos nodos ya están consiguiendo lo que el espacio de participación ortodoxo quiere lograr. Acercarse con humildad a esos nodos y pedir su contribución para sumar fuerzas es fundamental. Y sí, a veces, son nodos incómodos.
Las personas necesitan reconocimientos emocionales y los necesitan de distinta forma. Hay quien funciona mejor con incentivos, hay quien busca complicidad y sentido de comunión en el viaje; puede utilizarse zanahoria o palmada en la espalda. La dosis adecuada es diferente para cada persona y no todos los reconocimientos son útiles para todas las personas. Pero hay que adentrarse en este campo.
La famosa “delicious lesson” sigue presente aquí también: ¿qué gano yo cuando participo?, ¿en qué me beneficio? La contribución altruista debe contar, pero también la contribución egoísta necesita comprender que tiene sentido participar en el conjunto.
El sistema completo requiere retroalimentación global. Cuando llegas a un sitio conviene ver números que te digan que allí está pasando algo. ¿Cuántas contribuciones?, ¿cuántos comentarios?, ¿cuántas líneas abiertas?, ¿cuántos temas resueltos? Dime que algo está pasando, por favor.
Pues eso, por si sirve para algo. Y no miro a nadie
Lo mismo voy al infierno: ¿puedes practicar la consultoría artesana sin usar intensivamente Internet?Pues va a ser que sí. Mi primera idea había sido que la pregunta fuera ¿puedes ser consultor artesano sin Internet? Y mi respuesta iba a ser: sí. Sí, de nuevo. Pero luego he pensado que (casi) nadie puede vivir en este primer mundo sin Internet. Está aquí y es como negar el aire. Así que no vamos a tirar de fundamentalismo, que no es el caso.
Sin embargo, ¿Internet redefine el trabajo de consultor artesano?Fíjate que creo que no. Dolors explica muy bien la potencia de las comunidades de práctica en varios artículos a través de un uso intensivo de lo que nos ofrecen hoy en día las tecnologías de información y comunicación. En ello anda tambén Odilas. ¿Es esta la nueva esencia de una forma de trabajar en consultoría? Sinceramente creo que no.
Otra cosa es lo que Internet y las TIC nos aportan para que la consultoría artesana sea más posible que nunca hoy en día y que podamos llevarla a cabo junto con nuestra red. Y que también permita aprender como nunca antes. Y que nos abra un mar de posibilidades. Y que nos haga más eficientes y competitivos frente a otra gente. Pero la esencia no viene de aquí sino de un replanteamiento de la actividad profesional de base.
Lo que sí parece que provoca Internet es un cambio en las posibilidades de ejercer la artesanía. Si la pericia, el cuidado por el trabajo bien hecho y la perseverancia son condiciones de quien practica la artesanía, es evidente que Internet ayuda a desarrollarlas. Pero los espacios íntimos en que se desenvuelve la artesanía no tienen por qué usar obligatoriamente Internet como si fuese “la” herramienta.
En realidad quizá podamos aprender mucho de quienes no utilizan Internet para su creación. Por supuesto que sus remezclas, sus ideas, sus puntos de partida pueden servirse de Internet, pero su proceso creador tiene que ver con lugares más tranquilos. La hiperextimidad puede combinar mal con el trabajo constante y tenaz del artesano.
Carcamal que soy, me cuesta ver al artesano definido por su frenesí twittero. Tengo que hacer un doble salto mortal con tirabuzón para aceptar sin sentido crítico cierto uso intensivo de herramientas de la web social. Cada herramienta tiene su uso y, en ese sentido, las herramientas multiusos, que también existen, sólo sirven para salir del paso.
En el barrio de consultoría artesana #redca habrá talleres donde se practica el silencio web. Quizá no a todas horas, pero sí en buena parte de la jornada. Son las cosas de no estar a la moda. Y de ser un carcamal, ¿verdad? Me hago mayor.
Es de esas cosas que uno lleva pegadas toda su vida. Porque los espacios necesitan personas y el barrio es una forma sencilla de vida en común. Quiero pensar que los barrios son humildes. Aunque los hay que marcan distancias, la esencia del barrio tiene que ver con una dimensión humana de las cosas. Ahí hay nombres, motes, conocimiento tácito, miradas cómplices. No hay por qué contarlo todo; los secretos se mantienen a voces.
El barrio tiene sus nodos porque la red es una metáfora adecuada para comprenderlo. Los nodos generan conversación. Son hilos que fluyen sobre cauces diversos, sujetos al azar de la argumentación. Los nodos son puntos fijos y volátiles. Son referencias que se deshacen y rehacen con lo cotidiano.
Quiero pensar que un barrio tiene las puertas abiertas. No puede ser de otra forma. Si acaso sujeto a ciertas normas cívicas básicas. Pero debe favorecer el tránsito. Las personas, sus pensamientos y emociones, deben sentirse cómodas vagabundeando por sus aceras. Llega gente nueva y otra se va. Pero algo queda que permite la vuelta de quienes se fueron. Sin mayores problemas. No hay un sello sagrado que delimita una clara frontera entre quienes están dentro y quienes están fuera. Una cierta confusión alegra la vida del barrio.
Definirse “de barrio” es reivindicar la humildad. Y no creo que tenga que ver con rebajar expectativas. Los barrios crecen y se dispersan; no pueden ser grandes. Porque su crecimiento implica disolución en nuevas unidades. Como personas necesitamos referencias abarcables a través de nuestras emociones. Es una hermosa metáfora. ¿Vives en un barrio?
La economía de la experiencia lleva tiempo hurgando en cómo divertirnos. El contenido necesita cada vez más de cosmética para llegar a la persona. Los mensajes compiten por nuestra atención. Y en este escenario la sobreactuación es moneda de uso corriente. Provenga de la empresa privada o de su aliado/competidor, la Administración.
En la sociedad del tremendismo, impactar es lo que cuenta. Seamos Benetton colocando corazones de colores y jugando con el sida o seamos la Administración. Es preciso que las miradas se dirijan al punto concreto que requiere interés. Por ejemplo, Irekia.
Hoy todo parece que necesita de los medios, de todos los medios. Sirve una lista de elegidos para la gloria, sirve una cuenta atrás con luces de neón, un escenario alegre y unas dosis de arte y embrujo. El gobierno abierto juega sus cartas porque necesita atraer atención. Tiene que ganar la baza de la atención. Si no, nace muerto. Asumidas las reglas del juego, ¡luces, cámara, acción!
En la red distribuida que parecía ser Internet -¿sigue siéndolo?- era difícil encontrar el centro. En la sociedad de la abundancia todavía cuesta más. Sin embargo, la carrera por captar la atención de los focos es cada vez más despiadada. Hay que conseguir que esa gente a la que se llama “influenciadores sociales” estén cargando la artillería de la comunicación. La ciudadanía distribuida, el peatón, el soldado raso, esos ya no son dignos de estar presentes en el lanzamiento mediático de Irekia. No hay sitio para todos, perdón, para “todas y todos” (curiosa la corrección en los subtítulos del video de presentación). Hay que elegir. Que vengan los representantes de la sociedad. Los líderes, que diría Innobasque. Esos son los elegidos para la gloria.
La puesta en escena es teatral. Igual que siempre, es el mismo perro con distinto collar. La escena está pensada, hasta donde se puede, para conseguir el objetivo. Las grandes figuras de la comunicación disponen el mejor de los guiones posibles. Un supuesto terreno de igual a igual, aunque una parte lleve las respuestas preparadas y se autopregunte algunas cuestiones para mayor gloria de la participación ciudadana.
¿Cómo se puede estar en desacuerdo con la apertura del gobierno a la ciudadanía? No, no es esa la cuestión. Y agradecidos tenemos que estar de que haya gente que se lo curra con convicción, como es el caso de Alberto. El problema sigue estando en otro lado. Es lo mismo que nos sucede en muchas empresas. ¿Para qué meterse en follones relacionados con la web social cuando no se han recorrido otros caminos de confianza y transparencia previos? La asimetría del poder brilla como el oro: venid, venid, venid. Los mensajes son los de siempre, el autobombo y el oropel continúan amarrados al poder.
Miro y remiro Irekia y veo las buenas intenciones mezcladas con las habituales losas de la escasez de participación. Sí, el síndrome del cero comentarios, ese mal endémico cuando lo que prima es el contenido y no la persona. Además, ahora ya queda claro que la liberación de datos públicos está de moda. “De moda”. Peligro. En todo caso, espero que seamos capaces de aprovecharnos de la moda.
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La foto del corral de comedias de Almagro en Flickr es de .Bambo.
Ya recomendé en su día la lectura del documento Emprendizajes en cultura, de Jaron Rowan, miembro de YProductions. Es evidente que el sistema económico del primer mundo ha virado el rumbo desde los pesados átomos hacia los gráciles y etéreos bits. Este giro no sólo tiene que ver con el consumo de “experiencias” como fuente de generación de riqueza sino que encierra la perversión de insuflar de economicismo la creación cultural. Hasta aquí nada nuevo que no sea constatable una y mil veces.
Jaron Rowan analiza en su documento cómo se emprende en el amplísimo panorama de la cultura actual. En general, el sector se atomiza y busca alternativas confusas. Mucha gente se mueve en torno a la creación individual y, a la vez, se sumerge en la remezcla. Los nodos creativos de la red cultural se perciben a sí mismos débiles la mayor parte del tiempo. Débiles por su escasa capacidad y deseo de negociar y de usar los estándares del mundo económico moderno.
Muchas ¿empresas? culturales sufren una esquizofrenia hiriente. Viven presas del hiperconsumo y gozan de la economía de la abundancia pero se sienten incómodas con su rol alternativo. La Administración intermedia de la misma forma que lo hacen las empresas patrocinadoras. El pequeño colectivo cultural no puede sino sumergirse en el calvario burocrático de “prepare usted este informe”, “rellene aquí esta casilla” y “firme aquí por duplicado”. Porque de ahí viene la pasta.
Y si esto es así, ¿qué salidas quedan? Vamos por partes, para ver si buscamos algunos clavos ardiendo a los que agarrarnos mientras tratamos de no quemarnos demasiado.
La primera cuestión es, ya sé que suena raro, aprender a jugar con las armas del sistema. Porque el sistema es todo, está omnipresente, no hay no-sistema. Lo alternativo es sistema. Así que hay que ver cómo se juega en campo contrario sin que la esquizofrenia nos conduzca al pabellón de cuidados paliativos. ¿Cómo se hace esto? Con inteligencia. No es tanto un reto de “management” sino de inteligencia, de lógica, de utilidad, de rapidez, de no perder el tiempo y preparar un sistema que se mueva ágil con lo que no aporta valor. Incluso, ¿por qué no?, colaborando con pequeñas asesorías, sacando fuera lo que no nos define. Es decir, “zapatero a tus zapatos”, pero sabiendo que hay que comprar material, pagar facturas e impuestos.
La segunda cuestión es mantener un permanente diálogo colectivo sobre el proyecto que se comparte. Sí, claro, desde mi punto de vista, cuanto más abierto, mejor. Insertar la cultura en la sociedad no es sólo el acto final, la exposición, la obra finalizada. Lo que acontece mientras se crea forma parte también del juego cultural. La extimidad del proceso creativo es una alternativa interesante, que abre muchas oportunidades no previstas. La cultura debe jugar con la serendipia e incrementar las probabilidades de que emerjan proyectos diferentes a los iniciales. Lo llamemos hibridación, mestizaje o multidisciplinariedad, el caso es que la cultura necesita jugar con lo diferente a partir de la identidad propia.
Cuando digo dialogar en abierto sobre el proyecto que se comparte me refiero a hacerlo con un cierto sentido discursivo, de avance en el tiempo, de reflexión siempre inacabada. Creo que la cultura tiene más capacidad de representar el movimiento que la industria. Puede jugar mejor con las metáforas y dotarse de un sentido de propósito más ilusionante y tractor. Quienes comparten un proyecto que crece deben discutir y generar conflicto; y deben hacerlo sin excluir a nadie. Pueden manejar un límite muy sencillo: cuando todas las personas del equipo no son ya capaces de discutir con el formato mismo tiempo/mismo lugar, entonces empieza a llegar el momento de romperlo en pedazos.
El equipo que está detrás de un proyecto cultural debe visualizar roles. Necesitan percibirse desde la individualidad pero con un mapa global. El equipo necesita diversidad -que puede llamarse también complementariedad- para que pueda gozar de buena salud. De la mezcla de diferencias al poder del consenso. Aprender a manejar esas diferencias es fundamental. ¿Cómo podemos visualizar el mapa de nuestras diferencias?, ¿cómo podemos representar el poder que emerge de las diferencias individuales?, ¿cómo cohesionar desde la diferencia?
Este ejercicio de visualizar la diferencia puede organizarse de forma simple. Cada persona puede escribir en un papel tres palabras que la definen, tres palabras que no la definen (por favor, que no sean simplemente antónimos de las anteriores) y tres palabras que concretan su aportación al proyecto colectivo. Luego comenzamos la danza de visualizar el resultado. ¿Dónde están las lagunas?, ¿dónde las redundancias?, ¿dónde los agujeros negros?, ¿dónde los miedos?, ¿dónde está el sol?, ¿dónde las nubes? Podemos jugar también con los sombreros de Edward de Bono e irlos usando de forma lineal para que el mapa explote en posibilidades.
Según la situación, conviene disponer de herramental para distintas operaciones. ¿Necesitamos sentido colectivo? Probemos a desarrollar las fuerzas centrípetas: uso compartido de recursos, etiquetación colectiva de contenidos, recompensas asociadas al equipo. ¿Necesitamos diversidad e innovación? Probemos con las fuerzas centrífugas: creación individual, colaboración con agentes externos, exploración en la periferia.
Así que el crecimiento de las organizaciones culturales genera conflicto de identidad. Pero también de operativa, de distribución de responsabilidades, de burocratización inevitable. Construir unos mínimos operativos es labor a veces ingrata porque la creatividad suele llevarse mal con la organización. Pero no queda sino recurrir a algunas pequeñas trampas para recorrer el camino. En ello estamos. Y, por supuesto, todo es más fácil cuando eres artesano.